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El regalo

Ya han pasado 4 meses. Cuatro. Tiempo a todas luces insuficiente para reponerse, pero 3 meses y 26 días más de los necesarios para retomar la vida normal según lo estipulado por la ley, el estatuto y los convenios.

Erik se sienta en el borde de la cama, abre la mesilla del lado de su mujer, o mejor dicho del lado que había sido de su mujer, y saca del primer cajón un sobre. Es un envoltorio sencillo, blanco, sin ningún dibujo ni logotipo de ninguna empresa. Únicamente tiene escritas dos palabras: “PARA TI”, aunque ya no se pueden leer bien. Pero él sabe lo que pone, porque es su letra y fue su mano la que empuñó el bolígrafo que Ana le había regalado y trazó las líneas que componían esas dos sencillas palabras.

La tinta se ha emborronado, haciendo que todo esté rodeado de unas nubes irisadas. En esas zonas, el papel del sobre está ligeramente acartonado por las sucesivas ocasiones en las que se ha humedecido y vuelto a secar. Y se puede notar, si se pasa la yema de los dedos con delicadeza granos muy finos de arena, que no es tal, si no cristales de sal procedentes de las lágrimas de Erik.

El sobre era un regalo para su mujer. Habían pasado una época de muchos agobios, muchos recortes en los presupuestos de la casa. Él había conseguido reunir un poco de dinero ahorrando de donde podía sin que se ella lo notase. Un poco de los desayunos en el bar con compañeros de trabajo que le preguntaban si estaba todo bien cuando dejó de acompañarles, otro poco de las comidas solventadas con barras de pan de la panadería y embutido del mercado al lado del trabajo,… En casa no habían llegado a la situación de tener verdaderos problemas de dinero, pero hacía tiempo, mucho tiempo, que no se podían permitir ningún capricho. Así que Erik había decidido dar una sorpresa a su mujer.

El problema es que nunca encontraba el momento idóneo para dárselo: o bien estaban cansados del trabajo y las tareas domésticas, o bien habían tenido una discusión (pequeña, ya que generalmente eran por tonterías, pero suficiente para que volviese a esconder el sobre), o simplemente se le pasaba después de ayudar a sus hijos con los deberes. Así, día tras día, lo iba retrasando. Confiando en encontrar un día especial.

Hasta el Jueves 15 de hace 4 meses. Había decidido que de ese día no iba a pasar ya que realmente todos los días son especiales, o al menos los podemos hacer especiales con un poco de empeño,  y de vuelta a casa desde el trabajo había dado un rodeo para acerarse a una floristería y comprar una rosa adornada con lavanda, las favoritas de Ana. Lo había colocado todo en la mesilla de ella, al lado izquierdo de la cama, encima del sobre con la sencilla dedicatoria escrita a mano y el mini ramo de flores.

La esperó en el sofá de la sala, jugando con sus hijos. Pero se retrasaba. No era normal, y menos que no hubiese avisado, así que se empezó a impacientar cuando ya pasaban cuarenta y cinco minutos desde la hora habitual de llegada. La llamó al móvil, pero no daba señal. Se puso nervioso. Hasta que empezó a vibrar su teléfono. Lo cogió y miró la pantalla: “desconocido”

Un sentimiento irracional se adueño de su cuerpo. El estómago se le contrajo y las mariposas que había tenido una hora antes cuando preparaba todo invadieron todas sus entrañas pero esta vez convocadas por un sentimiento completamente diferente, haciendo casi que le entrasen ganas de vomitar. Era irracional, ya que podía ser cualquier cosa, pero tuvo un mal presentimiento. Y se confirmó cuando descolgó: era una llamada del hospital. Le preguntaron si él era Erik, el marido de Ana. Lo confirmó y le dijeron que su mujer se encontraba ingresada, que era necesario que se personase en el centro hospitalario. Se derrumbó sobre el sofá. Emitió un inaudible “sí, vale” y colgó. No preguntó qué había pasado, ni si su mujer estaba bien ni nada. Simplemente se vino abajo. Como un autómata avisó a los vecinos para ver si podían quedarse un rato con sus hijos, que tenía que ir al hospital por Ana. Casi ni esperó ni atendió a la respuesta y se fue directamente.

Su muejr había sufrido un accidente de tráfico, un atropello cuando cruzaba un paso de cebra. El conductor había tenido un despiste y la había arrollado. Su estado era crítico. Tanto que mientras estaba allí Erik, Ana falleció.

Aún hoy, más de 120 días después de aquello, no puede recordar qué es lo que pasó exactamente desde que recibió la llamada hasta un par de días después. Habló con los vecinos y familiares, con sus hijos, con compañeros del trabajo,… Pero no recordaba nada.

Poco a poco la familia se había ido sobreponiendo, cada uno a su manera, del mazazo que la vida había descargado sobre todos ellos. Y todas las tardes se sentaba en el borde de la cama, cogía el sobre, lo ponía sobre las piernas y dejaba que las lágrimas cayeran sobre él.

Lloraba por no haberle dado antes el regalo a Ana

Lloraba por haber tenido con ella disputas idiotas

Lloraba por no haberle dicho lo suficiente que la quería

Lloraba por los pequeños detalles que daba por hecho pero que ahora no tenía.

Lloraba por los espacios vacíos que poblaban todas las esquinas y rincones de la casa.

Pero por lo que lloraba por encima de todo era por el tiempo perdido en tonterías. Y se propuso que eso es lo que enseñaría a sus hijos: aprovechad las oportunidades segun vienen; si tienes intención de hacer algo, hazlo y no lo retrases por tonterías; no cambies un “venga ya!” por un “ya veremos”. Todos los días pueden ser especiales e inolvidables, y depende única y exclusivamente de nosotros y de cómo encaremos la vida.

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