Archive

Posts Tagged ‘zombinación’

La Huída (Zombinación VIII)

02/08/2011 Deja un comentario
El grupo de seres no se ha dado cuenta de que sus presas han conseguido escapar en un coche. Están atareados dando cuenta de los restos de Miguel, y mientras se mantienen ocupados en una tarea, por suerte, parece que no prestan atención a lo que tienen alrededor. Así, los tres supervivientes consiguen salir sin atraer la atención de estos bichos. Cuando enfilan la calle y aumentan un poco la velocidad, los tres dejan escapar un profundo suspiro. No se han dado cuenta, pero desde que se ha abierto la puerta, ninguno de ellos ha respirado.
Isabel abre la boca para hacer una pregunta, pero al asomar el coche hasta la incorporación con la calle principal los sonidos mueren en su garganta. Ninguno ha visto realmente lo que ha pasado en las calles. El único que tenía una vaga idea era Jacobo, pero lo único que se había encontrado al ir al trabajo, hace millones de horas eran las calles vacías. Y ya podían tener la suerte de que estuviesen así ahora. Pero no. Hay docenas de esos zombinados. Cientos. Todos se mueven en una dirección, como si estuviesen siguiendo algo, como si percibiesen alguna señal que les forzara a seguirla.- ¿qué hacemos? – pregunta Paloma.
– No sé, pero aquí no podemos quedarnos. En cualquier momento esas cosas de ahí atrás se van a dar cuenta de que estamos aquí. Tenemos que irnos – responde Jacobo.
– Sí, pero… ¿cómo, listillo? No podemos meternos de lleno en esa calle, con esos cientos de … lo que sean. – Isabel, aunque las formas no son las mejores del mundo, tiene razón.

Se quedan un rato pensando. Se encuentran en una especie de ratonera. La calle donde están esperando hace una especie de U con la principal, por donde pasan todos los seres. No tienen ninguna otra salida.
– A ver. Este coche pesa como tonelada y media, ¿no? – pregunta Paloma
– Sí
– Y tiene buenas ruedas, ¿no? – continua preguntando
– Creo que sí, aunque tampoco me he fijado.
– ¿Y si tratamos de atravesar la calle?
– ¿Pero tú estás mal de la cabeza? – Isabel no perdona
– No, pero prefiero hacer algo a no hacer nada. Aquí no nos podemos quedar, y si este coche es la mitad de bueno de lo que parece, no tendríamos que tener problemas. Además, está blindado, así que los cristales son a prueba de golpes. No debería pasarnos nada.

Se quedan pensando unos instantes, pero sus cavilaciones son cortadas de golpe, cuando una de esas cosas que caminaba por la calle perpendicular ha mirado en su dirección y sin saber cómo, ha detectado que dentro de ese coche hay carne fresca. No ha emitido ninguna señal ni nada parecido a sus compañeros, pero los que estaban alrededor suyo, como si tuviesen una mente colectiva, han girado y enfilado en dirección a Jacobo y compañía.

– Mierda, tenemos que hacer algo. Ya. – Jacobo está muy nervioso.
– No tenemos otra opción, hay que tirarse a la piscina.- Isabel parece resignada. Y es que no hay nada más que puedan hacer, salvo esperar a que les maten. Y como ha dicho Paloma, es preferible hacer algo que quedarse quieto ante una muerte segura.

La conductora mete la primera marcha, acelera y el coche pega un salto hacia adelante, ganando velocidad rápidamente y acortando la distancia que los separa con los primeros zombinados que caminan en su dirección. Cada vez quedan menos metros, y a cada instante el coche va más rápido. Parece lógico que la mejor manera de pasar esa marea casi humana es ir lo más rápido posible. 10 metros. Paloma sigue acelerando. 5 metros. Isabel y Jacobo se han puesto los cinturones de seguridad. 3 metros. Paloma parece sumamente concentrada. Tal vez para evitar que haya más lágrimas que acompañen a las 2 que se han escapado de sus ojos. Impacto.

Los primeros choques de esas cosas contra el parachoques revuelven las entrañas de los ocupantes del coche. Por un lado, los golpes que pueden escuchar, amortiguados por la insonorización y el hermético cierre de las puertas y ventanillas, se asemejan a los sonidos que pueden escucharse cuando un carnicero está preparando un pedido: huesos astillados, carne golpeada,…
Por otro, los cuerpos parecen haber perdido parte de la consistencia que tenían cuando estaban vivos, ya que se desmembran fácilmente y los troncos y cabezas revientan con suma facilidad, como si los huesos que sujetasen esos guiñapos de carne hubieran perdido densidad, quebrándose fácilmente. Lo que es una suerte para ellos, ya que aunque el coche está preparado para soportar ataques con armas de fuego, no lo está para atropellar a seres humanos. Si llegan a ser personas de verdad, el vehículo no podría haber pasado la barrera de cuerpos. Además, como resultado de esta facilidad para romperse, la sangre y vísceras del interior, o por lo menos lo que hacía unos días habían sido sangre y vísceras, volaban por todas partes, como una mala película gore. Para aterrizar, la mayor parte de ellas en el parabrisas. Paloma tuvo que activar los limpia parabrisas para poder ver algo. Pero hasta que no echó bastante agua y las escobillas dieron varias pasadas, lo único que veía era sangre medio coagulada y trozos de cerebros, corazones, pulmones,… viajar de un lado a otro del cristal delantero. Era una imagen espeluznante.
Pero lo peor de todo, más que los sonidos era el olor. Al reventar los cuerpos, el hedor que desprendían se metía por todas partes. No querían ni imaginarse qué debería ser estar en la calle en ese momento. O tan siquiera estar en un coche en el que el aire entrase más libremente. Los tres supervivientes tienen que hacer un gran esfuerzo para no vomitar.

Cuando Paloma consigue ver algo más a través del cristal, intenta seguir un camino en el que la cantidad de esos cuerpos sea algo menor. Parece que cerca de la acera hay menos de esos seres, así que enfila el coche hacia ahí. Desde donde se encuentran ahora pueden ver que una calle perpendicular, en el lado opuesto, se encuentra bastante vacía, así que intentan dirigirse hacia ella. El problema es que tienen que atravesar una calle de 4 carriles, infestada de zombinados. Y todavía no han pasado del primer tramo y están rodeados de esos seres, que intentan de todas las maneras posibles acceder al interior del coche. Aunque para estos bichos, todas las formas posibles se reducen a dos: golpear con las manos o pegar cabezazos a los cristales.
Poco a poco, despacio, consiguen avanzar. A pesar de ser numerosos, los zombinados no son un gran impedimento para que el coche avance. De vez en cuando notan como las ruedas quieren patinar, al pasar por encima de algunos de ellos, pero toda la electrónica que hay en el motor les permite ir hacia su destino poco a poco.
Les faltan escasos metros para llegar a su destino, y al moverse ahora por un lateral de la avenida, hay menos densidad de población de muertos. Paloma puede acelerar un poco más, y consiguen dejar atrás a todos los zombinados. Jacobo mira por el cristal trasero y puede ver cómo las decenas de seres que les persiguen se van quedando atrás. La conductoral, disminuyendo la fuerza con la que agarra el volante y soltando una gran bocanada de aire puede ver por el retrovisor cómo esos bichos son cada vez imágenes más pequeñas en el espejo. Ninguno de los ocupantes está mirando hacia adelante. Ninguno puede ver que una de esas cosas que caminaba por la acera intenta detenerles, poniéndose en medio de la calzada. Paloma deja de mirar hacia atrás, y al fijar sus ojos de nuevo en la carretera y en el camino que tiene por delante, puede ver cómo una niña, de apenas 4 años se encuentra en medio de la calzada. Si no hubiese ocurrido todo tan rápido, podría haber visto que eso ya no era una persona. Lo fue, pero ya no. Cuando está a punto de pasar por encima, como ha hecho con el resto, reconoce a su hija. Su hermana, cuando no pudo contactar con ella por teléfono cometió el error de querer reunirse con ella en la ciudad. Y como acaba de comprobar Paloma, no llegaron a encontrarse. Inconscientemente pega un volantazo para esquivarla. Con la repentina maniobra y al desplazarse lateralmente tan bruscamente, golpea a otro coche que se encuentra mal aparcado, con tan mala suerte que en lugar de salir rebotado hacia el centro de la calzada, los coches se quedan trabados. Halgo en la cabeza de Paloma se ha roto finalmente. Los últimos restos de cordura, que aguantaban en precario equilibrio después de atropeyar a cientos de cuerpos y pasar por encima de docenas de personas se han caído y se han hecho añicos. Sólo quiere estrechar a su hija entre sus brazos. Abre la puerta y sale para abrazarla. Cuando la tiene cogida, su hija, su bebé, la muerde. Pero no la importa. Las lágrimas que ahora caen por sus mejillas sin control se juntan con la sangre de su herida abierta. Ya no importa nada. Está con su hija. Para siempre.

