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Perra

Hay una cena romántica en el porche de una casita. La ubicación del chalet permite que tengan una vista impresionante del mar.

Pero él no se ha fijado en nada de eso. No tiene ojos para otra cosa que no sea ella.

“Ella” es la típica belleza rubia, con el pelo ondulado, formando largos bucles que se apoyan en sus hombros, como descansando del duro día de trabajo que supone rodear una cara preciosa. Los ojos verdes lejos de parecer fríos o distantes, incitan a quien los mire directamente a perderse en ellos, dejando la mente en blanco sin saber qué decir. Y es lo que le pasa a él.

– ¿No dices nada? – pregunta Cristina.

– No, esto… eh… es que, de verdad, cada poco tiempo se me queda la mente en blanco, pensando en la suerte que tengo por estar aquí contigo.

Y es verdad. Si pusiésemos nota a la apariencia física, de 0 a 10, nuestra protagonista podría tener un 42, rompiendo todas las escalas, mientras que el hombre se quedaría con un aprobado raspado, y eso siendo generosos para que no tuviera que presentarse en Septiembre. Pero por suerte para él, ella no se fijaba en lo físico. Ya no.

– Como lo digas otra vez voy a acabar pensando que hay algo raro en ti, así que por favor, deja eso.

– Vale, pero entiéndeme que me sienta un poco… azorado. – responde él con un hilo de voz, vibrando por los nervios. Agacha un poco la cabeza, bajando la mirada a su regazo, donde sus manos se entretienen inconscientemente con un juego de dedos para pasar el rato mientras están escondidas. Cuando ve que Cristina estira su brazo y coloca la mano en la mesa, cerca de él, con la palma hacia arriba, siente un cosquilleo que aumenta hasta convertirse en un dolor punzante al notar el sudor en sus palmas. Con disimulo, o al menos, todo lo disimuladamente que puede realizar el gesto teniendo en cuenta que la mayor parte de su cerebro está colapsado, las restriega en su pantalón, intentando secarlas antes de poner su mano encima de la de ella.

– ¿No ves? La mayoría de los tíos que había hoy en el bar donde hemos tomado las cervezas antes de venir y por los que estabas tan preocupado no sabrían tan siquiera lo que quiere decir “azorado”  – y mirándole directamente a los ojos, con una dulzura y una sensualidad indescriptible, añadió – de verdad, me gustas. Y me encanta estar contigo. Vamos a disfrutar de la cena, ¿vale?

Rafa, algo más tranquilo, se dispuso a acatar la sugerencia de Cristina. Aunque el “algo más tranquilo” se reducía a pasar de extremada y exageradamente histérico a un nerviosismo exacerbado.

Así todo, la cena transcurrió entre bromas y conversaciones más o menos intrascendentes… ayudadas por las copas de vino que iban evaporándose mágicamente.

Al final, tras el postre, y tras haberse tomado dos botellas de vino y casi una de champagne, Cristina dijo.

– Rafa, tengo que pedirte una cosa. Es algo un poco raro, pero por favor, escúchame antes de decirme que no.

Rafa, sin saber qué decir ante tan extraña petición, simplemente asintió con la cabeza, más efusivamente de lo que lo habría hecho de no haber estado tan bebido, lo que le provocó un pequeño mareo.

– Mira, Rafa. Esta casa era de mis padres. En ella he nacido, he crecido, he tenido mis primeras alegrías y mis primeros disgustos. Y he tenido mi primera pérdida terrible.

