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Archive for the ‘relato’ Category

El don

15/03/2016 Deja un comentario

Como hice con el anterior (mi primer libro), aquí pongo mi segundo, en formato pdf para que los incautos que quieran lo puedan leer.

El formato no es muy bueno, ya que he probado varias herramientas para convertir en pdf y me lo han “roto” bastante: o me han alterado el formato o desaparecían letras!!!

He dejado el del enlace, y si no os gusta u os saca de quicio el formato, podéis comprarlo en amazon (por 1€ nada más) o pedírmelo en los comentarios y trataré de pelearme para conseguir una conversión decente.

Sin más dilación, aquí está, con todos ustedes… EL DON

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Libro publicado… y “freemium”

23/10/2014 1 comentario

Ayer puse una entrada en la que mencionaba que había autopublicado un libro.

A pesar de que el precio es bastante “contenido”, por ser coherente con mi forma de pensar (cosa que procuro ser siempre) he decidido poner aquí el libro para descarga directa (en pdf). Si lo lees y te gusta, puedes comprarlo en el enlace de ayer.

Y si no te gusta, pues por lo menos no has “gastado” unos céntimos. (En el caso de un libro creo que la palabra gastar no debería usarse, pero es una opinión personal).

Lo dicho, aquí va. El armario – Gorka Irigoyen

Y si alguien lo ha comprado ya (me consta que ha habido dos inconscientes), ya lo siento. Y muchas gracias.

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Niños

02/04/2014 Deja un comentario

Estaban todos juntos, de diferentes edades: niños que apenas sabían andar al lado de otros que ya casi debían afeitarse. También compartían el tiempo y el espacio ambos sexos, descubriendo sus cuerpos sin tapujos, sin miedos, sin tabús.

Se reunían en lo que podía llamarse la plaza del pueblo, pero eso era sólo el punto de partida, cuando llegaban todos, salían a ver el mundo, a conocerlo, a recorrerlo y experimentar por sí mismos.

Un día llegó un nuevo adulto, y comenzó a explicar el origen de las cosas, de dónde venían. Pero realmente no eran explicaciones: propalaba axiomas. Supuestas verdades que no admitían razonamientos. Eran porque eran.

Primero, comenzó con verdades que a todos les parecían evidentes. Los muchachos las aceptaron porque eran lo que veían en su día a día. Poco a poco, gracias a su dominio de la retórica, el nuevo instructor consiguió aumentar el alcance de sus silogismos. Algunos de ellos estaban ligeramente “cogidos por los pelos”, y chirriaban en las, hasta ahora, abiertas mentes  de la juventud. Pero, como en el cuento del traje nuevo del emperador, nadie se atrevía a levantar la voz, por miedo a quedar como un inepto. Así, los nuevos conceptos fueron calando en los niños y niñas, y la nueva forma de aprender, que era simplemente aceptar lo que un supuesto maestro superior expresaba, se hizo la forma común de extender los conocimientos.

Pero un día, un niño que no era el más mayor, ni el más joven, ni el más inteligente, ni el más lento, lanzó una pregunta en respuesta a uno de los acostumbrados asertos:

¿por qué?

Y de nuevo, al igual que en el cuento del traje, la pregunta se extendió entre todos los oyentes. Comenzaron a cuestionar lo que habían aprendido. Se preguntaban entre ellos, los mayores ayudando a los pequeños a vencer el temor a cuestionar a un adulto, las mujeres, con cierto punto más de curiosidad, intentando investigar si lo que les habían tratado de inculcar era cierto o no. Y en definitiva, dando la vuelta a todo lo que creían conocer, como hacían antaño.

Cuando el nuevo instructor se percató de lo que estaba sucediendo, reunió a los responsables del pueblo y, de nuevo haciendo uso de sus dotes dialécticas, logró convencer a los que ostentaban el poder que había que reestructurar la forma en la que se formaba a los niños.

Y propuso separarles según edades.

Y propuso segregarles por sexos.

Y propuso dividirles en base a su intelecto.

Y propuso encerrarles en recintos cerrados.

Y consiguió matar el ansia de conocimiento de los pequeños.

Y logró controlar a las nuevas generaciones, creando una cadena de montaje de seres humanos.