Isabel intenta cerra la puerta desde su asiento, pero al estirarse se queda a 20 centímetros del tirador de la puerta. Algo la retiene y no la deja moverse. Lanza un grito, hasta que se da cuenta de que no se ha soltado el cinturón. Le cuesta unos segundos activar el botón para destrabarlo, pero finalmente lo logra. Se sitúa en el asiendo del conductor. Ya puede cerrar la puerta. Pero hay algo que se lo impide. Son unas manos muertas. Y a cada segundo que pasa hay más, y más. Los zombinados les han alcanzado, y están entrando en el coche. Isabel y Jacobo se ponen a disparar y a golpear, pero por cada uno que abaten, intentan entrar cinco más. Los dos supervivientes cruzan una mirada, y sin decirse nada, saben lo que tienen que hacer. No quieren ser como ellos, y ahora sólo queda una salida.
Se oyen dos disparos.

Es lo último que se oye.
Exceptuando, claro, los grotescos ruidos de esas cosas al masticar.
Categorías:relato Etiquetas: ,

Están dentro (Zombinación VII)

26/07/2011 2 comentarios

<- capítulo anterior

Miguel ha llegado a las ventanas del primer piso, y asomándose con cuidado para no llamar la atención ha podido ver que fuera hay entre quince y veinte zombinados. No parece un problema muy grande para un coche como el que tienen. O el que deberían tener si Paloma encuentra las llaves. Intenta otear por las calles aledañas, para ver si el número de fans que les espera en la puerta para pedir un autógrafo o algo más personal puede aumentar o no. Parece que no hay movimiento, pero tampoco tiene un campo de visión muy amplio, así que decide emplear unos minutos más en asegurarse.
Se recorre la planta, mirando por todas las ventanas. Parece que no hay moros en la costa. Decide volver al punto inicial, justo encima del garaje para volver a comprobar que no haya aumentado el número de visitantes y que los portones siguen aguantando las acometidas de los zombinados. Siguen los mismos. No hay problema. Por ese lado.

Paloma ha encontrado las llaves, por fin, y se dispone a abandonar el búnker. Por suerte, en la búsqueda ha tenido más éxito del esperado: ha encontrado una especie de armario secreto donde había guardadas algunas armas: porras extensibles, tásers y un par de pistolas. Siempre había pensado que los guardas de seguridad no debían de llevar armas de fuego, pero o estos no cumplían la ley, o tenían permisos especiales. Aunque en la situación actual no se lo iba a reprochar, claro. Vacía el armario, metiéndolo todo en una bolsa de la compra de las de tela y se dirige de vuelta al garaje. Desafortunadamente, en su apresuramiento por volver con sus compañeros no echa una última mirada a los monitores, donde podría haber visto que no tenía el camino libre.

Jacobo e Isabel están impacientes. No llevan tanto tiempo separados de sus compañeros como para sentirse preocupados, pero la situación ha provocado que la relatividad temporal haga su trabajo: los escasos 5 minutos que llevan solos les han parecido horas. Están tensos, y prefieren no hablar entre ellos, ya que ambos saben que van a discutir. Emplean el tiempo en hacer tareas sin sentido pero que les mantienen ocupados: mover los bidones unos centímetros, revisar las puertas del coche para ver si mágicamente se han abierto en este rato, buscar por los rincones en los que han mirado ya 10 veces a ver si encuentran un tesoro,…. De repente, el origen de los gruñidos parece haberse duplicado: por un lado siguen viniendo de la puerta acompañados de los golpes, pero les ha parecido escuchar algo por los pasillos por los que han llegado al garaje. Se miran. No saben qué hacer. Deciden acercarse, cautelosamente, hacia el origen de estos nuevos ruidos. En cuanto asoman la cabeza por la puerta que comunica los pasillos del edificio con el garaje comprueban que su oído no les ha jugado una mala pasada. Hay algo ahí. Y ese algo sólo puede significar una cosa.

