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Refugio (Zombinación IV)

– Coño, ahora te reconozco- exclama Jacobo, en voz más alta de lo que pensaba.
– ¿Cómo dices? – pregunta Miguel, pensando que se dirigía a él, con alguna broma de las que se solían gastar.
– A tí nada, paspán. Se lo digo a… Isabel, no?
– Efectivamente. Veo que tienes buena memoria cuando quieres.
– Vaya, ahora entiendo por qué estabas de tan mala leche.
– Por favor, ¿queréis daros prisa y ya si eso lo hablamos todo en el búnker?- les espeta Paloma, a la vez que tiraba del brazo de Isabel.
Enfilan todos hacia su improvisado refugio sin decir ni una palabra más. Aunque sí que hacen gestos: Isabel lanza miradas de reojo cargadas de odio, mientras que Miguel intenta cruzar la línea de visión de Jacobo y le hace señas con la cabeza apuntando en dirección de la enfadada secretaria a la vez que con las manos gesticula simulando una pareja en un momento íntimo. O al menos lo que él piensa que es una pareja acostándose, ya que se parece más a un intento de crear sombras chinescas por parte de una persona con artritis en las articulaciones.
Cuando llegan al puesto de control de seguridad, Jacobo se sorprende de lo reducido de las dimensiones del mismo. Y lo primero que le viene a la cabeza, a pesar de la situación en la que se encuentran es que su compañero Miguel ha pasado cinco días en un cubículo tan pequeño junto con dos mujeres. Y ha dormido con ellas.
– Es perentorio que me cuenten todo, con pelos y señales, lo que ha pasado aquí. – piensa, no sin sorprenderse de haber utilizado esa palabra.

Después de inspeccionar los monitores, pulsar algunas teclas de los ordenadores que los controlan para cambiar las imágenes mostradas y girar las cámaras para captar todos los ángulos posibles, se sientan en las sillas. Todos en silencio, esperando a que alguien se lance. El primero en hacerlo es Jacobo
– Por favor, chicos: ¿qué cojones ha pasado aquí?
– ¿Te refieres a en las oficinas?- le pregunta Miguel
– No, me refiero a en tu puñetera casa.
– Venga tío, no te pongas así.
– Es que hay veces que pareces muy tonto. Pero en ocasiones como esta demuestras que no es sólo la apariencia.
– Venga, tranquilos.- tercia Paloma. – Realmente no tenemos mucha idea de qué ha pasado.
– ¿Y no habéis intentado conseguir información por internet?
– Es lo primero que hicimos – Isabel no ha pronunciado la palabra “listillo”, pero la entonación que ha dado a la frase es como si la hubiera incluido. – Pero no funciona nada, o al menos nada de lo que conocemos.
– Entonces, ¿no sabéis que pasa ahí fuera?
– Bueno, lo básico sí: que te comen. – sentencia de nuevo Isabel. Cada frase que pronuncia es como si quisiese zanjar la conversación.
– ¿Pero cómo ha podido ponerse todo tan jodido tan rápido?
– Me imagino que porque al principio la gente pensaría que todo era una coña, una performance, o un viral de una nueva película.
– No, si lo parece. Hasta que te muerden claro. Y entonces lo de viral cobra una nueva dimensión y te conviertes en uno de ellos.

Hay unos momentos de silencio. Cada uno recuerda a los que ha ido dejando atrás, familia o amigos de los que no tienen noticias. O peor, seres queridos a los que han visto convertirse. Miguel se da la vuelta para enjugarse una lágrima disimuladamente. Sólo hace tres días que ha visto cómo su mujer se comía a sus dos hijos, sin que él pudiera hacer nada para impedirlo, y aunque por todo lo que ha pasado desde entonces tiene la sensación de que han pasado meses, en los momentos en los que no tiene nada urgente que hacer le atacan los recuerdos de golpe, hundiéndole con un devastador sentimiento de culpa. Joder, un padre no debería enterrar nunca a sus hijos. Ni una madre comérselos. Siempre había pensado, al ver películas de zombies que por mucho que se convirtiera, una madre, en lo más profundo de su ser siempre reconocería a sus hijos y nos les podría hacer daño. Pero en la vida real no era así, y lo había podido comprobar. De hecho, vino a las oficinas porque era el único sitio en el que sabía que había armas con las que le sería más sencillo quitarse la vida.

Por el contrario, Paloma tiene una pequeña brizna de esperanza. Aunque cada día es más complicado mantenerla con vida. Se vino el fin de semana a la empresa para terminar y organizar el trabajo pendiente para la semana que comenzaba, dejando a su hermana al cuidado de su hija en el piso que compartían las tres, a las afueras. Cuando comenzó todo y antes de que se cortasen las comunicaciones pudo hablar con ella, pidiéndola que se refugiasen, y contándola cómo estaban las cosas. Que cargasen el coche y que huyeran a algún sitio seguro. Que ya se encontrarían cuando todo estuviese más calmado. Y el objetivo de volver a reunirse con lo que quedaba de su familia era lo que la cargaba de energía.

Isabel, en cambio, no pierde el tiempo con sentimentalismos. No tiene familia, y al último ser querido le había visto morir, cuando una tormenta arrancó la jaula del gancho en la terraza y la precipitó hasta el suelo, siete plantas más abajo. Su vida estaba dedicada al trabajo, y por ello se encontraba en las oficinas el domingo a la noche. Las escasas horas libres que le quedan en el día si restamos las destinadas al trabajo y a los actos fisiológicos (dormir, comer,…) las empleaba en el gimnasio. De una estatura media-alta y con el pelo rubio natural casi blanco, solía atraer todas las miradas de los hombres allí donde se encontraba. Y de las mujeres. Tenía el cuerpo bien moldeado a fuerza de ejercicio, lo sabía, y le gustaba lucirlo. Pero su trato no profesional con otras personas se limitaba a encuentros esporádicos de una noche. Por ello ahora es la pragmática del grupo:
– Bueno, ahora que tenemos una cabeza pensante más, creo, ¿que cojones vamos a hacer? ¿nos vamos a quedar aquí encerrados hasta que nos quedemos sin comida o entren esas cosas?

Estas palabras, casi escupidas al resto, les sacaron de sus pensamientos, devolviéndolos a la realidad. La dura realidad.

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