 

Para más relatos, pásate por aquí.

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Perra

22/08/2013 Deja un comentario

Hay una cena romántica en el porche de una casita. La ubicación del chalet permite que tengan una vista impresionante del mar.

Pero él no se ha fijado en nada de eso. No tiene ojos para otra cosa que no sea ella.

“Ella” es la típica belleza rubia, con el pelo ondulado, formando largos bucles que se apoyan en sus hombros, como descansando del duro día de trabajo que supone rodear una cara preciosa. Los ojos verdes lejos de parecer fríos o distantes, incitan a quien los mire directamente a perderse en ellos, dejando la mente en blanco sin saber qué decir. Y es lo que le pasa a él.

– ¿No dices nada? – pregunta Cristina.

– No, esto… eh… es que, de verdad, cada poco tiempo se me queda la mente en blanco, pensando en la suerte que tengo por estar aquí contigo.

Y es verdad. Si pusiésemos nota a la apariencia física, de 0 a 10, nuestra protagonista podría tener un 42, rompiendo todas las escalas, mientras que el hombre se quedaría con un aprobado raspado, y eso siendo generosos para que no tuviera que presentarse en Septiembre. Pero por suerte para él, ella no se fijaba en lo físico. Ya no.

– Como lo digas otra vez voy a acabar pensando que hay algo raro en ti, así que por favor, deja eso.

– Vale, pero entiéndeme que me sienta un poco… azorado. – responde él con un hilo de voz, vibrando por los nervios. Agacha un poco la cabeza, bajando la mirada a su regazo, donde sus manos se entretienen inconscientemente con un juego de dedos para pasar el rato mientras están escondidas. Cuando ve que Cristina estira su brazo y coloca la mano en la mesa, cerca de él, con la palma hacia arriba, siente un cosquilleo que aumenta hasta convertirse en un dolor punzante al notar el sudor en sus palmas. Con disimulo, o al menos, todo lo disimuladamente que puede realizar el gesto teniendo en cuenta que la mayor parte de su cerebro está colapsado, las restriega en su pantalón, intentando secarlas antes de poner su mano encima de la de ella.

– ¿No ves? La mayoría de los tíos que había hoy en el bar donde hemos tomado las cervezas antes de venir y por los que estabas tan preocupado no sabrían tan siquiera lo que quiere decir “azorado”  – y mirándole directamente a los ojos, con una dulzura y una sensualidad indescriptible, añadió – de verdad, me gustas. Y me encanta estar contigo. Vamos a disfrutar de la cena, ¿vale?

Rafa, algo más tranquilo, se dispuso a acatar la sugerencia de Cristina. Aunque el “algo más tranquilo” se reducía a pasar de extremada y exageradamente histérico a un nerviosismo exacerbado.

Así todo, la cena transcurrió entre bromas y conversaciones más o menos intrascendentes… ayudadas por las copas de vino que iban evaporándose mágicamente.

Al final, tras el postre, y tras haberse tomado dos botellas de vino y casi una de champagne, Cristina dijo.

– Rafa, tengo que pedirte una cosa. Es algo un poco raro, pero por favor, escúchame antes de decirme que no.

Rafa, sin saber qué decir ante tan extraña petición, simplemente asintió con la cabeza, más efusivamente de lo que lo habría hecho de no haber estado tan bebido, lo que le provocó un pequeño mareo.

– Mira, Rafa. Esta casa era de mis padres. En ella he nacido, he crecido, he tenido mis primeras alegrías y mis primeros disgustos. Y he tenido mi primera pérdida terrible.