– ¿Cómo van a volver hasta aquí Paloma y Miguel? – pregunta Isabel, nerviosa.
– Mierda, ni idea… igual si les distraemos para que les dejen el pasillo libre…
– ¿Y cómo coño les distraemos? ¿Les dejamos que nos vayan mordiendo poco a poco para que no molesten a los otros?
– No sé, igual podemos hacer que nos sigan hasta la planta -2 o más abajo y luego volvemos nosotros aquí por las escaleras internas.
– No lo veo. ¿Y si cuando volvamos nos encontramos bichos en las escaleras? ¿qué hacemos? porque estaremos rodeados.
– Joder, no lo sé. Pero no se me ocurre nada más. Ya estamos rodeados, sin salida posible, y sin las llaves de los coches no podremos hacer nada.
Isabel se queda pensando un poco. Hace varias veces el ademán de decir algo, pero vuelve a cerrar la boca. Al final lo suelta.
– Yo tengo aquí las llaves de mi coche. Podemos irnos nosotros.
– ¿Qué? ¿Irnos y dejarlos?
– Sí. Ni siquiera sabemos si los zombies estos les han encontrado. Mierda, por no saber, no sabemos si ahora son ya unos de ellos.
– No. No puedo. Primero, porque no pienso dejar aquí tirados a dos compañeros, que podrían ser los últimos humanos en la tierra sin saber si están bien, y segundo porque no tenemos mando a distancia del portón.
– Si es por lo segundo, no te preocupes. En uno de los coches que no vamos a usar he encontrado un mando a distancia. Eso sí, no lo he probado, por si acaso.
– Que no, que no. No pienso irme y dejarlos aquí. Si quieres vete sola.
– ¿Pero es que no entiendes que…?
BANG!
El sonido de un disparo acalla la conversación entre Jacobo e Isabel. Les ha parecido que provenía de los pasillos, pero les ha pillado tan desprevenidos que no pueden asegurarlo. Además, para ambos es la primera vez que escuchan un disparo en vivo y en directo, sin pasar por el tamiz de los efectos especiales de la televisión o el cine.
Sin darles tiempo a sobreponerse al trueno que acaban de escuchar, pueden oir otros sonidos mezclados con los gruñidos: golpes y gritos como los de las tenistas. Y lo que les hace salir del estado de shock es una petición de ayuda por parte de Paloma:
– ¿queréis venir y echarme una mano?
Oir la voz de su compañera les hace reaccionar, y se lanzan al pasillo sin pensarlo. Jacobo con su improvisada lanza e Isabel con la barra metálica.
Al doblar una esquina del pasillo pueden ver a un zombinado en el suelo, con menos de media cabeza. Si hubiesen tenido tiempo para estudiar la situación podrían haber encontrado la otra media, repartida entre el suelo, el techo y una de las paredes. Aparte de este descerebrado, hay otro par de seres en el suelo, que si bien están vivos, o como estén estas cosas cuando todavía se mueven, tienen las piernas y los brazos inservibles, rotos por varios sitios. Pero el problema es que hay otros dos que están a punto de avalanzarse sobre Paloma. Sin pensarlo, Jacobo e Isabel se lanzan sobre ellos, para golpearles en la cabeza. Pero lo único que consiguen es pegar en el bajo techo del pasillo al garaje. Mierda, por eso los que estaban en el suelo tenían la cabeza intacta, porque es imposible en este pasillo tan estrecho y bajo golpearles en el cráneo con fuerza.
Por suerte, el ruido que han hecho al golpear el techo ha servido para que ambos zombinados se giren y den un respiro a Paloma, que aprovecha para, con una de las porras extensibles, girarse un poco y golpear con un movimiento circular en la primera cervical de la columna del zombinado de su derecha. Éste cae al suelo de inmediato, con espasmos, momento que aprovecha Paloma para asestar un nuevo golpe, ahora sí en la cabeza al disponer de espacio para hacer el recorrido con el brazo. El ser deja de moverse. Paloma decide asegurarse y le asesta dos golpes más en la cabeza. No quiere sorpresas. Los tres pueden comprobar que los zombinados no tienen un gran sentimiento de compañerismo: ni siquiera ha girado la cabeza cuando han abatido a su congénere.
Isabel y Jacobo, atacando al unísono, reducen fácilmente al zombinado. Han decorado el pasillo con una alfombra hecha de restos humanos, pero no se quedan para apreciar la obra de arte que han creado. Antes de que Jacobo e Isabel puedan preguntar nada, Paloma les cuenta de dónde vienen sus nuevas armas. Cuando termina su breve relato se da cuenta de que no están todos.
– ¿Y Miguel?
– Ha subido – contesta Isabel – para ver cómo estaban las cosas por ahí fuera.
– ¿Cómo que ha subido? Mierda.
– ¿Qué pasa han entrado más?
Paloma entonces les cuenta que al venir para aquí a oído ruidos en los pisos superiores. Gruñidos y golpes y demás, como los del portón del garaje, así que al volver al encuentro de sus compañeros ha ido cerrando y atrancando las puertas que se ha encontrado.
– Tenemos que ir a buscarle. – No es una pregunta. A Jacobo ni se le pasa por la cabeza la posibilidad de dejar a su compañero abandonado a su suerte.
– Ni de coña. Si han entrado algunos, pueden entrar muchos. Ya tenemos las llaves. Nos vamos. – Isabel ni siquiera permite empezar una discusión al dar media vuelta y encaminarse hacia los coches, dando la espalda a Jacobo.
– Pero…
– Ni peros ni hostias, Paloma. Ya has visto lo que son estas cosas. Y sin saber cuántos quedan por ahí no pienso arriesgarme a ir a una ratonera. Llamadme lo que queráis, pero no pienso arriesgar mi vida.
– No, si ya lo has demostrado antes, cuando has querido abandonar a estos dos a su suerte.
– Vete a la mierda, Jacobo.
– ¿Así que nos querías dejar aquí tirados? Seras zo…
– Que sí, zorra y todo lo que quieras, pero con esas cosas por ahí rondando, lo único que quiero es pirarme de aquí.
– Pero no podemos dejar a Miguel aquí.
– Sí podemos, y es lo que vamos a hacer. Por lo menos yo. No pienso perder la vida volviendo a por él. Y si vais vosotros a buscarle, pienso pirarme en mi coche. Además… creo que es lo que quiere.
– Pero, ¿qué cojones dices?
– Sí. Isabel tiene razón. Al menos parte. Estos días nos ha contado que ha perdido a su familia. Que les ha visto morir. Y que lo único que tiene en mente es ir a donde estén ellos.
Mientras están hablando han ido desplazándose sin darse cuenta hasta los coches. De repente les llega desde el exterior un ruido de cristales rotos, un grito de un hombre y un golpe seco. Inmediatamente, los golpes en la puerta se detienen, mientras que los gruñidos cambian de tono a uno que podría denominarse, siendo muy generoso y dando a la palabra un sentido muy amplio, como de alegría.
Los tres supervivientes se quedan mudos. Pasados unos instantes, es Isabel la que toma la palabra.
– Vámonos. Miguel ha tomado su decisión. Y además creo que nos ha hecho un favor, ya que se ha arrojado lejos de la puerta, para dejarnos el camino libre. Venga, vámonos.
Sin recuperarse del todo, Jacobo y Paloma siguen a Isabel hasta el coche. Lo abren con las llaves que han conseguido y meten las garrafas de combustible en el maletero. Se reparten en los asientos sin decir palabra: Paloma de conductora, Isabel a su derecha y Jacobo detrás.
Encienden el motor, y comprueban que por suerte el depósito está lleno. Una pequeña alegría.
Dirigen el vehículo hacia el portón de entrada, pulsan el mando a distancia y comienza a entrar luz por una rendija, que poco a poco se va haciendo más grande, hasta que la puerta termina de desplazarse hacia la derecha, dejándoles paso libre. Parece que Isabel tenía razón, el suicidio de Miguel ha desplazado a los zombinados y ahora tienen via libre, por lo menos para salir. Luego ya se verá.
Categorías:relato Etiquetas: ,

Preparando la huída (Zombinación VI)

