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Están dentro (Zombinación VII)

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Miguel ha llegado a las ventanas del primer piso, y asomándose con cuidado para no llamar la atención ha podido ver que fuera hay entre quince y veinte zombinados. No parece un problema muy grande para un coche como el que tienen. O el que deberían tener si Paloma encuentra las llaves. Intenta otear por las calles aledañas, para ver si el número de fans que les espera en la puerta para pedir un autógrafo o algo más personal puede aumentar o no. Parece que no hay movimiento, pero tampoco tiene un campo de visión muy amplio, así que decide emplear unos minutos más en asegurarse.
Se recorre la planta, mirando por todas las ventanas. Parece que no hay moros en la costa. Decide volver al punto inicial, justo encima del garaje para volver a comprobar que no haya aumentado el número de visitantes y que los portones siguen aguantando las acometidas de los zombinados. Siguen los mismos. No hay problema. Por ese lado.

Paloma ha encontrado las llaves, por fin, y se dispone a abandonar el búnker. Por suerte, en la búsqueda ha tenido más éxito del esperado: ha encontrado una especie de armario secreto donde había guardadas algunas armas: porras extensibles, tásers y un par de pistolas. Siempre había pensado que los guardas de seguridad no debían de llevar armas de fuego, pero o estos no cumplían la ley, o tenían permisos especiales. Aunque en la situación actual no se lo iba a reprochar, claro. Vacía el armario, metiéndolo todo en una bolsa de la compra de las de tela y se dirige de vuelta al garaje. Desafortunadamente, en su apresuramiento por volver con sus compañeros no echa una última mirada a los monitores, donde podría haber visto que no tenía el camino libre.

Jacobo e Isabel están impacientes. No llevan tanto tiempo separados de sus compañeros como para sentirse preocupados, pero la situación ha provocado que la relatividad temporal haga su trabajo: los escasos 5 minutos que llevan solos les han parecido horas. Están tensos, y prefieren no hablar entre ellos, ya que ambos saben que van a discutir. Emplean el tiempo en hacer tareas sin sentido pero que les mantienen ocupados: mover los bidones unos centímetros, revisar las puertas del coche para ver si mágicamente se han abierto en este rato, buscar por los rincones en los que han mirado ya 10 veces a ver si encuentran un tesoro,…. De repente, el origen de los gruñidos parece haberse duplicado: por un lado siguen viniendo de la puerta acompañados de los golpes, pero les ha parecido escuchar algo por los pasillos por los que han llegado al garaje. Se miran. No saben qué hacer. Deciden acercarse, cautelosamente, hacia el origen de estos nuevos ruidos. En cuanto asoman la cabeza por la puerta que comunica los pasillos del edificio con el garaje comprueban que su oído no les ha jugado una mala pasada. Hay algo ahí. Y ese algo sólo puede significar una cosa.

