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La Huída (Zombinación VIII)

El grupo de seres no se ha dado cuenta de que sus presas han conseguido escapar en un coche. Están atareados dando cuenta de los restos de Miguel, y mientras se mantienen ocupados en una tarea, por suerte, parece que no prestan atención a lo que tienen alrededor. Así, los tres supervivientes consiguen salir sin atraer la atención de estos bichos. Cuando enfilan la calle y aumentan un poco la velocidad, los tres dejan escapar un profundo suspiro. No se han dado cuenta, pero desde que se ha abierto la puerta, ninguno de ellos ha respirado.
Isabel abre la boca para hacer una pregunta, pero al asomar el coche hasta la incorporación con la calle principal los sonidos mueren en su garganta. Ninguno ha visto realmente lo que ha pasado en las calles. El único que tenía una vaga idea era Jacobo, pero lo único que se había encontrado al ir al trabajo, hace millones de horas eran las calles vacías. Y ya podían tener la suerte de que estuviesen así ahora. Pero no. Hay docenas de esos zombinados. Cientos. Todos se mueven en una dirección, como si estuviesen siguiendo algo, como si percibiesen alguna señal que les forzara a seguirla.- ¿qué hacemos? – pregunta Paloma.
– No sé, pero aquí no podemos quedarnos. En cualquier momento esas cosas de ahí atrás se van a dar cuenta de que estamos aquí. Tenemos que irnos – responde Jacobo.
– Sí, pero… ¿cómo, listillo? No podemos meternos de lleno en esa calle, con esos cientos de … lo que sean. – Isabel, aunque las formas no son las mejores del mundo, tiene razón.

Se quedan un rato pensando. Se encuentran en una especie de ratonera. La calle donde están esperando hace una especie de U con la principal, por donde pasan todos los seres. No tienen ninguna otra salida.
– A ver. Este coche pesa como tonelada y media, ¿no? – pregunta Paloma
– Sí
– Y tiene buenas ruedas, ¿no? – continua preguntando
– Creo que sí, aunque tampoco me he fijado.
– ¿Y si tratamos de atravesar la calle?
– ¿Pero tú estás mal de la cabeza? – Isabel no perdona
– No, pero prefiero hacer algo a no hacer nada. Aquí no nos podemos quedar, y si este coche es la mitad de bueno de lo que parece, no tendríamos que tener problemas. Además, está blindado, así que los cristales son a prueba de golpes. No debería pasarnos nada.

Se quedan pensando unos instantes, pero sus cavilaciones son cortadas de golpe, cuando una de esas cosas que caminaba por la calle perpendicular ha mirado en su dirección y sin saber cómo, ha detectado que dentro de ese coche hay carne fresca. No ha emitido ninguna señal ni nada parecido a sus compañeros, pero los que estaban alrededor suyo, como si tuviesen una mente colectiva, han girado y enfilado en dirección a Jacobo y compañía.

– Mierda, tenemos que hacer algo. Ya. – Jacobo está muy nervioso.
– No tenemos otra opción, hay que tirarse a la piscina.- Isabel parece resignada. Y es que no hay nada más que puedan hacer, salvo esperar a que les maten. Y como ha dicho Paloma, es preferible hacer algo que quedarse quieto ante una muerte segura.

La conductora mete la primera marcha, acelera y el coche pega un salto hacia adelante, ganando velocidad rápidamente y acortando la distancia que los separa con los primeros zombinados que caminan en su dirección. Cada vez quedan menos metros, y a cada instante el coche va más rápido. Parece lógico que la mejor manera de pasar esa marea casi humana es ir lo más rápido posible. 10 metros. Paloma sigue acelerando. 5 metros. Isabel y Jacobo se han puesto los cinturones de seguridad. 3 metros. Paloma parece sumamente concentrada. Tal vez para evitar que haya más lágrimas que acompañen a las 2 que se han escapado de sus ojos. Impacto.

Los primeros choques de esas cosas contra el parachoques revuelven las entrañas de los ocupantes del coche. Por un lado, los golpes que pueden escuchar, amortiguados por la insonorización y el hermético cierre de las puertas y ventanillas, se asemejan a los sonidos que pueden escucharse cuando un carnicero está preparando un pedido: huesos astillados, carne golpeada,…
Por otro, los cuerpos parecen haber perdido parte de la consistencia que tenían cuando estaban vivos, ya que se desmembran fácilmente y los troncos y cabezas revientan con suma facilidad, como si los huesos que sujetasen esos guiñapos de carne hubieran perdido densidad, quebrándose fácilmente. Lo que es una suerte para ellos, ya que aunque el coche está preparado para soportar ataques con armas de fuego, no lo está para atropellar a seres humanos. Si llegan a ser personas de verdad, el vehículo no podría haber pasado la barrera de cuerpos. Además, como resultado de esta facilidad para romperse, la sangre y vísceras del interior, o por lo menos lo que hacía unos días habían sido sangre y vísceras, volaban por todas partes, como una mala película gore. Para aterrizar, la mayor parte de ellas en el parabrisas. Paloma tuvo que activar los limpia parabrisas para poder ver algo. Pero hasta que no echó bastante agua y las escobillas dieron varias pasadas, lo único que veía era sangre medio coagulada y trozos de cerebros, corazones, pulmones,… viajar de un lado a otro del cristal delantero. Era una imagen espeluznante.
Pero lo peor de todo, más que los sonidos era el olor. Al reventar los cuerpos, el hedor que desprendían se metía por todas partes. No querían ni imaginarse qué debería ser estar en la calle en ese momento. O tan siquiera estar en un coche en el que el aire entrase más libremente. Los tres supervivientes tienen que hacer un gran esfuerzo para no vomitar.