19/07/2011 1 comentario
Han bajado al garaje. Por suerte parece que el edificio es sólido y no tiene resquicios, porque no han visto ningún movimiento sospechoso por las cámaras. De todas formas, y para evitar cualquier susto, se han distribuido como si fuesen un comando de élite en una misión encubierta: primero, por los pasillos, han avanzado en fila india vigilando la retaguardia, y luego han ido moviéndose en etapas, del último al primero, asegurando cada paso. Parecía un despliegue táctico de un grupo de las fuerzas armadas. Aunque las armas que han cargado distan un poco de las habituales de los militares: una barra de uña, un trozo de perchero siimulando una lanza, la hoja de una guillotina que con su mango se asemejaba a un machete y varias linternas pesadas y contundentes.Las llaves de los coches estaban en el puesto de mando. El problema es que no se han dado cuenta hasta que han llegado a los vehículos.
Obviamente los coches estaban cerrados, y cuando Jacobo levanta el perchero, poniéndolo en ristre cual lanza de caballero medieval y va a embestir una ventanilla para proporcionar un acceso al automóvil, Isabel le grita que se detenga.
– ¡¡¡Quieto!!!. ¡No te muevas!.
– ¿¡¿Qué cojones pasa?!? – grita Jacobo
– No rompas la ventanilla.
– ¿Y cómo quieres entrar? – responde Jacobo con un tono más enfadado de lo que realmente está, ya que el grito de Isabel le ha asustado.
– No sé, pero si rompemos una ventanilla, no seremos los únicos que puedan entrar al coche.
– Ondia, es verdad.- Jacobo baja su improvisado ariete.Prueban las cuatro puertas y el maletero, pero nada, ninguna se abre. De repente ven cómo Miguel se da un golpe en la cabeza, en la frente, con la palma de la mano.
-Estoy tonto. Chicos, perdonad. Las llaves están en la garita. Además, estos coches modernos no puedes arrancarlos con un puente ni nada por el estilo.
– ¿Cómo? – Jacobo no le ha entendido bien, ya que todavía está un poco alterado por el grito de Isabel
– Hace unos meses tuve que venir un fin de semana, y los guardas estuvieron fardando de los cochazos que tenían. Al final resultó que me estaban tomando el pelo y eran los A8 de la empresa. Los fines de semana las llaves se quedan aquí.
– Mierda. ¿Y no podías haberlo dicho antes? – Isabel, como siempre, haciendo amigos.
– Sí, pero me gusta moverme por pasillos oscuros con una horda de zombies acechando, no te jode.
– Venga. Tranquilos. No pasa nada. El sitio está limpio. Voy yo a por las llaves, y de mientras vosotros vais haciendo lo que podáis. Cogéis gasolina de otros coches, buscáis garrafas o lo que sea, ¿vale? – Paloma se mete en medio de la discusión para cortarla. Los nervios están a flor de piel, y todo esto no hace más que entorpecer.
– Si queremos salir de aquí sin babear ni arrastrar los pies – continúa Paloma – más vale que nos ayudemos y que nos contengamos un poco. Que nos mordamos la lengua, aunque en tu caso, Isabel, eso pueda ser más peligroso.
Vaya con la mosquita muerta, piensa Jacobo, cuando quiere sabe sacar mala leche. Pero la verdad es que hacía falta que alguien la cerrase la boca a Isabel, y si hubiésemos sido Miguel o yo, se habría montado.
Paloma se va por el mismo camino que han recorrido hace unos minutos en sentido inverso. Está asustada, pero están casi seguros de que no han entrado dentro, así que intenta sobreponerse y concentrarse únicamente en lo que tiene que conseguir: las llaves.

Llega al búnker (así lo llamaban los antiguos moradores) y lo primero que hace es cerrar la puerta, apoyar la espalda en ella con un suspiro de alivio y recorrer la estancia con la mirada, buscando bien unas llaves, bien un recipiente donde se puedan guardar unas. Le extraña no haber visto nada en los días que han estado ahí, pero claro, no era su objetivo, así que es posible que por eso lo haya pasado por alto. A simple vista no puede ver nada, así que se dedica a registrar toda la habitación metódicamente, comenzando por su derecha.

En el garaje, mientras Isabel vigila, Miguel y Jacobo han encontrado unas garrafas en las que guardar gasolina. Son de unos 30l cada una, así que si consiguen llenarlas pueden ser una gran ayuda. Además, con los bidones había también una manguera con la que hacer el trasvase de líquidos. Perfecto.

De los tres coches que hay pueden ver por las matrículas que dos se compraron más o menos a la vez, hará unos cuatro o cinco años y que el tercero apenas tiene unos meses. Deciden llevarse éste, ya que estará mejor preparado. Se dirigen a los otros para vaciarles el depósito. Llegan al primero, abre la tapa, y para su desesperación ven que el tapón necesita la llave. Para no perder el tiempo, intentan forzarlo con la barra metálica. Rompen el tapón, pero como no tienen intención de usar el vehículo, les da lo mismo. Jacobo mete la manguera, aspira por ella y, como suele pasar en estos casos por mucho cuidado que tengas, pega un trago de gasolina. La escupe, tose y casi vomita. Menos mal que su cuerpo se ha recuperado un poco. Ven cómo la garrafa se va llenando poco a poco.
Las últimas gotas del depósito rebosan por la boca del bidón. Lo tapan y lo dejan al lado del coche que quieren utilizar.
Se dirigen con la segunda garrafa al otro coche. Abren la tapa, van a forzar el tapón como han hecho con el otro, pero al hacerlo, comienza a sonar la alarma. Una estridente y enloquecedora alarma.
– Mierda tío, ¿cómo la apagamos? – intenta gritar Miguel por encima del sonido que sale del coche.
– Ni idea. En una película del Chuacheneger ese apaga una alarma levantando un coche. Algo de un nivel para el caso de que sea la grúa quien se lo lleva.- recuerda Jacobo.
– ¿Y tú lo vas a levantar? ¿a pulso? Porque por aquí no veo muchas grúas, ¿no? – pregunta Isabel en su habitual tono cáustico.
– No, lista, pero podemos levantarlo con el gato.
– Vale, espabilado. Te refieres al gato que está dentro del maletero. Ese que no podemos abrir, ¿no? – parece que Isabel disfruta con esto.
Entonces, de repente, la alarma se para, dejando paso a un silencio atronador. Jacobo e Isabel se vuelven, miran a Miguel y pueden ver que tiene en la mano unos cables. Pueden ver que ha abierto el capó del coche con la barra metálica y se ha puesto como loco a arrancar todo lo que pudiese parecer una alarma o cables a la vista que llevasen alimentación al aparato que les estaba dejando sordos.
Pero lo malo de las alarmas es que el ruido que provocan se puede oír desde muy lejos, y los coches están aparcados en el garaje cerca de la entrada. Y eso no es bueno. Los tres compañeros del garaje pueden escuchar unos golpes que antes no se oían. Algo está golpeando la puerta desde fuera a la vez que emite gruñidos. Miguel ha comenzado a temblar.
– Mierda, han oído la alarma. ¿Qué hacemos ahora?
– Podemos esperar, sin meter ruido, a ver si se van.
– Claro, que seguro que a las 12:00 tienen cita con la esteticienne, no?
– Isabel, por favor, un poco de tregua, vale? – pide Jacobo. Y continúa – mira, lo que tenemos que hacer es cargar el coche, abrir la puerta y salir pitando. Con este tanque de tonelada y media podemos pasar por delante de algunos de ellos sin problemas. No creo que sean muchos.
– ¿Y por qué no crees que sean muchos?
– Porque no son los seres más organizados del mundo. Simplemente se van moviendo hacia donde les lleve el olfato, el oído o lo que sea, pero sin formar grupos ni nada.
– ¿Y eso lo sabes por?
– Jóder Isabel, si no vas a ayudar cierra la puta boca de una vez, vale? – Miguel está bastante alterado.
– Pero es que estoy ayudando. No podemos presuponer cómo se comportarán estas cosas en función de las películas que hayamos visto, no?
– Bueno, ahí sí que tienes razón. Pero por favor, modera las formas, aunque sea un poco. – Jacobo intenta siempre calmar los ánimos, aunque a veces sea complicado.- ¿Algún voluntario para subir a mirar por las ventanas, a ver qué puede ver?
– Voy yo. Con tal de separarme de ésta… hasta prefiero enfrentarme a los zombinados esos. – Se ofrece Miguel.
– ¿A los qué? – pregunta Isabel
– Zombinados. Es que no sé si son zombies o infectados, así que les llamo de las dos formas.
– ¿Zombies o infectados? ¿De qué coño estás hablando?
– Tranquila, ahora te lo explico. Es un poco freaky.
– Bueno, vale, yo me voy para arriba, a ver si puedo averiguar qué pasa fuera.
Ahora están separados: Miguel subiendo hacia el piso superior para ver qué sucede en el exterior; Miguel e Isabel en el garaje, preparando lo que pueden del coche mientras intentan no prestar atención (sin conseguirlo) a los golpes y gruñidos que llegan desde la (por suerte) sólida puerta del párking; Paloma buscando las llaves de los automóviles para tener alguna posibilidad en la huída. El problema es que está tan concentrada buscando que ni siquiera ha levantado la mirada hacia los monitores, donde podría haber visto que algunos de los zombinados han entrado en el edificio por la puerta principal, rompiendo los cristales.