– ¿Cómo van a volver hasta aquí Paloma y Miguel? – pregunta Isabel, nerviosa.
– Mierda, ni idea… igual si les distraemos para que les dejen el pasillo libre…
– ¿Y cómo coño les distraemos? ¿Les dejamos que nos vayan mordiendo poco a poco para que no molesten a los otros?
– No sé, igual podemos hacer que nos sigan hasta la planta -2 o más abajo y luego volvemos nosotros aquí por las escaleras internas.
– No lo veo. ¿Y si cuando volvamos nos encontramos bichos en las escaleras? ¿qué hacemos? porque estaremos rodeados.
– Joder, no lo sé. Pero no se me ocurre nada más. Ya estamos rodeados, sin salida posible, y sin las llaves de los coches no podremos hacer nada.
Isabel se queda pensando un poco. Hace varias veces el ademán de decir algo, pero vuelve a cerrar la boca. Al final lo suelta.
– Yo tengo aquí las llaves de mi coche. Podemos irnos nosotros.
– ¿Qué? ¿Irnos y dejarlos?
– Sí. Ni siquiera sabemos si los zombies estos les han encontrado. Mierda, por no saber, no sabemos si ahora son ya unos de ellos.
– No. No puedo. Primero, porque no pienso dejar aquí tirados a dos compañeros, que podrían ser los últimos humanos en la tierra sin saber si están bien, y segundo porque no tenemos mando a distancia del portón.
– Si es por lo segundo, no te preocupes. En uno de los coches que no vamos a usar he encontrado un mando a distancia. Eso sí, no lo he probado, por si acaso.
– Que no, que no. No pienso irme y dejarlos aquí. Si quieres vete sola.
– ¿Pero es que no entiendes que…?
BANG!
El sonido de un disparo acalla la conversación entre Jacobo e Isabel. Les ha parecido que provenía de los pasillos, pero les ha pillado tan desprevenidos que no pueden asegurarlo. Además, para ambos es la primera vez que escuchan un disparo en vivo y en directo, sin pasar por el tamiz de los efectos especiales de la televisión o el cine.
Sin darles tiempo a sobreponerse al trueno que acaban de escuchar, pueden oir otros sonidos mezclados con los gruñidos: golpes y gritos como los de las tenistas. Y lo que les hace salir del estado de shock es una petición de ayuda por parte de Paloma:
– ¿queréis venir y echarme una mano?
Oir la voz de su compañera les hace reaccionar, y se lanzan al pasillo sin pensarlo. Jacobo con su improvisada lanza e Isabel con la barra metálica.
Al doblar una esquina del pasillo pueden ver a un zombinado en el suelo, con menos de media cabeza. Si hubiesen tenido tiempo para estudiar la situación podrían haber encontrado la otra media, repartida entre el suelo, el techo y una de las paredes. Aparte de este descerebrado, hay otro par de seres en el suelo, que si bien están vivos, o como estén estas cosas cuando todavía se mueven, tienen las piernas y los brazos inservibles, rotos por varios sitios. Pero el problema es que hay otros dos que están a punto de avalanzarse sobre Paloma. Sin pensarlo, Jacobo e Isabel se lanzan sobre ellos, para golpearles en la cabeza. Pero lo único que consiguen es pegar en el bajo techo del pasillo al garaje. Mierda, por eso los que estaban en el suelo tenían la cabeza intacta, porque es imposible en este pasillo tan estrecho y bajo golpearles en el cráneo con fuerza.
Por suerte, el ruido que han hecho al golpear el techo ha servido para que ambos zombinados se giren y den un respiro a Paloma, que aprovecha para, con una de las porras extensibles, girarse un poco y golpear con un movimiento circular en la primera cervical de la columna del zombinado de su derecha. Éste cae al suelo de inmediato, con espasmos, momento que aprovecha Paloma para asestar un nuevo golpe, ahora sí en la cabeza al disponer de espacio para hacer el recorrido con el brazo. El ser deja de moverse. Paloma decide asegurarse y le asesta dos golpes más en la cabeza. No quiere sorpresas. Los tres pueden comprobar que los zombinados no tienen un gran sentimiento de compañerismo: ni siquiera ha girado la cabeza cuando han abatido a su congénere.
Isabel y Jacobo, atacando al unísono, reducen fácilmente al zombinado. Han decorado el pasillo con una alfombra hecha de restos humanos, pero no se quedan para apreciar la obra de arte que han creado. Antes de que Jacobo e Isabel puedan preguntar nada, Paloma les cuenta de dónde vienen sus nuevas armas. Cuando termina su breve relato se da cuenta de que no están todos.
– ¿Y Miguel?
– Ha subido – contesta Isabel – para ver cómo estaban las cosas por ahí fuera.
– ¿Cómo que ha subido? Mierda.
– ¿Qué pasa han entrado más?
Paloma entonces les cuenta que al venir para aquí a oído ruidos en los pisos superiores. Gruñidos y golpes y demás, como los del portón del garaje, así que al volver al encuentro de sus compañeros ha ido cerrando y atrancando las puertas que se ha encontrado.
– Tenemos que ir a buscarle. – No es una pregunta. A Jacobo ni se le pasa por la cabeza la posibilidad de dejar a su compañero abandonado a su suerte.
– Ni de coña. Si han entrado algunos, pueden entrar muchos. Ya tenemos las llaves. Nos vamos. – Isabel ni siquiera permite empezar una discusión al dar media vuelta y encaminarse hacia los coches, dando la espalda a Jacobo.
– Pero…
– Ni peros ni hostias, Paloma. Ya has visto lo que son estas cosas. Y sin saber cuántos quedan por ahí no pienso arriesgarme a ir a una ratonera. Llamadme lo que queráis, pero no pienso arriesgar mi vida.
– No, si ya lo has demostrado antes, cuando has querido abandonar a estos dos a su suerte.
– Vete a la mierda, Jacobo.
– ¿Así que nos querías dejar aquí tirados? Seras zo…
– Que sí, zorra y todo lo que quieras, pero con esas cosas por ahí rondando, lo único que quiero es pirarme de aquí.
– Pero no podemos dejar a Miguel aquí.
– Sí podemos, y es lo que vamos a hacer. Por lo menos yo. No pienso perder la vida volviendo a por él. Y si vais vosotros a buscarle, pienso pirarme en mi coche. Además… creo que es lo que quiere.
– Pero, ¿qué cojones dices?
– Sí. Isabel tiene razón. Al menos parte. Estos días nos ha contado que ha perdido a su familia. Que les ha visto morir. Y que lo único que tiene en mente es ir a donde estén ellos.
Mientras están hablando han ido desplazándose sin darse cuenta hasta los coches. De repente les llega desde el exterior un ruido de cristales rotos, un grito de un hombre y un golpe seco. Inmediatamente, los golpes en la puerta se detienen, mientras que los gruñidos cambian de tono a uno que podría denominarse, siendo muy generoso y dando a la palabra un sentido muy amplio, como de alegría.
Los tres supervivientes se quedan mudos. Pasados unos instantes, es Isabel la que toma la palabra.
– Vámonos. Miguel ha tomado su decisión. Y además creo que nos ha hecho un favor, ya que se ha arrojado lejos de la puerta, para dejarnos el camino libre. Venga, vámonos.
Sin recuperarse del todo, Jacobo y Paloma siguen a Isabel hasta el coche. Lo abren con las llaves que han conseguido y meten las garrafas de combustible en el maletero. Se reparten en los asientos sin decir palabra: Paloma de conductora, Isabel a su derecha y Jacobo detrás.
Encienden el motor, y comprueban que por suerte el depósito está lleno. Una pequeña alegría.
Dirigen el vehículo hacia el portón de entrada, pulsan el mando a distancia y comienza a entrar luz por una rendija, que poco a poco se va haciendo más grande, hasta que la puerta termina de desplazarse hacia la derecha, dejándoles paso libre. Parece que Isabel tenía razón, el suicidio de Miguel ha desplazado a los zombinados y ahora tienen via libre, por lo menos para salir. Luego ya se verá.
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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 26/07/2011 de 07:25
  2. 02/08/2011 de 10:14

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