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Han llegado esos días.

Han llegado esos días. Días aciagos.

Aunque no los entiendo muy bien, mi cuerpo parece que sí, porque empieza a mostrar síntomas de nerviosismo y sobreexcitación. En el colegio, cuando estoy en clase, mi cuerpo no me deja prestar atención, empeñado en que esté pendiente de lo que me pasa por dentro: dolores de estómago, retortijones,… Así, no consigo enterarme de nada de lo que explican los maestros, entrando en un círculo vicioso, ya que esa falta de atención implica que no voy a ir bien preparado a los exámenes, lo que genera más nerviosismo y mi cuerpo se revela de nuevas y más potentes maneras, impidiendo que preste atención en clase.

Pero mis problemas no acaban ahí, no. En casa, con mi familia, estoy casi peor. El único momento tranquilo que tengo es cuando estoy con mis amigos, en la calle, pero cada día que pasa me dejan menos tiempo libre para disfrutar jugando con ellos.

Mis padres creen que no me interesa nada, que “paso de todo” lo que tenga que ver con el colegio, y no consigo hacerles ver que no es así: me gusta, y los profesores me caen bien, pero tener los exámenes tan cerca, con la presión que me están inculcando, me supera. Veo que no voy a conseguir estar a la altura de sus expectativas, y esto se junta con mi malestar general, logrando que, al igual que en el colegio no podía prestar atención, en casa me cueste más obedecer y hacer caso a lo que me dicen, no porque no quiera, si no porque mi cabeza está ocupada principalmente en una cuestión: no decepcionarles con las notas.

Llegan los días. Mañana es el primer examen. Y ahora entiendo completamente y de verdad el significado de la palabra “angustia”. Hasta ahora sólo me podía hacer una idea de lo que significaba, pero ahora la comprendo. Demasiado.

Hoy nos dan las notas. En un sobre cerrado. Y tenemos que traerlas firmadas el lunes. Algunos compañeros sé que las han abierto y luego las han pegado con pegamento, pero cuando he intentado hacerlo yo, casi rompo el sobre, así que lo he dejado. Pero no puedo aguantar. Llevo dos días sin comer. Se me han caído varios mechones de pelo y me han salido granitos por todo el cuerpo. Por favor, que pase ya este suplicio. “Suplicio”, otra palabra que ahora entiendo a la perfección.

– Papá, mamá, tomad las notas- Tiendo la mano sujetando el sobre, con la mirada anclada en mis pies. Noto que me cogen el sobre de las manos, pero no sé quién de los dos. Oigo el rasgar del papel al abrirlo y el ruido que hace el boletín de calificación al desdoblarlo. Luego nada.

Sin querer, pero sin poder evitarlo, levanto la cara y mis ojos se centran en las facciones de los rostros de mis padres. Veo decepción, contrariedad, resignación, impotencia,…

Mi padre, que es quien había cogido el sobre, se lo entrega a mi madre para que lo sujete. Ahora su cara ha cambiado ligeramente, y aunque no puedo precisar el sentimiento que no consigue ocultar completamente, bien porque no puede o bien porque no le interesa, creo que es algo similar al asco.

Mi madre, en quien tenía puestas todas mis esperanzas sólo hace un comentario: “bueno, no son tan malas… no ha suspendido ninguna”

No lo entiendo. ¿”tan malas”?¿He aprobado todo y lo único que consigo es reproche? Hay algo que se me escapa. Intento preguntarlo, pero sólo consigo balbucear el comienzo de alguna palabra. Mi padre me corta

– Mira niñato, no estoy dispuesto a que dejes en mal lugar a tu familia. A tu edad yo ya sacaba todo sobresalientes y matrículas de honor. No puede ser que, después de todo lo que nos hemos esforzado para que te admitan en el mejor colegio del país, ahora tú no aportes nada y te dediques a hacer el vago. Es intolerable. Si de verdad quieres ser algo en esta vida, más vale que te apliques y en los próximos exámenes, que ya intentaré que sean lo antes posible, saques como mínimo, todo notables. Pero, ¿qué te has creído? Si no mejoras, no vas a poder ir a la universidad que tienes que ir. Y por ahí no paso. Si quieres seguir en esta familia, mejora.

– Pero papá…

– No quiero “peros”. O mejoras (y mucho) las notas, o te vas de esta casa.

– Pero papá…

– ¡¡¡Que te calles!!! Me importan un rábano tus lamentables excusas. No tienes que mejorar, no. Tienes que ser el mejor. Yo no he criado a segundones. Si para tu cumpleaños no me has traído mejores notas, te aseguro que va a ser el cumpleaños más triste de tu vida. No vas a olvidar tu sexto cumpleaños en la vida.

Me he pasado los dos días del fin de semana llorando en mi habitación.

No quiero salir.

Y no voy a salir.

No quiero vivir.

Inspirado (muy libremente, jeje)  por esto.

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