capítulo siguiente ->

Categorías:relato Etiquetas: ,

Planificación (Zombinación V)

12/07/2011 1 comentario
– Bueno, lo primero es intentar recoger toda la información que podamos.- dice Jacobo a la vez que se pone delante de uno de los ordenadores de la sala.
– Pues como no salgas a la calle a recoger los periódicos que hay por ahí dando vueltas jugando con el viento, lo vas a tener crudo.
Jacobo está convencido de que cada vez que Isabel dice algo, en algún lugar del mundo muere un gatito. Si es que quedan gatos vivos, claro. Pero decide no hacer caso a los dardos envenenados, y en cuanto aparece el navegador de internet, se pone a teclear en la barra de direcciones.
Pronto comprueba que es en vano, y que el ordenador se queda “pensando” durante demasiado tiempo como para facilitarle una respuesta satisfactoria. Entonces, para darse tiempo para pensar qué hacer a continuación y para no quedar como un perfecto idiota por no haber escuchado a sus compañeros, decide enredar con las “tripas”. Primero abre la línea de comandos e intenta hacer pings y tracerts para conectarse con algo directamente, sin pasar por el navegador, pero nada. Luego intenta cambiar las DNS, con el mismo resultado. Al final, después de tener que dar marcha atrás de unos cuantos callejones sin salida, se da por vencido. Gira la silla encarándose a las tres estatuas que tiene detrás.- Lo siento, teníais razón.- se disculpa Jacobo. Sabe que unas disculpas a tiempo pueden allanar muchos caminos, y en la situación en la que se encuentran no necesitan más impedimentos que los que con seguridad surgirán. Además, nunca ha entendido la dificultad de las personas en general para pedir perdón o disculpas: cuanto más alto se está en la escala social (esa tomadura de pelo que nos han metido en la cabeza hasta tomarla como necesaria) más complicado es que alguien reconozca un error. Cuando lo fundamental para conseguir avanzar es darse cuenta de en qué se ha fallado para no volver a cometerlo.

– Bueno, entonces, como decía Isabel, ¿qué cojones vamos a hacer?
– Esperábamos que ya que vienes con la mente fresca, pudieses traernos algo de luz.
– Mira, Isabel, ni siquiera tengo una linterna, así que lo de la luz, olvídate.
– Mierda, encima de no saber hacer su trabajo, se cree que es humorista.
– Venga, vamos chicos. Cuando no tengamos otra cosa de la que preocuparnos, ya nos despellejamos, vale? – media Paloma. Con la mirada busca a Miguel para que la eche una mano y poder cortar la disputa entre Jacobo e Isabel, pero Miguel sigue perdido en sus pensamientos, con la cara marcada por dos regueros dejados por las lágrimas que no ha podido limpiar sin dejar rastro.
– Vale. Perdón. Vamos a ver, ¿cómo andáis de comida por aquí?
– Empezamos a estar pelados. Miguel a tenido un par de… se ha atrevido a bajar a las máquinas, las ha reventado y ha subido cosas, pero casi no queda nada.
– Vamos, que estamos jodidos.
– Gracias, Isabel. Había entendido la explicación de Paloma.
– Por si acaso.
– Entonces, tendríamos que salir a por algo, ¿no? ¿O qué idea tenemos? ¿Quedarnos aquí hasta que venga alguien a buscarnos?
Se quedan todos pensativos. Paloma baja la cabeza, sin saber qué responder. Isabel por el contrario aguanta la mirada de Jacobo, desafiándole. Parece que se ha erigido en la jefa del grupo y ve la presencia del nuevo integrante una amenaza. Miguel por su parte sigue reviviendo su propio infierno, así que de ese lado no puede esperarse ningún tipo de ayuda.
– ¿Sabemos si hay algún coche en el garaje? – Pregunta finalmente Jacobo.
– ¿coches? El mío y el de Isabel.
– ¿Y qué coches son?
– El mío un mini – responde Isabel
– Yo tengo un ibiza. – dice Paloma.
– Bueno, no nos sirven mucho.
– Oye, si querías un coche en concreto, haberlo traído tú, no? – Isabel no se cansa de replicar cada comentario de Jacobo.
– No, no me he explicado. Me refiero que si queremos irnos los cuatro y coger víveres y cosas, esos coches son un poco pequeños. Necesitaríamos algo más grande. Y algo que pueda aguantar golpes, por si hay que abrirse paso a empujones.
– Están los A8 de los directivos. Blindados. Con todo tipo de cacharrería electrónica.- Es Miguel, que ha salido del pozo y vuelve al país de los vivos.
– ¿Y podemos cogerlos? – Pregunta inocentemente Paloma
– Habría que hacer una petición escrita a la dirección y esperar respuesta… Pues claro que podemos cogerlos, joder. – Isabel tiene suficiente mala leche para todos, no sólo para Jacobo. Y ésto le reconforta un poco, aunque lo siente por su amiga, ya que por lo que la conoce, sabe que es una chica sencilla, bastante simpática y tímida.
– ¿Y dónde están? – Intenta zanjar Jacobo.
– En el primer sótano, en la zona VIP, dónde si no.
– Vale, entonces vamos a hacer esto: Primero, con las cámaras hacemos un barrido para comprobar que no hayan entrado esas cosas. Luego nos vamos al garaje y cogemos uno de los coches. Convendría que estuviese cargado de gasolina, así que si hace falta pasamos todo el combustible de los otros coches al que cojamos. Y si podemos, pillamos unas garrafas. Luego abrimos las puertas del garaje, salimos y vamos, como primera parada a un súper, para poder aprovisionarnos de toda la comida que podamos. También deberíamos hacernos con  armas o cualquier cosa con la que defendernos de los zombies. Pero seguro que en el súper podemos conseguir algo. ¿Alguna pregunta o duda?
– Sí, una.- Isabel no se da por vencida, y siempre tiene que decir la última palabra – ¿quién te ha elegido jefe?
– Mira chatina, me da lo mismo lo que haya pasado hace tiempo entre nosotros. Siento si te he perjudicado por alguna extraña razón que no acabo de entender, pero si te parece bien, cuando estemos tranquilos y esto haya pasado, nos peleamos todo lo que quieras. Ahora y hasta ese momento, por favor, sólo pido un poco de colaboración. No me considero jefe de nada, y cualquier idea es buena. Siempre y cuando sea constructiva, claro. Pero si te vas a sentir mejor, te prometo una cosa: si me muerde un zombie y me voy a convertir en uno de ellos, te doy permiso para que me mates, vale?
– Vale. Te tomo la palabra.

capítulo siguiente ->

Categorías:relato Etiquetas: ,

Refugio (Zombinación IV)

05/07/2011 2 comentarios
– Coño, ahora te reconozco- exclama Jacobo, en voz más alta de lo que pensaba.
– ¿Cómo dices? – pregunta Miguel, pensando que se dirigía a él, con alguna broma de las que se solían gastar.
– A tí nada, paspán. Se lo digo a… Isabel, no?
– Efectivamente. Veo que tienes buena memoria cuando quieres.
– Vaya, ahora entiendo por qué estabas de tan mala leche.
– Por favor, ¿queréis daros prisa y ya si eso lo hablamos todo en el búnker?- les espeta Paloma, a la vez que tiraba del brazo de Isabel.
Enfilan todos hacia su improvisado refugio sin decir ni una palabra más. Aunque sí que hacen gestos: Isabel lanza miradas de reojo cargadas de odio, mientras que Miguel intenta cruzar la línea de visión de Jacobo y le hace señas con la cabeza apuntando en dirección de la enfadada secretaria a la vez que con las manos gesticula simulando una pareja en un momento íntimo. O al menos lo que él piensa que es una pareja acostándose, ya que se parece más a un intento de crear sombras chinescas por parte de una persona con artritis en las articulaciones.
Cuando llegan al puesto de control de seguridad, Jacobo se sorprende de lo reducido de las dimensiones del mismo. Y lo primero que le viene a la cabeza, a pesar de la situación en la que se encuentran es que su compañero Miguel ha pasado cinco días en un cubículo tan pequeño junto con dos mujeres. Y ha dormido con ellas.
– Es perentorio que me cuenten todo, con pelos y señales, lo que ha pasado aquí. – piensa, no sin sorprenderse de haber utilizado esa palabra.

