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Al volante

Ayer, volviendo a casa llegué a uno de mis cruces preferidos.

Volvíamos los cuatro: las dos diablillas detrás, mi MR de copiloto y yo conduciendo. Y mi medio albaricoque y yo nos imaginamos (como no podía ser de otra forma ya que pasamos a diario por ahí) lo que iba a suceder.

La situación: Dos coches enfrentados (me refiero a uno en frente del otro) para incorporarse a una calle perpendicular. El semáforo se pone a la vez verde para ambos, pero hay una “pequeña” señal de ceda el paso para “los otros”. Bueno, una señal y el suelo decorado por los miembros de esa escuela de pintura que se dedican a hacer grafitis en las carreteras con flechas, triangulitos y rayas. Resumiendo, que yo tengo prioridad.

Se pone el semáforo en verde, salimos los dos. Él no frena, pero como yo me lo olía dejo de acelerar para que pase y me pongo detrás. Entonces le pito (la verdad es que ni siquiera suelo molestarme, pero me dio por “avisarle”). Y es en ese momento cuando el coche del cani obró su magia y efectuó la transmutación: convirtió todas sus neuronas en testosterona. Suerte que sólo tenía 2*.  Al escuchar el pitido, empieza a hacer gestos con las manos (se le veía suelto, se notaba su entrenamiento de fin de semana) y frena el coche.

Es lo que me saca de quicio. A ver, paspán. Te pitan, luego hay dos posibilidades: que hayas hecho una pirula: levantas la mano en plan de disculpa y te largas; que no hayas hecho una pirula: levantas la mano en plan déjame en paz y te largas.

Pero, qué tipo de persona para el coche en medio de la carretera, bloqueando el tráfico y se pone ha hacer gestos como “¿ha ke no ties güevos ha vajar del koche”? (sí, en sus ademanes se podía leer como en un sms abierto). En estos casos daría lo que fuese por esperar a que se baje del coche, que venga desbocado, bajar yo del mío, enseñarle una placa de policía y ponerle multas por todo lo multable.

El caso es que esperé tranquilo, le hice señas de que siguiese para adelante y me fui por mi desvío. Eso sí, un rato se me quedó el cuerpo “alterado”. ¿Por qué la gente es tan descerebrada? ¿qué les pasa por la cabeza en esos momentos? Bueno, la respuesta a esta segunda es fácil: aire.

Sólo espero el día que se encuentren con otro como ellos. Y si puede ser estar yo ahí para verles, con una buena bolsa de palomitas. Aunque luego son todos unos cagados y utilizarán la típica estrategia de gritarse con las caras a medio centímetro (que en vez de pelear parece que se van a comer los morros) y levantar las manos a ambos lados de la cabeza, como amenazando, sin darse cuenta de que desde fuera están ridículos.

* Me imagino que como en el chiste, al quedarse sin ninguna dejaría un buen “patinasso” en el asiento del coche.

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