Rafa abrió un poco los ojos al escuchar esta última frase. Aunque su intención era mostrar interés por lo que le estaba contando Cristina, debido al elevado índice de alcohol en la sangre, sus facciones parecían las de un hombre que se había perdido en el Pasaje del Terror. Cristina no se fijó, o no quiso darse cuenta, y continuó

– Cuando tenía 12 años, mis padres me regalaron un perro, un Labrador. Era precioso. Bueno, preciosa. En un alarde de originalidad le llamé Scottie, por el anuncio del papel higiénico. Luego me dijeron que era nombre de chico, pero bueno, era una perrita, así que no creo que la importase mucho. Se convirtió en mi mejor amiga, mi confidente,… Éramos inseparables. 2 años más tarde, estalló una tormenta bastante grande. Scottie había salido a jugar, y no volvía, así que salí a buscarla. El problema era que se había hecho de noche, y con la lluvia y el viento que te metía el agua a presión en los ojos, no se veía nada. Si estirabas el brazo, no llegabas a verte la mano. Así, a pesar de que anduve con mucho cuidado, llegué al borde del acantilado… y no lo ví. Me patine, caí al suelo y aunque intenté asirme de plantas y piedras, todo cuanto agarraba se desprendía. Me puse a gritar, pero con los truenos y el viento era imposible que me oyesen desde casa. Estaba a punto de caer cuando llegó Scottie. Me sujetó del brazo con sus dientes y, como por suerte yo era muy delgadita y no pesaba mucho, pudo izarme hasta tierra firme. Me comenzó a lamer, para curarme las heridas y tranquilizarme. Entonces, cuando me rodeó para, imagino, comprobar que estaba bien del todo, el suelo debajo de él se precipitó hacia el fondo del acantilado. No pude hacer nada. Sólo escuché su ladrido. Unos segundos. Luego nada.

Rafa no sabía qué decir. Nunca tenía ni idea de qué comentar en este tipo de situaciones, y el alcohol, en lugar de desinhibirle, le abotargaba la mente sin permitirle construir una frase coherente.

– Vaya – dijo, para darse tiempo para ordenar las palabras que descansaban en algún lugar de su mente – debió de ser muy duro.

– Sí. Y por eso ahora, todos los años en esta fecha, vengo aquí y le vuelvo a despedir. Pero este año, no sé por qué, no encuentro las fuerzas necesarias para hacerlo. ¿Podrías acompañarme? Creo que necesito tener a alguien al lado.

– Sí, claro, claro. Te acompaño. Cuando quieras.

– ¿Vamos?

– ¿Ahora? – ante la pregunta de Rafa, Cristina frunció ligeramente el ceño, pero lo suficiente como para que éste captase la intención- Sí, claro, vamos ahora mismo.

Con un corto paseo, la pareja si situó a menos de dos metros del borde del acantilado. Entonces Cristina le dio la mano a Rafa, y cerró los ojos. Pasaron unos minutos durante los cuales Rafa no supo qué hacer, pero tampoco le importó mucho porque bastante trabajo le suponía el mantenerse erguido y más o menos quieto sin tambalearse.

De repente, notó que su amiga (¿o era ya novia?) se inclinaba para adelante. El problema era que tenía los sentidos un tanto embotados, y sus reflejos, que nunca habían sido rápidos, ahora se lo pensaron dos veces antes de entrar en acción. Para cuando reaccionó, Cristina estaba en un ángulo que, si Rafa no hubiese estado tan borracho, habría definido como físicamente imposible, pero que debido a su lamentable estado, simplemente pensó en él como “rharho”.

Intentó agarrar a la mujer, pero notó que se escurría de sus manos. Dio un paso adelante para cogerla mejor, y en cuanto lo hizo, se dio cuenta de que había cometido un error. Aunque un sentimiento tranquilizador recorrió su cuerpo: seguro que era el último error que cometía. Y de todas formas, no era tan malo morir con Cristina en brazos.

Lo raro era que Cristina no había reaccionado. Rafa notó cómo sus pies iban perdiendo apoyos, y en un instante dejó de sentir algo sólido debajo de él. Entonces, La chica que tenía entre sus brazos abrió los ojos, con una fuerza sobrehumana se zafó del abrazo de Rafa, esbozó una media sonrisa, y… se quedó flotando en el aire.

Rafa se precipitó al vacío, cayendo encima de un montón de huesos blanqueados por el sol y la sal de la brisa marina.

Cristina, mientras volvía volando hacia la casa, comentó:

– Hay que ver, con lo buena persona que es mi primo, lo perra que soy yo con los humanos.

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Han llegado esos días.

04/07/2013 Deja un comentario

Han llegado esos días. Días aciagos.