Después de inspeccionar los monitores, pulsar algunas teclas de los ordenadores que los controlan para cambiar las imágenes mostradas y girar las cámaras para captar todos los ángulos posibles, se sientan en las sillas. Todos en silencio, esperando a que alguien se lance. El primero en hacerlo es Jacobo
– Por favor, chicos: ¿qué cojones ha pasado aquí?
– ¿Te refieres a en las oficinas?- le pregunta Miguel
– No, me refiero a en tu puñetera casa.
– Venga tío, no te pongas así.
– Es que hay veces que pareces muy tonto. Pero en ocasiones como esta demuestras que no es sólo la apariencia.
– Venga, tranquilos.- tercia Paloma. – Realmente no tenemos mucha idea de qué ha pasado.
– ¿Y no habéis intentado conseguir información por internet?
– Es lo primero que hicimos – Isabel no ha pronunciado la palabra “listillo”, pero la entonación que ha dado a la frase es como si la hubiera incluido. – Pero no funciona nada, o al menos nada de lo que conocemos.
– Entonces, ¿no sabéis que pasa ahí fuera?
– Bueno, lo básico sí: que te comen. – sentencia de nuevo Isabel. Cada frase que pronuncia es como si quisiese zanjar la conversación.
– ¿Pero cómo ha podido ponerse todo tan jodido tan rápido?
– Me imagino que porque al principio la gente pensaría que todo era una coña, una performance, o un viral de una nueva película.
– No, si lo parece. Hasta que te muerden claro. Y entonces lo de viral cobra una nueva dimensión y te conviertes en uno de ellos.

Hay unos momentos de silencio. Cada uno recuerda a los que ha ido dejando atrás, familia o amigos de los que no tienen noticias. O peor, seres queridos a los que han visto convertirse. Miguel se da la vuelta para enjugarse una lágrima disimuladamente. Sólo hace tres días que ha visto cómo su mujer se comía a sus dos hijos, sin que él pudiera hacer nada para impedirlo, y aunque por todo lo que ha pasado desde entonces tiene la sensación de que han pasado meses, en los momentos en los que no tiene nada urgente que hacer le atacan los recuerdos de golpe, hundiéndole con un devastador sentimiento de culpa. Joder, un padre no debería enterrar nunca a sus hijos. Ni una madre comérselos. Siempre había pensado, al ver películas de zombies que por mucho que se convirtiera, una madre, en lo más profundo de su ser siempre reconocería a sus hijos y nos les podría hacer daño. Pero en la vida real no era así, y lo había podido comprobar. De hecho, vino a las oficinas porque era el único sitio en el que sabía que había armas con las que le sería más sencillo quitarse la vida.

Por el contrario, Paloma tiene una pequeña brizna de esperanza. Aunque cada día es más complicado mantenerla con vida. Se vino el fin de semana a la empresa para terminar y organizar el trabajo pendiente para la semana que comenzaba, dejando a su hermana al cuidado de su hija en el piso que compartían las tres, a las afueras. Cuando comenzó todo y antes de que se cortasen las comunicaciones pudo hablar con ella, pidiéndola que se refugiasen, y contándola cómo estaban las cosas. Que cargasen el coche y que huyeran a algún sitio seguro. Que ya se encontrarían cuando todo estuviese más calmado. Y el objetivo de volver a reunirse con lo que quedaba de su familia era lo que la cargaba de energía.

Isabel, en cambio, no pierde el tiempo con sentimentalismos. No tiene familia, y al último ser querido le había visto morir, cuando una tormenta arrancó la jaula del gancho en la terraza y la precipitó hasta el suelo, siete plantas más abajo. Su vida estaba dedicada al trabajo, y por ello se encontraba en las oficinas el domingo a la noche. Las escasas horas libres que le quedan en el día si restamos las destinadas al trabajo y a los actos fisiológicos (dormir, comer,…) las empleaba en el gimnasio. De una estatura media-alta y con el pelo rubio natural casi blanco, solía atraer todas las miradas de los hombres allí donde se encontraba. Y de las mujeres. Tenía el cuerpo bien moldeado a fuerza de ejercicio, lo sabía, y le gustaba lucirlo. Pero su trato no profesional con otras personas se limitaba a encuentros esporádicos de una noche. Por ello ahora es la pragmática del grupo:
– Bueno, ahora que tenemos una cabeza pensante más, creo, ¿que cojones vamos a hacer? ¿nos vamos a quedar aquí encerrados hasta que nos quedemos sin comida o entren esas cosas?

Estas palabras, casi escupidas al resto, les sacaron de sus pensamientos, devolviéndolos a la realidad. La dura realidad.

capítulo siguiente ->

Categorías:relato Etiquetas: ,

No hay Salida (Zombinación III)

