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Preparando la huída (Zombinación VI)

Han bajado al garaje. Por suerte parece que el edificio es sólido y no tiene resquicios, porque no han visto ningún movimiento sospechoso por las cámaras. De todas formas, y para evitar cualquier susto, se han distribuido como si fuesen un comando de élite en una misión encubierta: primero, por los pasillos, han avanzado en fila india vigilando la retaguardia, y luego han ido moviéndose en etapas, del último al primero, asegurando cada paso. Parecía un despliegue táctico de un grupo de las fuerzas armadas. Aunque las armas que han cargado distan un poco de las habituales de los militares: una barra de uña, un trozo de perchero siimulando una lanza, la hoja de una guillotina que con su mango se asemejaba a un machete y varias linternas pesadas y contundentes.Las llaves de los coches estaban en el puesto de mando. El problema es que no se han dado cuenta hasta que han llegado a los vehículos.
Obviamente los coches estaban cerrados, y cuando Jacobo levanta el perchero, poniéndolo en ristre cual lanza de caballero medieval y va a embestir una ventanilla para proporcionar un acceso al automóvil, Isabel le grita que se detenga.
– ¡¡¡Quieto!!!. ¡No te muevas!.
– ¿¡¿Qué cojones pasa?!? – grita Jacobo
– No rompas la ventanilla.
– ¿Y cómo quieres entrar? – responde Jacobo con un tono más enfadado de lo que realmente está, ya que el grito de Isabel le ha asustado.
– No sé, pero si rompemos una ventanilla, no seremos los únicos que puedan entrar al coche.
– Ondia, es verdad.- Jacobo baja su improvisado ariete.Prueban las cuatro puertas y el maletero, pero nada, ninguna se abre. De repente ven cómo Miguel se da un golpe en la cabeza, en la frente, con la palma de la mano.
-Estoy tonto. Chicos, perdonad. Las llaves están en la garita. Además, estos coches modernos no puedes arrancarlos con un puente ni nada por el estilo.
– ¿Cómo? – Jacobo no le ha entendido bien, ya que todavía está un poco alterado por el grito de Isabel
– Hace unos meses tuve que venir un fin de semana, y los guardas estuvieron fardando de los cochazos que tenían. Al final resultó que me estaban tomando el pelo y eran los A8 de la empresa. Los fines de semana las llaves se quedan aquí.
– Mierda. ¿Y no podías haberlo dicho antes? – Isabel, como siempre, haciendo amigos.
– Sí, pero me gusta moverme por pasillos oscuros con una horda de zombies acechando, no te jode.
– Venga. Tranquilos. No pasa nada. El sitio está limpio. Voy yo a por las llaves, y de mientras vosotros vais haciendo lo que podáis. Cogéis gasolina de otros coches, buscáis garrafas o lo que sea, ¿vale? – Paloma se mete en medio de la discusión para cortarla. Los nervios están a flor de piel, y todo esto no hace más que entorpecer.
– Si queremos salir de aquí sin babear ni arrastrar los pies – continúa Paloma – más vale que nos ayudemos y que nos contengamos un poco. Que nos mordamos la lengua, aunque en tu caso, Isabel, eso pueda ser más peligroso.
Vaya con la mosquita muerta, piensa Jacobo, cuando quiere sabe sacar mala leche. Pero la verdad es que hacía falta que alguien la cerrase la boca a Isabel, y si hubiésemos sido Miguel o yo, se habría montado.
Paloma se va por el mismo camino que han recorrido hace unos minutos en sentido inverso. Está asustada, pero están casi seguros de que no han entrado dentro, así que intenta sobreponerse y concentrarse únicamente en lo que tiene que conseguir: las llaves.

Llega al búnker (así lo llamaban los antiguos moradores) y lo primero que hace es cerrar la puerta, apoyar la espalda en ella con un suspiro de alivio y recorrer la estancia con la mirada, buscando bien unas llaves, bien un recipiente donde se puedan guardar unas. Le extraña no haber visto nada en los días que han estado ahí, pero claro, no era su objetivo, así que es posible que por eso lo haya pasado por alto. A simple vista no puede ver nada, así que se dedica a registrar toda la habitación metódicamente, comenzando por su derecha.

En el garaje, mientras Isabel vigila, Miguel y Jacobo han encontrado unas garrafas en las que guardar gasolina. Son de unos 30l cada una, así que si consiguen llenarlas pueden ser una gran ayuda. Además, con los bidones había también una manguera con la que hacer el trasvase de líquidos. Perfecto.

