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No hay salida

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunta Hernán a la persona con la que se cruza. Ni “buenos días”, ni “cómo se llama” ni tan siquiera un simple “hola”, no. La escasez de recursos y el tiempo que lleva encerrado sin ver la luz del día ha hecho que tanto él como el resto de moradores de las tierras inferiores hayan perdido los pocos restos de humanidad que les quedaban. Sería complicado encontrar un ápice de las convenciones sociales a las que no mucho tiempo atrás estaban más que acostumbrados y que su cuerpo realizaba casi automáticamente, sin pensarlo:  ceder el paso, saludar, ayudar a quienes se veía a simple vista que lo necesitaban,… todo eso era parte de un mundo anterior, un mundo que ya pocos recordaban y la mayoría ni se atrevía a soñar con él, en parte por olvido y en parte para evitar la depresión causada al abandonar los deseos y enfrentarse a la realidad.

– No sé, creo que treinta o cuarenta ciclos, he perdido la cuenta- La respuesta, por el tono con el que fue lanzada, resultó tanto o más abrupta que la pregunta. Y el desconocido continuó su camino sin detenerse. Conversar era un lujo que sólo los novatos se permitían: perdías energías, perdías tiempo y si tenías la mala suerte de ser víctima de una emboscada podías perder todas tus pertenencias. O algo más. Aunque bien mirado, esto último supondría una salida, y podría llegar a considerarse incluso buena suerte.

Hernán se quedó pensando. Cuarenta ciclos. Era el doble del tiempo que él llevaba ahí abajo. Con la falta de luz natural, y con los sentidos entumecidos por el ambiente artificial, era complicado llevar la cuenta del tiempo. Los móviles no funcionaban ahí abajo, y muchos relojes, sobre todo los modernos, se volvían locos por causa del electromagnetismo que inundaba todo. Así que la única forma de medir el tiempo era utilizar el refresco de las fluorescentes que abarrotaban el techo, como si pugnaran entre ellas por ser las que más sombras conseguían arrinconar y eliminar. Que ese era otro punto que deshumanizaba a los incautos que estaban encerrados ahí abajo: era imposible encontrar un centímetro cuadrado en el que la luz no estuviese presente. Los ojos continuamente expuestos a la luz cegadora y progresivamente más enrojecidos podían servir también para intentar adivinar el tiempo que una persona llevaba en el inframundo. Al principio Hernán calculó que un ciclo vendría a ser el equivalente a día y medio, o dos días, pero tal comparación ya carecía de sentido. El significado de “día” se había esfumado, junto con la cordura.

Las pocas esperanzas de salir de allí se esfumaron. Casi pudo sentir cómo, con cada espiración, su cuerpo perdía la escasa fuerza de voluntad que le conminaba a abandonar el laberinto en el que se encontraba. Así, hizo lo que había visto tantas veces en los últimos 10 ciclos y tanto había criticado: se sentó a esperar su final. Se había quedado sin provisiones, y la única forma de conseguir más sería atracando a otros infelices sufridores de su mismo destino, pero después de escuchar la respuesta que le acababan de proporcionar, no encontró fuerzas para esa inmoral tarea. Al menos le quedaba algo de lo que supone ser humano.

Se sienta, y deja sus escasas posesiones a su lado, al alcance de la mano. Casi antes de soltar la mochila y resto de pertenencias, éstas le son arrebatadas. Pero no tiene fuerzas ni ganas de luchar por ellas. Simplemente cierra los ojos y deja que el sueño se apodere de él. Pero éste tarda, ya que la intensa luz penetra a través de sus párpados y no le deja descansar. A pesar de todo, y como su cuerpo decide no continuar, poco a poco se va adormeciendo. Sus últimos pensamientos son para maldecir el momento en el que se le ocurrió entrar en el nuevo centro comercial que habían abierto y haber bajado con el coche hasta el último sótano para encontrar plaza de aparcamiento. Una sonrisa vino a su boca, torciendo las comisuras de sus labios: por fin iba a salir de allí. No como habría deseado, pero iba a abandonar ese mundo subterráneo. Por fin.

¿Quién no ha tenido la sensación de que iba a tener que pasar el resto de su vida en un parking de un centro comercial después de dar varias vueltas sin encontrar la salida, o sin saber dónde está el coche?

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