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No hay Salida (Zombinación III)

Jacobo puede oír perfectamente unos gruñidos al otro lado del marco de la puerta. Ahora se ha dado cuenta de que tendría que haberla atrancado con una silla, un armario o lo que fuese, para por lo menos darse algo de tiempo para pensar.
Pero es inútil lamentarse por lo que debería o podría haber hecho. Ya no tiene sentido gastar energías o tiempo en cosas que no tienen remedio. Lo que necesita es que su cerebro trabaje al cien por cien para encontrar una salida.
Al estar sentado en el suelo debajo de la mesa, se está clavando una de las patas de la silla (mejor dicho, sillón) del antiguo morador del despacho. Es la típica silla de oficina con ruedas. Sólo que en comparación con la que tenía él, parece, como en el anuncio de la tele,  el primo de zumosol. Intenta moverla con cuidado de no hacer ruido, y nota lo pesada que es.
Ésto le da una idea: La utilizará de ariete contra lo que sea que entre por la puerta y cuando no pueda avanzar más, la usará de trampolín, para pasar por encima de las cabezas de los zombies que vienen. No se ha parado a pensar que pueden venir unos cuantos, y que puede que con eso no sea suficiente para pasarlos a todos, pero no tiene otra opción.
Busca con la mirada por todo el despacho, ahora que parece que el sol se ha desperezado y está campando por el cielo a sus anchas impasible ante lo que pasa a millones de kilómetros de distancia, un espejo, un cuadro o la vitrina de un armario, lo que sea con tal de que le sirva para ver la puerta sin tener que asomarse.
Y lo encuentra. Un cuadro que debe representar un bodegón después de haberse bebido todo el vino que hubiese en las barricas. Es lo que tiene el arte moderno, que no hay mucha diferencia entre que lo haga un adulto o un niño de primaria. Pero Jacobo sigue sin tiempo para detenerse a analizar las pinceladas, trazos, claroscuros y demás técnicas utilizadas. No.
Lo que necesita es ver la puerta. Y lo consigue gracias a que quien colgó el cuadro no tenía mucha pericia en ello. Dado que está sentado en el suelo, lo normal es que el reflejo que le llega a sus ojos fuese el del techo, pero al estar el marco inclinado, muy inclinado, el ángulo de incidencia es perfecto para ver qué pasa a su alrededor. Y de momento lo que ve es que nadie se ha asomado al despacho. Aunque puede oír fuera respirar pesadamente a los zombies, y gorjeos y gruñidos que se escapan de sus gargantas putrefactas.
Mientras mueve lentamente la silla, se fija en la papelera. Es de metal. Y pesa. La coge como arma adicional o como escudo protector, lo que se tercie en cada momento. Ahora que ha apartado lo suficiente la silla, intenta que los movimientos sean fluidos, no tropezarse y hacerlo todo lo más rápido posible, ya que una décima de segundo, igual que en las carreras de F1 o MotoGP puede ser la diferencia entre estar en lo más alto y triunfar, o convertirse en… lo que sea que se convierten los pilotos cuando les pilla una horda de zombies / forofos.
Encara la silla con la puerta, con el respaldo hacia ésta y el asiento mirándole a él, se sitúa detrás, se apoya en los reposabrazos y dándose todo el impulso que le proporcionan sus piernas se lanza contra la abertura de la puerta. Justo antes de pasar por el marco se sube a la silla para dar un salto que le permita escapar de los bichos que le acechan al otro lado. Puede ver cómo el pasillo está libre, lo que le puede dar una opción para escapar. Tensa los músculos, preparándose para el salto. Son unos instantes que parecen horas. Tiene el tiempo suficiente para ver las sombras que proyectan los seres que le están esperando al otro lado de la pared. Está a punto de franquear la puerta.
La silla choca contra el marco y Jacobo, no habiendo previsto este contratiempo, no puede reaccionar a tiempo y sale despedido por encima del respaldo. Pillado por sorpresa por el inesperado final, no es capaz de reaccionar y acaba en el suelo, golpeando primero con el hombro, al que sigue el resto del cuerpo. Queda tendido en el suelo, de espaldas, y puede ver a sus atacantes. Son tres. Dos secretarias a las que conoce de vista y un compañero suyo. Y tienen linternas en las manos y algo que se parece a una barra metálica de uña. Vamos, la viva imagen del Dr Freeman.
– ¿Siempre sales así de los despachos, Jaco? – le preguntó Miguel, su compañero con una mezcla de miedo y alivio, y añadió:
– Ahora sé por qué nunca te han hecho jefe. Saliendo así, no das muy buena impresión.
Es una forma como cualquier otra de romper el hielo y liberar la tensión, con lo que los cuatro acaban riéndose a carcajadas. Una risa nerviosa, pero que permite relajar los músculos y suelta, poco a poco, el nudo que todos tenían en el estómago al pensar que se tenían que enfrentar con los seres que poblaban las calles.
Cuando se apagan los ecos de las últimas carcajadas, más tranquilo, Jacobo pregunta por la situación:
– ¿Vosotros sabéis algo de lo que ha pasado? ¿Cómo puede haberse puesto esto así en una noche?
Una de las chicas (Jacobo cree recordar que se llama Paloma)  le contesta, extrañada:
– ¿Una noche? ¿Dónde has estado metido? Pero si llevamos así varios días.
– ¿Días? ¿Cómo que días? Si anoche me metí en la cama y no había oído nada de esto.
– ¿Anoche? Imposible. Llevamos así por lo menos 5 días. Hoy es 25 de Junio, viernes.
– Paloma le responde, con una mezcla de compasión y envidia porque Jacobo no ha pasado por lo mismo que ella.
– ¿25? ¿!¿Viernes?!? Pero si anoche cuando me acosté era domingo.
– Pues lamento decirte que no fue anoche. – Le espeta la otra chica. Jacobo no consigue recordar el nombre de ésta.
A Jacobo le lleva un tiempo asimilar que ha estado 5 días dormido. No se lo puede creer. Los nuevos compañeros esperan. No tienen mucho más que hacer.
-5 días… por eso me he mareado. Y por eso tenía otra vez un poco de barba.
– ¿Un poco? – exclama Miguel – Joder, ya me gustaría que en 5 días me creciese sólo un poco… no tendría que afeitarme todos los días.
– Sí, la verdad es que me crece muy poco. Y es cómodo. No necesito afeitarme a diario, con hacerlo cada 3 ó 4 días es suficiente.
– Yo en cambio lo necesito a diario. Y hay veces que casi dos veces al día.
– Perdonad que os corte estos momentos tan de machorros, pero ¿podríamos escondernos y hablar en otro sitio? – les interrumpe Paloma. Después del susto y la posterior relajación, la tensión se ha vuelto a instalar en su cuerpo, y mira para todos los lados, escudriñando las esquinas menos iluminadas.
– Mierda, es verdad. Venga tío, vámonos –  le dice Miguel a Jacobo.
– ¿Ir? ¿a dónde?
– Al puesto de mando. Desde donde hemos resistido estos días. Se controlan las cámaras de todo el edificio.
– Esperar, primero necesito que me contéis algo más sobre qué cojones ha pasado aquí.
– No, primero nos vamos. Ya hemos metido demasiado ruido, y hemos dejado demasiado tiempo las cámaras sin vigilar. No podemos arriesgarnos a que entren. Son como las cucarachas: si encuentran una grieta, nada les impide entrar hasta la cocina.
– Venga, vamos chicos. Hablemos abajo.- La voz de la sin nombre es dura, a juego con su mirada.
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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 29/06/2011 en 06:42
  2. 05/07/2011 en 07:37

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