Cuando Paloma consigue ver algo más a través del cristal, intenta seguir un camino en el que la cantidad de esos cuerpos sea algo menor. Parece que cerca de la acera hay menos de esos seres, así que enfila el coche hacia ahí. Desde donde se encuentran ahora pueden ver que una calle perpendicular, en el lado opuesto, se encuentra bastante vacía, así que intentan dirigirse hacia ella. El problema es que tienen que atravesar una calle de 4 carriles, infestada de zombinados. Y todavía no han pasado del primer tramo y están rodeados de esos seres, que intentan de todas las maneras posibles acceder al interior del coche. Aunque para estos bichos, todas las formas posibles se reducen a dos: golpear con las manos o pegar cabezazos a los cristales.
Poco a poco, despacio, consiguen avanzar. A pesar de ser numerosos, los zombinados no son un gran impedimento para que el coche avance. De vez en cuando notan como las ruedas quieren patinar, al pasar por encima de algunos de ellos, pero toda la electrónica que hay en el motor les permite ir hacia su destino poco a poco.
Les faltan escasos metros para llegar a su destino, y al moverse ahora por un lateral de la avenida, hay menos densidad de población de muertos. Paloma puede acelerar un poco más, y consiguen dejar atrás a todos los zombinados. Jacobo mira por el cristal trasero y puede ver cómo las decenas de seres que les persiguen se van quedando atrás. La conductoral, disminuyendo la fuerza con la que agarra el volante y soltando una gran bocanada de aire puede ver por el retrovisor cómo esos bichos son cada vez imágenes más pequeñas en el espejo. Ninguno de los ocupantes está mirando hacia adelante. Ninguno puede ver que una de esas cosas que caminaba por la acera intenta detenerles, poniéndose en medio de la calzada. Paloma deja de mirar hacia atrás, y al fijar sus ojos de nuevo en la carretera y en el camino que tiene por delante, puede ver cómo una niña, de apenas 4 años se encuentra en medio de la calzada. Si no hubiese ocurrido todo tan rápido, podría haber visto que eso ya no era una persona. Lo fue, pero ya no. Cuando está a punto de pasar por encima, como ha hecho con el resto, reconoce a su hija. Su hermana, cuando no pudo contactar con ella por teléfono cometió el error de querer reunirse con ella en la ciudad. Y como acaba de comprobar Paloma, no llegaron a encontrarse. Inconscientemente pega un volantazo para esquivarla. Con la repentina maniobra y al desplazarse lateralmente tan bruscamente, golpea a otro coche que se encuentra mal aparcado, con tan mala suerte que en lugar de salir rebotado hacia el centro de la calzada, los coches se quedan trabados. Halgo en la cabeza de Paloma se ha roto finalmente. Los últimos restos de cordura, que aguantaban en precario equilibrio después de atropeyar a cientos de cuerpos y pasar por encima de docenas de personas se han caído y se han hecho añicos. Sólo quiere estrechar a su hija entre sus brazos. Abre la puerta y sale para abrazarla. Cuando la tiene cogida, su hija, su bebé, la muerde. Pero no la importa. Las lágrimas que ahora caen por sus mejillas sin control se juntan con la sangre de su herida abierta. Ya no importa nada. Está con su hija. Para siempre.

Isabel intenta cerra la puerta desde su asiento, pero al estirarse se queda a 20 centímetros del tirador de la puerta. Algo la retiene y no la deja moverse. Lanza un grito, hasta que se da cuenta de que no se ha soltado el cinturón. Le cuesta unos segundos activar el botón para destrabarlo, pero finalmente lo logra. Se sitúa en el asiendo del conductor. Ya puede cerrar la puerta. Pero hay algo que se lo impide. Son unas manos muertas. Y a cada segundo que pasa hay más, y más. Los zombinados les han alcanzado, y están entrando en el coche. Isabel y Jacobo se ponen a disparar y a golpear, pero por cada uno que abaten, intentan entrar cinco más. Los dos supervivientes cruzan una mirada, y sin decirse nada, saben lo que tienen que hacer. No quieren ser como ellos, y ahora sólo queda una salida.
Se oyen dos disparos.

Es lo último que se oye.
Exceptuando, claro, los grotescos ruidos de esas cosas al masticar.
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