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Posts Tagged ‘columpios’

Éramos pocos…

01/04/2011 2 comentarios

No nos bastaba con los contubernios habituales de los columpios, no. Tenían que venir “elementos extraños” para hacer más entretenida la estancia.

Ayer, mientras las diablillas se divertían en los columpios apareció un personaje repartiendo globos.

Pero es que el tío iba un pelín sobrado. Muchas veces nos hemos cruzado con los típicos que van disfrazados y te hacen formas con los globos, y alguna vez las he dejado a las enanillas que cojan el “regalo”. Pero el de ayer me puso de mala leche: se metió en el recinto de los columpios e iba controlando a los niños que estaban cerca de sus padres y les daba un globo, e insistía si el niño le rehuía. Además, el atrezzo no estaba muy conseguido: un chándal y una bolsa del cortinglis.

Tanto insistía y perseguía a algunos niños que llegué a pensar que era un padre más que les daba globos a los peques a la vez que jugaba con ellos. Pero se acercó a mis brujillas y vi que era un “profesional”, así que nada, me puse entre medio a modo de muro infranqueable y las llevé para otra zona. Qué iluso. El tío nos siguió, poniéndolas los globos en las manos. Yo le dije varias veces que no, que muchas gracias pero no. Al final, como las niñas debieron pensar que era un juego me esquivaron y cogieron cada una un globo. Vale, tú ganas. Las niñas se quedan con los globos. Las cogí y salí del recinto de los columpios. Ellas jugando con los globos y el tipo detrás nuestro. Le miré y me encogí de hombros. El problema es que el tiparraco me sacaba más de una cabeza (y mido más de 1,80 m) y era como dos yo a lo ancho, que tampoco es moco de pavo. Y seguía detrás nuestro.

Al final, cuando me giré para decirle que si quería los globos se los quitase él a las niñas, la mayor se lo devolvió, y a la peque la dije que se lo diese al señor y que le dijera gracias por dejarnos jugar con sus globos. El tipo se fue murmurando y con mala cara. Peor para él.

Pero es que me saca de quicio los que juegan con las rabietas de los niños para conseguir sacarte dinero (y sí, también me refiero al Dr. Estivill 😉 ). Para estos casos hay un método infalible y es decirle a los niños para que lo oiga el “individuo”: Dale las gracias a este señor por regalarte un lo_que_sea. Si el tipo nos dice algo, la respuesta es: Tú se lo has dado, tú se lo quitas, pero a ver cómo.

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malditos (dueños de) perros

28/03/2011 3 comentarios

Así sí. Ni correa ni leches.

Creo que no he hablado de esto (o al menos el buscador me dice que no), y me extraña, porque ya he tenido un par de “cambios de impresiones” con un par de dueños de perros.

Voy a empezar suave, sin calentarme mucho, aunque sea algo que me saca un pelín de quicio, ya que demuestra una falta da educación y consideración hacia los demás elevada. Así que simplemente diré que odio a los dueños de perros que no saben que tienen un animal al otro lado de la correa. Sí, me refiero a esos que cuando te cruzas con ellos en la calle y su “mierdascota” decide que las diablillas huelen bien y que sería interesante comprobar si el sabor corresponde con el olor, lo único que hacen cuando ven que las pobres tienen miedo de que una cosa peluda, a veces ladrando (de alegría o para jugar, sí, pero ladrando) se acerca a ellas es decir: “tranquilos, que no muerde, sólo quiere jugar” sin recoger la jodía correa extensible (inciso: al inventor de esa correa le ponía un sistema similar en sus genitales, con dos jamelgos tirando de sendas cuerdas en sentidos opuestos).

Vale que tú creas que tu guarriperro es el ser más maravilloso del mundo (aunque dice poco de la estima que sientes por tu familia y/o amigos) pero deberías darte cuenta de que no tiene por qué gustarme a mí. Para esto suelen ser más cuidadosos los que tienen un perro de gran tamaño, ya que suelen entender que es normal que asuste. En cambio, los que llevan ratas con correa piensan que todos tenemos que alabar su buen gusto a la hora de elegir peluche, y que es un honor que esa cosa se nos suba por las piernas, nos clave sus minúsculas uñas y nos llene de babas.

Por cierto, quiero aclarar que me gustan los perros. Es más, muchos me dan pena por tener que aguantar a los dueños que tienen. El problema, como cuando dejan sus “deposiciones” por ahí no es de ellos, es de los descerebrados que los cuidan.

Pero lo que me pone de más mala leche (y como he dicho, ya se lo he hecho saber a un par de dueños) es cuando van a un parque infantil con su perro y su hijo. Mira, majo, si tienes las dos “cosas” tienes dos opciones: o no juegas en los columpios o te metes con tu animalillo, dejando al perro atado fuera.

