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Al acecho

No sé cuánto tiempo llevo esperando aquí, agazapado. Creo que hasta mi reloj se ha olvidado de las horas que han pasado.

He visto esconderse al sol, cansado de estar todo el día dando vueltas por ahí arriba, reemplazado por una luna que ha ido desperezándose poco a poco, como hay que hacerlo; a las estrellas surgir primero tímidamente, de una en una, hasta que tras una explosión de oscuridad han invadido todo el firmamento. Y el cielo también. Y luego ha vuelto a aparecer el disco rojizo que anuncia el nuevo día, inundando y ahogando con su luz todos los puntos brillantes que hasta ese momento reinaban ahí arriba.

Desde mi escondite he podido ver a un sinfín de víctimas: hombres y mujeres; jóvenes, niños y adultos; atractivos y todo lo contrario; fuertes, gordos, delgados, débiles, calvos, con melena,… Pero nadie me ha llamado la atención.

Alguien que quiere hacer bien su trabajo no puede lanzarse sobre el primer individuo que pasa, no. Hay que seleccionarlo cuidadosamente pero dejando actuar también al libre albedrío. Es por estos sencillos requisitos que bastantes de mis, podríamos decir, “colegas” no consiguen su fin: en muchos casos actúan simplemente por instinto, sin pararse a pensar en todas las ramificaciones de sus actos. Vale que en muchas ocasiones, recapacitar sobre las consecuencias puede retrasar tanto la acción que la ocasión se esfume, pero es preferible correr ese riesgo que el contrario.

Pero,… espera. Parece que… sí: Esa persona puede ser la siguiente de mi dilatada lista. Primero toca analizar los rasgos físicos: mujer, edad entre los 25-30 (aunque la apariencia puede ser muy engañosa), media melena castaña, pelo ondulado, complexión atlética. Y guapa. Al menos para los estándares actuales.

Ahora una inspección más detallada: calzado cómodo para pasear pero de una marca cara, no lleva anillos, ropa informal pero elegante, habla por el móvil y se la ve airada, lleva bolso de bandolera, anda con paso firme y decidido, con la vista fija al frente pero sin ver realmente nada de lo que sucede a su alrededor. Eso me da la oportunidad de acercarme a ella hasta casi poder tocarla sin que se percate de mi presencia.

Una última ojeada a los alrededores, para no encontrarme con testigos sorpresa que puedan desbaratar mi estrategia. Compruebo que está sola, sin nadie que pueda acudir en su ayuda.

Dejo que pase delante de donde me encuentro agazapado, para cogerla desprevenida por la espalda y tener esas milésimas de segundo de ventaja que me proporcionará lo inesperado de mi presencia.

Salgo sin hacer ruido.

Me sitúo a su espalda, donde no pueda verme a no ser que se gire completamente.

Acelero el paso, procurando no hacer ruido, aunque es una precaución un tanto innecesaria ya que su volumen de voz es elevado y sólo presta atención a su teléfono móvil. Tendré que esperar a que cuelgue para que la persona al otro lado de la comunicación no se alerte.

Se despide. Cuelga. Llega mi momento. Me acerco. Estoy a menos de 2 metros. Al guardar el teléfono en el bolso gira la cabeza y me descubre. Puedo ver cómo su cara pasa de la sorpresa al miedo. Me lanzo, llego a ella, la sujeto los brazos.

– Tú la llevas.

Y me voy corriendo.

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