29/06/2011 2 comentarios
Jacobo puede oír perfectamente unos gruñidos al otro lado del marco de la puerta. Ahora se ha dado cuenta de que tendría que haberla atrancado con una silla, un armario o lo que fuese, para por lo menos darse algo de tiempo para pensar.
Pero es inútil lamentarse por lo que debería o podría haber hecho. Ya no tiene sentido gastar energías o tiempo en cosas que no tienen remedio. Lo que necesita es que su cerebro trabaje al cien por cien para encontrar una salida.
Al estar sentado en el suelo debajo de la mesa, se está clavando una de las patas de la silla (mejor dicho, sillón) del antiguo morador del despacho. Es la típica silla de oficina con ruedas. Sólo que en comparación con la que tenía él, parece, como en el anuncio de la tele,  el primo de zumosol. Intenta moverla con cuidado de no hacer ruido, y nota lo pesada que es.
Ésto le da una idea: La utilizará de ariete contra lo que sea que entre por la puerta y cuando no pueda avanzar más, la usará de trampolín, para pasar por encima de las cabezas de los zombies que vienen. No se ha parado a pensar que pueden venir unos cuantos, y que puede que con eso no sea suficiente para pasarlos a todos, pero no tiene otra opción.
Busca con la mirada por todo el despacho, ahora que parece que el sol se ha desperezado y está campando por el cielo a sus anchas impasible ante lo que pasa a millones de kilómetros de distancia, un espejo, un cuadro o la vitrina de un armario, lo que sea con tal de que le sirva para ver la puerta sin tener que asomarse.
Y lo encuentra. Un cuadro que debe representar un bodegón después de haberse bebido todo el vino que hubiese en las barricas. Es lo que tiene el arte moderno, que no hay mucha diferencia entre que lo haga un adulto o un niño de primaria. Pero Jacobo sigue sin tiempo para detenerse a analizar las pinceladas, trazos, claroscuros y demás técnicas utilizadas. No.
Lo que necesita es ver la puerta. Y lo consigue gracias a que quien colgó el cuadro no tenía mucha pericia en ello. Dado que está sentado en el suelo, lo normal es que el reflejo que le llega a sus ojos fuese el del techo, pero al estar el marco inclinado, muy inclinado, el ángulo de incidencia es perfecto para ver qué pasa a su alrededor. Y de momento lo que ve es que nadie se ha asomado al despacho. Aunque puede oír fuera respirar pesadamente a los zombies, y gorjeos y gruñidos que se escapan de sus gargantas putrefactas.
Mientras mueve lentamente la silla, se fija en la papelera. Es de metal. Y pesa. La coge como arma adicional o como escudo protector, lo que se tercie en cada momento. Ahora que ha apartado lo suficiente la silla, intenta que los movimientos sean fluidos, no tropezarse y hacerlo todo lo más rápido posible, ya que una décima de segundo, igual que en las carreras de F1 o MotoGP puede ser la diferencia entre estar en lo más alto y triunfar, o convertirse en… lo que sea que se convierten los pilotos cuando les pilla una horda de zombies / forofos.
Encara la silla con la puerta, con el respaldo hacia ésta y el asiento mirándole a él, se sitúa detrás, se apoya en los reposabrazos y dándose todo el impulso que le proporcionan sus piernas se lanza contra la abertura de la puerta. Justo antes de pasar por el marco se sube a la silla para dar un salto que le permita escapar de los bichos que le acechan al otro lado. Puede ver cómo el pasillo está libre, lo que le puede dar una opción para escapar. Tensa los músculos, preparándose para el salto. Son unos instantes que parecen horas. Tiene el tiempo suficiente para ver las sombras que proyectan los seres que le están esperando al otro lado de la pared. Está a punto de franquear la puerta.
La silla choca contra el marco y Jacobo, no habiendo previsto este contratiempo, no puede reaccionar a tiempo y sale despedido por encima del respaldo. Pillado por sorpresa por el inesperado final, no es capaz de reaccionar y acaba en el suelo, golpeando primero con el hombro, al que sigue el resto del cuerpo. Queda tendido en el suelo, de espaldas, y puede ver a sus atacantes. Son tres. Dos secretarias a las que conoce de vista y un compañero suyo. Y tienen linternas en las manos y algo que se parece a una barra metálica de uña. Vamos, la viva imagen del Dr Freeman.
– ¿Siempre sales así de los despachos, Jaco? – le preguntó Miguel, su compañero con una mezcla de miedo y alivio, y añadió:
– Ahora sé por qué nunca te han hecho jefe. Saliendo así, no das muy buena impresión.
Es una forma como cualquier otra de romper el hielo y liberar la tensión, con lo que los cuatro acaban riéndose a carcajadas. Una risa nerviosa, pero que permite relajar los músculos y suelta, poco a poco, el nudo que todos tenían en el estómago al pensar que se tenían que enfrentar con los seres que poblaban las calles.
Cuando se apagan los ecos de las últimas carcajadas, más tranquilo, Jacobo pregunta por la situación:
– ¿Vosotros sabéis algo de lo que ha pasado? ¿Cómo puede haberse puesto esto así en una noche?
Una de las chicas (Jacobo cree recordar que se llama Paloma)  le contesta, extrañada:
– ¿Una noche? ¿Dónde has estado metido? Pero si llevamos así varios días.
– ¿Días? ¿Cómo que días? Si anoche me metí en la cama y no había oído nada de esto.
– ¿Anoche? Imposible. Llevamos así por lo menos 5 días. Hoy es 25 de Junio, viernes.
– Paloma le responde, con una mezcla de compasión y envidia porque Jacobo no ha pasado por lo mismo que ella.
– ¿25? ¿!¿Viernes?!? Pero si anoche cuando me acosté era domingo.
– Pues lamento decirte que no fue anoche. – Le espeta la otra chica. Jacobo no consigue recordar el nombre de ésta.
A Jacobo le lleva un tiempo asimilar que ha estado 5 días dormido. No se lo puede creer. Los nuevos compañeros esperan. No tienen mucho más que hacer.
-5 días… por eso me he mareado. Y por eso tenía otra vez un poco de barba.
– ¿Un poco? – exclama Miguel – Joder, ya me gustaría que en 5 días me creciese sólo un poco… no tendría que afeitarme todos los días.
– Sí, la verdad es que me crece muy poco. Y es cómodo. No necesito afeitarme a diario, con hacerlo cada 3 ó 4 días es suficiente.
– Yo en cambio lo necesito a diario. Y hay veces que casi dos veces al día.
– Perdonad que os corte estos momentos tan de machorros, pero ¿podríamos escondernos y hablar en otro sitio? – les interrumpe Paloma. Después del susto y la posterior relajación, la tensión se ha vuelto a instalar en su cuerpo, y mira para todos los lados, escudriñando las esquinas menos iluminadas.
– Mierda, es verdad. Venga tío, vámonos –  le dice Miguel a Jacobo.
– ¿Ir? ¿a dónde?
– Al puesto de mando. Desde donde hemos resistido estos días. Se controlan las cámaras de todo el edificio.
– Esperar, primero necesito que me contéis algo más sobre qué cojones ha pasado aquí.
– No, primero nos vamos. Ya hemos metido demasiado ruido, y hemos dejado demasiado tiempo las cámaras sin vigilar. No podemos arriesgarnos a que entren. Son como las cucarachas: si encuentran una grieta, nada les impide entrar hasta la cocina.
– Venga, vamos chicos. Hablemos abajo.- La voz de la sin nombre es dura, a juego con su mirada.
Categorías:relato Etiquetas: ,

Acorralado (Zombinación II)

21/06/2011 2 comentarios

<- capítulo anterior

– No tengo ni puñetera idea de hacia dónde tirar.

Jacobo no consigue que su cerebro hilvane dos pensamientos coherentes seguidos. Su cabeza se empeña en recordarle continuamente la imagen de los intestinos del desdichado conductor que había servido para saciar el hambre del zombie que había tenido que rematar él mismo, con sus propias manos. Bueno, pies.
Al final sin recibir nada de ayuda por parte de sus neuronas, pone el piloto automático y enfila hacia lo que era su destino original: las oficinas donde
trabaja.

Al llegar al edificio mira la fachada. Es una estructura moderna, con mucho cristal, lo que permite ver gran parte del interior ahora que todavía no hay mucha luz en el exterior, ya que el sol parece que tiene algo de pereza por salir. Se queda un buen rato observando, casi como un camaleón: un ojo fijo en el interior mientras con el otro vigila que no aparezca nadie por la calle con intención de tomar un desayuno a su salud. No ve ningún movimiento, así que se decide a entrar, para darse tiempo para planificar su siguiente paso.

La puerta de acceso para personas está cerrada, con candado. Podría intentar forzarla, pero no quiere meter más ruido del necesario, así que se dirige a un lateral del edificio, donde está la entrada del garaje en el que sólo tienen plaza los altos ejecutivos, pero que vista la situación actual en las inmediaciones, no cree que nadie vaya a decirle nada.
Al llegar al portón metálico, se da cuenta de lo tonto que ha sido. ¿Por qué iba a estar esta puerta abierta? Se baja de la moto, se acerca a la barrera que le franquea el paso e intenta abrirla empujando con todas sus fuerzas. Lo único que consigue es moverla unos centímetros, justo la holgura de los cierres. Parece que la inamovible puerta ha consumido toda su energía. Se deja caer contra la pared, golpeando con el casco, a la vez que su hasta ahora hinchado ánimo debido a la adrenalina de la confrontación con el zombie pierde todo el fuelle y le deja para el arrastre, sentado en la acera.