Lo que no puedes hacer es entrar con el perro a un sitio donde hay niños pequeños (de 1 año) jugando (sí, ellos estaban primero y luego has llegado tú con tu bestia parda y tu perro) y dejar al perro suelto. O atarlo, para que no entre, con una correa a la empalizada que rodea al parque… por dentro y con correa extensible.  No. Lo siento. Me parece muy bien que que te gusten los perros pero ese no es su lugar.

Como he dicho, he tenido dos encontronazos con dueños, con el primero, porque su spaniel ladraba a todo aquel que se acercase a menos de 5 metros. Y tenía a muchos enanillos acojonados en una esquina. “Pero si no hace nada, sólo ladra porque quiere jugar”. Vale, pues lo sacas fuera y quien quiera jugar con él, que lo haga fuera. Punto.

El segundo, lo mismo, atan al perro a la valla, pero justo en la entrada, así que los niños (y algunas madres) no se atrevían a entrar o salir, ya que además era un bull terrier, que depende de cómo lo eduque el dueño puede ser peligroso (ojo, no la raza en sí, si no dependiendo de los dueños).

En fin, que como decía al principio, hay una falta de educación y consideración hacia los demás muy grande. Y es que creo que hay que tener dos dedos de frente, que son niños y en cualquier momento se ponen a jugar con el perro como un peluche y, aunque la mayoría de las veces los perros tienen mucha más paciencia que algunos adultos, pueden reaccionar de forma impredecible (igual que un niño), pero con resultados peores.

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En el parque

11/03/2011 Deja un comentario

Hace tiempo que no escribo nada sobre parque infantiles y/o columpios, así que aquí vuelvo.

La verdad es que en todo este tiempo desde la última entrada, si no he puesto nada es porque no ha sucedido nada reseñable, o al menos nada que no haya comentado ya de alguna y otra forma. Eso sí, mi teoría es que esta falta de “noticias” no es causada por una mejora en las relaciones entre niños (y adultos), si no que principalmente se debe a que en invierno el número de especímenes que puebla estas placas de Petri para el estudio de la sociedad es menor, y casi siempre los mismos. Y como ya nos conocemos todos, los roces son menores.

Pero ya está empezando el buen tiempo y el número de pequeños diablillos crece de forma alarmante, especialmente los primeros días de rayos de sol, que parece que estuviesen todos esperando en la puerta de casa y en cuanto brilla un poco nuestra estrella, salen escopetados.

El caso es que ayer, en los columpios sucedieron varias cosas, pero una me hizo gracia y me sirvió para comprobar que si un niño puede ser más o menos bueno, compartir más o menos cosas, los que suelen ser bastante “peores” son los abuelos, especialmente cuanto mayor es la diferencia de edad. (Y dicho esto con cariño que bastante tienen los pobres, algunos con más de 70 años, con estar cuidando de una fierecilla).

A lo que iba, que ayer llegó un niño (no me sonaba) a los columpios con una rueda de esas que tienen un palo y unas bolas con sonajas dentro, y mi diablilla menor fue enseguida a por ella. Mis bichillas tienen una técnica que les suele dar resultado, y es que cuando no tienen confianza, se ponen cerca de lo que quieren y ponen carita de pena, y estiran tímidamente la mano. Al verlas, generalmente el adulto que acompaña al niño suele dejarles el juguete. (Cómo saben las jodías!!!). En esto que mi diablilla pequeña se pone al lado del niño y alarga un poco la mano, tocando un poco el palo de la rueda pero sin llegar a cogerla. Entonces se pone el abuelo del niño entre mi hija y su nieto. Y a medida que se iba moviendo el chavalín, el abuelo a su lado, escoltando los flancos. Mi hija intentando esquivar sus piernas, y el nene pasándoselo pipa con el nuevo juego.

Mi brujilla, al ver que no conseguía lo que quería se fue a jugar a otro sitio, sin más. Pero al de un rato el nene vio un coche de juguete y lo cogió, soltando la rueda. Entonces mi hija que lo vio, fue para ahí a coger el juguete. En cuanto el abuelo se percató de lo que iba a pasar, se agachó (con bastante esfuerzo), cogió la rueda e intentó por todos los medios que su nieto la cogiese. Le llegó a abrir la mano y le puso el palo de la rueda en ella, pero el niño prefería el coche. Al final el abuelo prefirió salir del parque y llevarse la rueda.

Y es lo que decía, que al niño no le había importado lo más mínimo (al parecer) compartir y jugar con mi hija, pero el abuelo tenía otra cosa en mente.

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Mal padre

26/10/2010 2 comentarios

No es que me considere el mejor padre del mundo, aunque tampoco creo que sea tan malo.

Pero es lo que siento algunos días cuando estoy en los columpios con las diablillas.

Hay veces que bajo yo sólo con las dos, y aunque la mayor ya es bastante independiente, todavía hay cosas con las que la tengo que ayudar, como por ejemplo a subirse en el columpio. Obviamente, y aunque estoy haciendo esfuerzos por conseguirlo, el tema de la bilocación no lo llevo muy bien, por lo que no puedo estar con las dos a la vez.