Rafa abrió un poco los ojos al escuchar esta última frase. Aunque su intención era mostrar interés por lo que le estaba contando Cristina, debido al elevado índice de alcohol en la sangre, sus facciones parecían las de un hombre que se había perdido en el Pasaje del Terror. Cristina no se fijó, o no quiso darse cuenta, y continuó

– Cuando tenía 12 años, mis padres me regalaron un perro, un Labrador. Era precioso. Bueno, preciosa. En un alarde de originalidad le llamé Scottie, por el anuncio del papel higiénico. Luego me dijeron que era nombre de chico, pero bueno, era una perrita, así que no creo que la importase mucho. Se convirtió en mi mejor amiga, mi confidente,… Éramos inseparables. 2 años más tarde, estalló una tormenta bastante grande. Scottie había salido a jugar, y no volvía, así que salí a buscarla. El problema era que se había hecho de noche, y con la lluvia y el viento que te metía el agua a presión en los ojos, no se veía nada. Si estirabas el brazo, no llegabas a verte la mano. Así, a pesar de que anduve con mucho cuidado, llegué al borde del acantilado… y no lo ví. Me patine, caí al suelo y aunque intenté asirme de plantas y piedras, todo cuanto agarraba se desprendía. Me puse a gritar, pero con los truenos y el viento era imposible que me oyesen desde casa. Estaba a punto de caer cuando llegó Scottie. Me sujetó del brazo con sus dientes y, como por suerte yo era muy delgadita y no pesaba mucho, pudo izarme hasta tierra firme. Me comenzó a lamer, para curarme las heridas y tranquilizarme. Entonces, cuando me rodeó para, imagino, comprobar que estaba bien del todo, el suelo debajo de él se precipitó hacia el fondo del acantilado. No pude hacer nada. Sólo escuché su ladrido. Unos segundos. Luego nada.

Rafa no sabía qué decir. Nunca tenía ni idea de qué comentar en este tipo de situaciones, y el alcohol, en lugar de desinhibirle, le abotargaba la mente sin permitirle construir una frase coherente.

– Vaya – dijo, para darse tiempo para ordenar las palabras que descansaban en algún lugar de su mente – debió de ser muy duro.

– Sí. Y por eso ahora, todos los años en esta fecha, vengo aquí y le vuelvo a despedir. Pero este año, no sé por qué, no encuentro las fuerzas necesarias para hacerlo. ¿Podrías acompañarme? Creo que necesito tener a alguien al lado.

– Sí, claro, claro. Te acompaño. Cuando quieras.

– ¿Vamos?

– ¿Ahora? – ante la pregunta de Rafa, Cristina frunció ligeramente el ceño, pero lo suficiente como para que éste captase la intención- Sí, claro, vamos ahora mismo.

Con un corto paseo, la pareja si situó a menos de dos metros del borde del acantilado. Entonces Cristina le dio la mano a Rafa, y cerró los ojos. Pasaron unos minutos durante los cuales Rafa no supo qué hacer, pero tampoco le importó mucho porque bastante trabajo le suponía el mantenerse erguido y más o menos quieto sin tambalearse.

De repente, notó que su amiga (¿o era ya novia?) se inclinaba para adelante. El problema era que tenía los sentidos un tanto embotados, y sus reflejos, que nunca habían sido rápidos, ahora se lo pensaron dos veces antes de entrar en acción. Para cuando reaccionó, Cristina estaba en un ángulo que, si Rafa no hubiese estado tan borracho, habría definido como físicamente imposible, pero que debido a su lamentable estado, simplemente pensó en él como “rharho”.

Intentó agarrar a la mujer, pero notó que se escurría de sus manos. Dio un paso adelante para cogerla mejor, y en cuanto lo hizo, se dio cuenta de que había cometido un error. Aunque un sentimiento tranquilizador recorrió su cuerpo: seguro que era el último error que cometía. Y de todas formas, no era tan malo morir con Cristina en brazos.

Lo raro era que Cristina no había reaccionado. Rafa notó cómo sus pies iban perdiendo apoyos, y en un instante dejó de sentir algo sólido debajo de él. Entonces, La chica que tenía entre sus brazos abrió los ojos, con una fuerza sobrehumana se zafó del abrazo de Rafa, esbozó una media sonrisa, y… se quedó flotando en el aire.

Rafa se precipitó al vacío, cayendo encima de un montón de huesos blanqueados por el sol y la sal de la brisa marina.

Cristina, mientras volvía volando hacia la casa, comentó:

– Hay que ver, con lo buena persona que es mi primo, lo perra que soy yo con los humanos.

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