Aunque no los entiendo muy bien, mi cuerpo parece que sí, porque empieza a mostrar síntomas de nerviosismo y sobreexcitación. En el colegio, cuando estoy en clase, mi cuerpo no me deja prestar atención, empeñado en que esté pendiente de lo que me pasa por dentro: dolores de estómago, retortijones,… Así, no consigo enterarme de nada de lo que explican los maestros, entrando en un círculo vicioso, ya que esa falta de atención implica que no voy a ir bien preparado a los exámenes, lo que genera más nerviosismo y mi cuerpo se revela de nuevas y más potentes maneras, impidiendo que preste atención en clase.

Pero mis problemas no acaban ahí, no. En casa, con mi familia, estoy casi peor. El único momento tranquilo que tengo es cuando estoy con mis amigos, en la calle, pero cada día que pasa me dejan menos tiempo libre para disfrutar jugando con ellos.

Mis padres creen que no me interesa nada, que “paso de todo” lo que tenga que ver con el colegio, y no consigo hacerles ver que no es así: me gusta, y los profesores me caen bien, pero tener los exámenes tan cerca, con la presión que me están inculcando, me supera. Veo que no voy a conseguir estar a la altura de sus expectativas, y esto se junta con mi malestar general, logrando que, al igual que en el colegio no podía prestar atención, en casa me cueste más obedecer y hacer caso a lo que me dicen, no porque no quiera, si no porque mi cabeza está ocupada principalmente en una cuestión: no decepcionarles con las notas.

Llegan los días. Mañana es el primer examen. Y ahora entiendo completamente y de verdad el significado de la palabra “angustia”. Hasta ahora sólo me podía hacer una idea de lo que significaba, pero ahora la comprendo. Demasiado.

Hoy nos dan las notas. En un sobre cerrado. Y tenemos que traerlas firmadas el lunes. Algunos compañeros sé que las han abierto y luego las han pegado con pegamento, pero cuando he intentado hacerlo yo, casi rompo el sobre, así que lo he dejado. Pero no puedo aguantar. Llevo dos días sin comer. Se me han caído varios mechones de pelo y me han salido granitos por todo el cuerpo. Por favor, que pase ya este suplicio. “Suplicio”, otra palabra que ahora entiendo a la perfección.

– Papá, mamá, tomad las notas- Tiendo la mano sujetando el sobre, con la mirada anclada en mis pies. Noto que me cogen el sobre de las manos, pero no sé quién de los dos. Oigo el rasgar del papel al abrirlo y el ruido que hace el boletín de calificación al desdoblarlo. Luego nada.

Sin querer, pero sin poder evitarlo, levanto la cara y mis ojos se centran en las facciones de los rostros de mis padres. Veo decepción, contrariedad, resignación, impotencia,…

Mi padre, que es quien había cogido el sobre, se lo entrega a mi madre para que lo sujete. Ahora su cara ha cambiado ligeramente, y aunque no puedo precisar el sentimiento que no consigue ocultar completamente, bien porque no puede o bien porque no le interesa, creo que es algo similar al asco.

Mi madre, en quien tenía puestas todas mis esperanzas sólo hace un comentario: “bueno, no son tan malas… no ha suspendido ninguna”

No lo entiendo. ¿”tan malas”?¿He aprobado todo y lo único que consigo es reproche? Hay algo que se me escapa. Intento preguntarlo, pero sólo consigo balbucear el comienzo de alguna palabra. Mi padre me corta

– Mira niñato, no estoy dispuesto a que dejes en mal lugar a tu familia. A tu edad yo ya sacaba todo sobresalientes y matrículas de honor. No puede ser que, después de todo lo que nos hemos esforzado para que te admitan en el mejor colegio del país, ahora tú no aportes nada y te dediques a hacer el vago. Es intolerable. Si de verdad quieres ser algo en esta vida, más vale que te apliques y en los próximos exámenes, que ya intentaré que sean lo antes posible, saques como mínimo, todo notables. Pero, ¿qué te has creído? Si no mejoras, no vas a poder ir a la universidad que tienes que ir. Y por ahí no paso. Si quieres seguir en esta familia, mejora.

– Pero papá…

– No quiero “peros”. O mejoras (y mucho) las notas, o te vas de esta casa.