Ésto, ayudado del hecho de que la peque es bastante intrépida (por decirlo de una manera suave) y que no sé si tiene suerte o mucho equilibrio, pero no suele caerse de los sitios (eso sí, luego se puede tropezar 7 veces con una raya pintada en el suelo), ha hecho que muchas veces no esté con ella en todo momento, dejándola bastante libertad a la hora de subir y bajar de los sitios.

Pues bien, siempre (y cuando digo siempre, es siempre) viene alguna madre y/o abuela (sí, generalmente del sexo femenino, ya que los columpios y demás temas relacionados con los niños suelen seguir siendo territorio de mujeres) a ayudarla a subir o bajar de los sitios, y cuando me acerco, muchas veces me miran con una cara mezcla de reproche y condescendencia, como si pensasen “estos padres (sí, en masculino), que no se preocupan de sus hijos”.

Así que tengo que llegar yo (dejando a la otra sola) para decir, como si debiera disculparme, “tranquila, que sabe subir y bajar sola”. A lo que suelen responder “pero es que es muy pequeña”. Si estoy con ganas, contesto algo parecido a “sí, es pequeña, pero bastante ágil, así que suele desenvolverse bastante bien”.

En fin, que no sé si es que con esos temas soy susceptible, pero la verdad es que me repatea. Y más cuando soy de los pocos padres que está dentro del recinto con ellas, preocupándome no sólo de que no se hagan daño o se caigan, si no de que no molesten al resto de niños, cosa que muy pocos padres/madres hacen. MUY POCOS. Especialmente ayer, aunque eso da para otra historia.

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Pequeñas Bestias Pardas

13/10/2010 2 comentarios

Vuelvo a uno de esos temas que se repiten por aquí. Los maravillosos parques infantiles, o columpios, o como queráis llamarlos.

Y digo maravillosos porque para un sociólogo podría suponer realizar una tesis de final de carrera en dos días. O por lo menos tomar datos para ello.

Igual que a la tribu de las arpías ya las tengo localizadas, también tengo fichados a un par de engendros endemoniados del género masculino. Masculino-Destroyer para más señas. Hay por ahí algún otro que hay que tener un poco vigilado, pero no suele entrar dentro del recinto “infantil” más que para alguna escaramuza en la que toma algún rehén despistado y se dedica a infligirle todo tipo de sufrimientos. (¿Habéis visto alguna de la saga Saw o Hostel? Si es que sí, os hacéis una idea.)

Hoy me voy a centrar en contar dos sucesos con dos de esas bestias pardas en tamaño bolsillo.

El primer caso: llega destroyer 1 y le intenta quitar a una niña pequeña (muy pequeña, poco más de 1 año) una rueda (esas cosas que tienen un palo largo y al final una especie de rueda con “sonajeros” dentro). La niña, obviamente, no se lo quiere dejar. Entonces, el padre, sin saber lo que se le venía encima la dice: “cariño, hay que compartir, déjasela al nene”. La niña no lo suelta. El destroyer 1 intentando quitársela, y el padre insistiendo en que se la dejase. Al final, como la más débil era la pobre niña, perdió su batalla. El destroyer 1 se salió con la suya. Y con la rueda. Entonces, se aleja un poco (por suerte) y como si el jodío enano fuese un aizkolari, levantó la rueda por encima de su cabeza, y con la fuerza que le permitieron sus brazos, la estampó contra el suelo, rompiéndola en unos cuantos trozos. Tiró el palo al suelo, y se fue, dejando al padre con cara de tonto (más) y a la niña llorando, y mirando a su padre con cara desconsolada. Obviamente, la madre estaba unos cuantos (cuantos) metros más lejos, sin enterarse de nada, a lo suyo. Con este angelito, ya han tenido mis diablillas algún encuentro. Se solucionó con un “consejo” y una mirada, al estilo de Phil Dunphy. Desde entonces las deja tranquilas. Hay muchas niñas a las que incordiar, como para preocuparse por dos que suelen tener a su padre cerca.

El segundo caso es peor. Más que nada porque le pasó a la diablilla mayor. Llegamos a los columpios y como estaban ocupados la mayoría, sacamos la bolsa de juguetes. Desparramamos el contenido por el suelo, y se convierte eso en un stand haciendo regalos en FITUR. Se ponen a jugar todos, más o menos bien, ya que siempre hay más de un niño que quieren el mismo juguete, pero bueno, ley de vida. De repente, aparece destroyer 2 de la nada (yo creo que se materializó allí mismo, porque luego olía un poco a azufre) y con todas sus fuerzas pegó un pisotón a uno de los juguetes, partiéndolo en tantas partes que me vinieron a la mente varios estudios sobre fisión nuclear. Del mismo modo que apareció, se desvaneció, creo yo que volviendo a su hogar en el inframundo.

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