Se tumba de espaldas, todavía con el casco puesto, y al mirar para arriba ve que una ventana del primer piso está abierta.
Nunca ha sido un buen escalador, y de hecho le parece una tontería de deporte: subir para bajar al mismo sitio. Pero claro, lo de ahora no es exactamente su tiempo de ocio. Mira la pared y la puerta, para ver qué puede utilizar como apoyo y observa que la fachada, en la parte de piedra tiene un dibujo horizontal que puede servirle de escalera. Con los peldaños muy estrechos y sin espacio casi para alojar sus botas, pero que pueden ayudarle con un poco de cuidado.
El problema es llegar hasta ahí. Mira alrededor, pero no ve nada: ni un contenedor, ni una caja. Nada.
Su ánimo parece que está montado en una montaña rusa. Pero de repente el cerebro hace su trabajo y se saca un as de la manga: usar la moto como apoyo. Se monta en ella, y sin arrancarla para no despertar el interés de lo que pueda haber alrededor, la acerca a la pared. Pone el caballete, para que esté más estable. Se sube encima, pero cuando se va a encaramar a la pared, se da cuenta de que todavía no se ha quitado el casco.

Con la tensión del momento, no se ha percatado de que tiene la protección de la cabeza puesta. Se lo quita, y lo va a dejar en el suelo, pero piensa que puede servirle más adelante como defensa o como arma, así que mete los guantes dentro, da unos pasos para atrás, mira la ventana y encomendando su alma a los años que pasó como alero del equipo de baloncesto del colegio, lo lanza al interior. El casco golpea primero en el marco izquierdo de la ventana, después en el inferior, y cuando parece que va a caer hacia fuera, el centro de gravedad hace su función, y acaba perdiéndose de vista dentro del edificio.

Ahora ya puede subirse a la moto sin impedimentos. Con ambos pies afianzados en el asiento y el depósito y una punzada de dolor en su corazón por maltratar así su moto, trata de trepar por la pared. Es más fácil pensarlo que hacerlo, y cuando está a mitad de camino, un pie se sale de la hendidura donde está apoyado y le hace perder el equilibrio. Por suerte tiene las dos manos bien situadas, haciendo buena presa. Tras dar unas cuantas patadas al aire, consigue meter otra vez la bota en el agujero, y sigue ascendiendo.
El problema es pasar de la parte de piedra a la ventana, salvando la distancia de más de un metro de cristal, plano, liso, sin un pliegue o recoveco donde afianzar una extremidad. Sube hasta donde le permite la piedra, pero ve que es imposible llegar hasta la ventana.

Comienza a descender de nuevo, para preparar otro plan de acometida cuando ve por el rabillo del ojo un movimiento. Gira la cabeza y observa que por la calle, unos 50 ó 70 metros a su derecha, se acerca un grupo de algo que no puede ser otra cosa más que zombies.
– Mierda, no puedo bajar. Son lentos pero no puedo jugármela.
Todavía parece que no le han visto, y están simplemente deambulando, buscando comida, y dada su reducida movilidad, ponen todo el énfasis en vida que se encuentre a ras del suelo, así que Jacobo tiene unos instantes hasta que estén tan cerca que le detecten por el olor o como demonios sea que estos bichos encuentran lo que buscan.
– Sólo tengo una opción. Para arriba.
Así que lo intenta de nuevo. Sube todo lo que puede, pero estirando el brazo al límite que le permiten sus articulaciones se queda a unos 20 centímetros del marco inferior. No puede hacer otra cosa, así que confiando en tener la misma suerte que en las películas que ha visto, se da impulso para llegar a la ventana.
Es la primera vez que hace algo parecido, pero parece que ha calculado bien y consigue agarrarse con ambas manos. Ahora sólo queda subir a fuerza de bíceps. Hoy Jacobo se está dando cuenta de la diferencia tan abismal que hay entre pensar en hacer una cosa o verla por la televisión y en hacerla uno mismo.
Nunca ha tenido mucha fuerza en los brazos, así que para alguien que tuviese tiempo para presenciar la escena desde una distancia segura, sería como ver un capítulo de Benny Hill: un tiparraco vestido de motero dando patadas al aire colgado de una ventana. Sólo faltaría la melodía y un calvo corriendo detrás de una enfermera con poca ropa.
Al final, haciendo un esfuerzo sobrehumano con los brazos y pegando patadas al cristal consigue introducirse por la ventana.
Se tumba al otro lado, exhausto, intentando recuperar el aliento.
– Bueno, ya estoy dentro, ahora a ver si puedo enterarme de algo conectándome a internet, porque hasta ayer que miré las noticias, no había nada de todo esto. Ha tenido que pasar en una noche.
Se acerca a un ordenador, lo enciende y espera a que el sistema operativo arranque. Al cabo de unos momentos que se le antojan eternos, sale por fin la pantalla en la que tiene que introducir su usuario y su contraseña. Los teclea y cuando pulsa el botón para conectarse, aparece un mensaje que le indica que no se ha podido conectar con un servidor. Le extraña, porque las máquinas suelen estar encendidas todos los días, y los sistemas de respaldo que hay permitirían funcionar aunque cayese un meteorito, hubiese inundaciones o el Barça ganase la copa en el Bernabeu. El problema debe ser de cableado, piensa, así que se dirige a la zona de los despachos de los jefes, que seguro que encuentra algún portátil con el que conectarse mediante wifi.
En el tercer despacho en el que entra ve encima de la mesa uno de los nuevos MacBook que él mismo encargó y tuvo que preparar para que el jefazo de turno lo use únicamente para leer el Marca y poco más. Lo enciende, y mientras espera, levanta la mirada de la pantalla y ve al fondo del pasillo unas luces y sombras que parece que juegan a atraparse unas a otras. Sin pensarlo dos veces se mete debajo de la mesa, pero se deja el portátil encima, con la manzanita iluminando la estancia. No tiene mucha potencia, pero la suficiente para que llame la atención por la poca luz que hay en la planta. Además, recuerda ahora, se ha dejado el casco y la chaqueta encima de la mesa en la que ha intentado conectar el ordenador.
Mierda.
Se asoma, para ver si le da tiempo a recoger todo antes de que le descubra lo que sea que viene desde las escaleras, pero cuando sale de su escondite puede ver varios pares de piernas y pies arrastrándose por el suelo. Se mueven lentamente, y vienen directamente hacia donde está él. Claro, se ha dejado la puerta abierta, la única puerta abierta de toda la zona de despachos.
– Joder, si es que no he hecho una a derechas. ¿Cómo coño voy a sobrevivir si no hago más que meter la pata?
Vuelve a esconderse debajo de la mesa, pero antes pone unos papeles encima del portátil al que ha bajado la tapa, para disimular la luz que emite.
– Igual, aunque vean la puerta abierta no entran si no ven movimiento o algo que les indique que hay alguien.
Cierra los ojos y aprieta fuertemente las manos, y aunque es ateo y no cree que ningún ente esté por ahí arriba mirando, se pone a rezar.
Mientras murmura las pocas frases que recuerda de sus tiempos mozos en el colegio de curas, puede escuchar cómo los pasos suenan cerca. Muy cerca. Y algo golpea la pared del despacho.

capítulo siguiente ->

Categorías:relato Etiquetas: ,