– Pero papá…

– ¡¡¡Que te calles!!! Me importan un rábano tus lamentables excusas. No tienes que mejorar, no. Tienes que ser el mejor. Yo no he criado a segundones. Si para tu cumpleaños no me has traído mejores notas, te aseguro que va a ser el cumpleaños más triste de tu vida. No vas a olvidar tu sexto cumpleaños en la vida.

Me he pasado los dos días del fin de semana llorando en mi habitación.

No quiero salir.

Y no voy a salir.

No quiero vivir.

Inspirado (muy libremente, jeje)  por esto.

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Al acecho

31/05/2013 Deja un comentario

No sé cuánto tiempo llevo esperando aquí, agazapado. Creo que hasta mi reloj se ha olvidado de las horas que han pasado.

He visto esconderse al sol, cansado de estar todo el día dando vueltas por ahí arriba, reemplazado por una luna que ha ido desperezándose poco a poco, como hay que hacerlo; a las estrellas surgir primero tímidamente, de una en una, hasta que tras una explosión de oscuridad han invadido todo el firmamento. Y el cielo también. Y luego ha vuelto a aparecer el disco rojizo que anuncia el nuevo día, inundando y ahogando con su luz todos los puntos brillantes que hasta ese momento reinaban ahí arriba.

Desde mi escondite he podido ver a un sinfín de víctimas: hombres y mujeres; jóvenes, niños y adultos; atractivos y todo lo contrario; fuertes, gordos, delgados, débiles, calvos, con melena,… Pero nadie me ha llamado la atención.

Alguien que quiere hacer bien su trabajo no puede lanzarse sobre el primer individuo que pasa, no. Hay que seleccionarlo cuidadosamente pero dejando actuar también al libre albedrío. Es por estos sencillos requisitos que bastantes de mis, podríamos decir, “colegas” no consiguen su fin: en muchos casos actúan simplemente por instinto, sin pararse a pensar en todas las ramificaciones de sus actos. Vale que en muchas ocasiones, recapacitar sobre las consecuencias puede retrasar tanto la acción que la ocasión se esfume, pero es preferible correr ese riesgo que el contrario.

Pero,… espera. Parece que… sí: Esa persona puede ser la siguiente de mi dilatada lista. Primero toca analizar los rasgos físicos: mujer, edad entre los 25-30 (aunque la apariencia puede ser muy engañosa), media melena castaña, pelo ondulado, complexión atlética. Y guapa. Al menos para los estándares actuales.

Ahora una inspección más detallada: calzado cómodo para pasear pero de una marca cara, no lleva anillos, ropa informal pero elegante, habla por el móvil y se la ve airada, lleva bolso de bandolera, anda con paso firme y decidido, con la vista fija al frente pero sin ver realmente nada de lo que sucede a su alrededor. Eso me da la oportunidad de acercarme a ella hasta casi poder tocarla sin que se percate de mi presencia.

Una última ojeada a los alrededores, para no encontrarme con testigos sorpresa que puedan desbaratar mi estrategia. Compruebo que está sola, sin nadie que pueda acudir en su ayuda.

Dejo que pase delante de donde me encuentro agazapado, para cogerla desprevenida por la espalda y tener esas milésimas de segundo de ventaja que me proporcionará lo inesperado de mi presencia.

Salgo sin hacer ruido.

Me sitúo a su espalda, donde no pueda verme a no ser que se gire completamente.

Acelero el paso, procurando no hacer ruido, aunque es una precaución un tanto innecesaria ya que su volumen de voz es elevado y sólo presta atención a su teléfono móvil. Tendré que esperar a que cuelgue para que la persona al otro lado de la comunicación no se alerte.

Se despide. Cuelga. Llega mi momento. Me acerco. Estoy a menos de 2 metros. Al guardar el teléfono en el bolso gira la cabeza y me descubre. Puedo ver cómo su cara pasa de la sorpresa al miedo. Me lanzo, llego a ella, la sujeto los brazos.

– Tú la llevas.

Y me voy corriendo.