De los tres coches que hay pueden ver por las matrículas que dos se compraron más o menos a la vez, hará unos cuatro o cinco años y que el tercero apenas tiene unos meses. Deciden llevarse éste, ya que estará mejor preparado. Se dirigen a los otros para vaciarles el depósito. Llegan al primero, abre la tapa, y para su desesperación ven que el tapón necesita la llave. Para no perder el tiempo, intentan forzarlo con la barra metálica. Rompen el tapón, pero como no tienen intención de usar el vehículo, les da lo mismo. Jacobo mete la manguera, aspira por ella y, como suele pasar en estos casos por mucho cuidado que tengas, pega un trago de gasolina. La escupe, tose y casi vomita. Menos mal que su cuerpo se ha recuperado un poco. Ven cómo la garrafa se va llenando poco a poco.
Las últimas gotas del depósito rebosan por la boca del bidón. Lo tapan y lo dejan al lado del coche que quieren utilizar.
Se dirigen con la segunda garrafa al otro coche. Abren la tapa, van a forzar el tapón como han hecho con el otro, pero al hacerlo, comienza a sonar la alarma. Una estridente y enloquecedora alarma.
– Mierda tío, ¿cómo la apagamos? – intenta gritar Miguel por encima del sonido que sale del coche.
– Ni idea. En una película del Chuacheneger ese apaga una alarma levantando un coche. Algo de un nivel para el caso de que sea la grúa quien se lo lleva.- recuerda Jacobo.
– ¿Y tú lo vas a levantar? ¿a pulso? Porque por aquí no veo muchas grúas, ¿no? – pregunta Isabel en su habitual tono cáustico.
– No, lista, pero podemos levantarlo con el gato.
– Vale, espabilado. Te refieres al gato que está dentro del maletero. Ese que no podemos abrir, ¿no? – parece que Isabel disfruta con esto.
Entonces, de repente, la alarma se para, dejando paso a un silencio atronador. Jacobo e Isabel se vuelven, miran a Miguel y pueden ver que tiene en la mano unos cables. Pueden ver que ha abierto el capó del coche con la barra metálica y se ha puesto como loco a arrancar todo lo que pudiese parecer una alarma o cables a la vista que llevasen alimentación al aparato que les estaba dejando sordos.
Pero lo malo de las alarmas es que el ruido que provocan se puede oír desde muy lejos, y los coches están aparcados en el garaje cerca de la entrada. Y eso no es bueno. Los tres compañeros del garaje pueden escuchar unos golpes que antes no se oían. Algo está golpeando la puerta desde fuera a la vez que emite gruñidos. Miguel ha comenzado a temblar.
– Mierda, han oído la alarma. ¿Qué hacemos ahora?
– Podemos esperar, sin meter ruido, a ver si se van.
– Claro, que seguro que a las 12:00 tienen cita con la esteticienne, no?
– Isabel, por favor, un poco de tregua, vale? – pide Jacobo. Y continúa – mira, lo que tenemos que hacer es cargar el coche, abrir la puerta y salir pitando. Con este tanque de tonelada y media podemos pasar por delante de algunos de ellos sin problemas. No creo que sean muchos.
– ¿Y por qué no crees que sean muchos?
– Porque no son los seres más organizados del mundo. Simplemente se van moviendo hacia donde les lleve el olfato, el oído o lo que sea, pero sin formar grupos ni nada.
– ¿Y eso lo sabes por?
– Jóder Isabel, si no vas a ayudar cierra la puta boca de una vez, vale? – Miguel está bastante alterado.
– Pero es que estoy ayudando. No podemos presuponer cómo se comportarán estas cosas en función de las películas que hayamos visto, no?
– Bueno, ahí sí que tienes razón. Pero por favor, modera las formas, aunque sea un poco. – Jacobo intenta siempre calmar los ánimos, aunque a veces sea complicado.- ¿Algún voluntario para subir a mirar por las ventanas, a ver qué puede ver?
– Voy yo. Con tal de separarme de ésta… hasta prefiero enfrentarme a los zombinados esos. – Se ofrece Miguel.
– ¿A los qué? – pregunta Isabel
– Zombinados. Es que no sé si son zombies o infectados, así que les llamo de las dos formas.
– ¿Zombies o infectados? ¿De qué coño estás hablando?
– Tranquila, ahora te lo explico. Es un poco freaky.
– Bueno, vale, yo me voy para arriba, a ver si puedo averiguar qué pasa fuera.
Ahora están separados: Miguel subiendo hacia el piso superior para ver qué sucede en el exterior; Miguel e Isabel en el garaje, preparando lo que pueden del coche mientras intentan no prestar atención (sin conseguirlo) a los golpes y gruñidos que llegan desde la (por suerte) sólida puerta del párking; Paloma buscando las llaves de los automóviles para tener alguna posibilidad en la huída. El problema es que está tan concentrada buscando que ni siquiera ha levantado la mirada hacia los monitores, donde podría haber visto que algunos de los zombinados han entrado en el edificio por la puerta principal, rompiendo los cristales.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 19/07/2011 en 06:35

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