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No hay salida

09/05/2013 Deja un comentario

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunta Hernán a la persona con la que se cruza. Ni “buenos días”, ni “cómo se llama” ni tan siquiera un simple “hola”, no. La escasez de recursos y el tiempo que lleva encerrado sin ver la luz del día ha hecho que tanto él como el resto de moradores de las tierras inferiores hayan perdido los pocos restos de humanidad que les quedaban. Sería complicado encontrar un ápice de las convenciones sociales a las que no mucho tiempo atrás estaban más que acostumbrados y que su cuerpo realizaba casi automáticamente, sin pensarlo:  ceder el paso, saludar, ayudar a quienes se veía a simple vista que lo necesitaban,… todo eso era parte de un mundo anterior, un mundo que ya pocos recordaban y la mayoría ni se atrevía a soñar con él, en parte por olvido y en parte para evitar la depresión causada al abandonar los deseos y enfrentarse a la realidad.

– No sé, creo que treinta o cuarenta ciclos, he perdido la cuenta- La respuesta, por el tono con el que fue lanzada, resultó tanto o más abrupta que la pregunta. Y el desconocido continuó su camino sin detenerse. Conversar era un lujo que sólo los novatos se permitían: perdías energías, perdías tiempo y si tenías la mala suerte de ser víctima de una emboscada podías perder todas tus pertenencias. O algo más. Aunque bien mirado, esto último supondría una salida, y podría llegar a considerarse incluso buena suerte.

Hernán se quedó pensando. Cuarenta ciclos. Era el doble del tiempo que él llevaba ahí abajo. Con la falta de luz natural, y con los sentidos entumecidos por el ambiente artificial, era complicado llevar la cuenta del tiempo. Los móviles no funcionaban ahí abajo, y muchos relojes, sobre todo los modernos, se volvían locos por causa del electromagnetismo que inundaba todo. Así que la única forma de medir el tiempo era utilizar el refresco de las fluorescentes que abarrotaban el techo, como si pugnaran entre ellas por ser las que más sombras conseguían arrinconar y eliminar. Que ese era otro punto que deshumanizaba a los incautos que estaban encerrados ahí abajo: era imposible encontrar un centímetro cuadrado en el que la luz no estuviese presente. Los ojos continuamente expuestos a la luz cegadora y progresivamente más enrojecidos podían servir también para intentar adivinar el tiempo que una persona llevaba en el inframundo. Al principio Hernán calculó que un ciclo vendría a ser el equivalente a día y medio, o dos días, pero tal comparación ya carecía de sentido. El significado de “día” se había esfumado, junto con la cordura.

Las pocas esperanzas de salir de allí se esfumaron. Casi pudo sentir cómo, con cada espiración, su cuerpo perdía la escasa fuerza de voluntad que le conminaba a abandonar el laberinto en el que se encontraba. Así, hizo lo que había visto tantas veces en los últimos 10 ciclos y tanto había criticado: se sentó a esperar su final. Se había quedado sin provisiones, y la única forma de conseguir más sería atracando a otros infelices sufridores de su mismo destino, pero después de escuchar la respuesta que le acababan de proporcionar, no encontró fuerzas para esa inmoral tarea. Al menos le quedaba algo de lo que supone ser humano.

Se sienta, y deja sus escasas posesiones a su lado, al alcance de la mano. Casi antes de soltar la mochila y resto de pertenencias, éstas le son arrebatadas. Pero no tiene fuerzas ni ganas de luchar por ellas. Simplemente cierra los ojos y deja que el sueño se apodere de él. Pero éste tarda, ya que la intensa luz penetra a través de sus párpados y no le deja descansar. A pesar de todo, y como su cuerpo decide no continuar, poco a poco se va adormeciendo. Sus últimos pensamientos son para maldecir el momento en el que se le ocurrió entrar en el nuevo centro comercial que habían abierto y haber bajado con el coche hasta el último sótano para encontrar plaza de aparcamiento. Una sonrisa vino a su boca, torciendo las comisuras de sus labios: por fin iba a salir de allí. No como habría deseado, pero iba a abandonar ese mundo subterráneo. Por fin.

¿Quién no ha tenido la sensación de que iba a tener que pasar el resto de su vida en un parking de un centro comercial después de dar varias vueltas sin encontrar la salida, o sin saber dónde está el coche?

Categorías:relato