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Viaje en Metro

24/05/2012 Deja un comentario

Noto un dolor en mi sien izquierda, aunque leve. Por suerte mi cabeza ha decidido ladearse y chocarse contra la pared del vagón de metro en el que viajo en lugar de lanzarse hacia adelante, lo que seguramente me habría hecho perder el equilibrio y habría acabado en el suelo, para regocijo del resto de viajeros.

Aunque bien mirado, igual no habría estado mal. Estoy seguro de que yo me habría sonrojado hasta límites insalubres, pero por lo menos la gente habría tenido algo medianamente gracioso con lo que afrontar el día, ya que últimamente las alegrías que se nos permiten son muy pocas, casi ninguna. Luego, cuando se reuniesen en los puestos de trabajo con sus compañeros, los escasos afortunados que todavía, y sin saber por cuánto tiempo, consiguen retener su empleo a fuerza de hacer sacrificios, podrían comentar el suceso que ha ocurrido hoy en el metro: un joven tenía tanto sueño que se ha dormido de pie y se ha caído al sueño de una cabezada. Si es para animar a la gente, no me importa ser el centro de atención, aunque sea en el lugar del payaso augusto, ese que siempre se cae y recibe las bromas.

Pero no, simplemente ha sido un golpe contra el marco de la puerta en el que estoy apoyado. Al cabeceo se ha unido un frenazo más brusco de lo habitual y por eso me he pegado en la sien. Topetazo que ha servido para despertarme del todo, sacarme del estado de sonmolencia que me suele gobernar a estas horas tan tempranas, mientras voy al trabajo.

Ya que me he quitado de golpe la modorra, nunca mejor dicho, aprovecho para hacer un recuento de los viajeros que a estas horas ocupan la mitad de los asientos del vagón en el que me encuentro. Después de repasar todas las caras y teniendo en cuenta que en los últimos días no ha aparecido por aquí, creo que puedo dar por perdida a la chica que hacía que coger el tren a estas horas no fuese un auténtico suplicio. No era algo exhuberante como la rubia de botella que hacía el mismo recorrido que yo, con los mismos transbordos, no. Era una belleza tímida, como si le diese vergüenza ser tan guapa y tratase de evitarlo.

El pelo castaño claro, rizado enmarcaba una cara que bien podría haber protagonizado un anuncio de esos en los que las modelos de 16 años anuncian cremas antiarrugas.

Tenía la piel sin una marca, y parecía que al tacto sería suave, tersa. En su rostro reinaban unos ojos enormes, casi estilo manga, en los que era imposible no intentar perderse, como si se tratase de un bosque en el que nos espera un regalo misterioso en lo más escondido. Y así es como nuestras miradas se encontraron el primer día. Y el resto de días.

Pero no, parece que ya  no coge más este tren. Podría ser que está enferma, ya que con los cambios de temperatura de estos últimos días, sería lo más normal, pero tal y como está hoy en día la situación laboral ha disminuido mucho el número de bajas de los trabajadores. Al menos en la clase baja.

Sigo haciendo recuento de caras. Hace unos meses habría sido imposible, ya que el metro se llenaba y acordarse de todos los que íbamos en él sería una tarea muy ardua. En cambio, ahora, con el aumento del paro, el número de personas que nos montamos en el transporte público a estas horas es mucho menor. Menos de la mitad. Y continúa decreciendo.

Miro los rostros, pero noto algo raro, hay algo que no cuadra del todo: las expresiones que veo no son las habituales. Generalmente suele haber tipos que dormitan (siempre me he preguntado cómo pueden despertarse justo en su estación), otros que van leyendo y algunos, unos pocos, que como yo se dedican a mirar alrededor. Pero hoy están todos como idos. Tienen la mirada fija en algún punto delante de ellos. Pero eso no es tampoco exacto. Sus miradas confluyen en el centro del vagón. Incluso los que se encuentran en los extremos tienen la cabeza girada. ¿Como no me he dado cuenta antes? Porque antes estaban normal. Han girado la cabeza en los últimos minutos.

De repente, la megafonía del metro me deja sordo con un sonido estridente, parecido al que hacen las puertas para avisar de que se van a cerrar, pero amplificado un millón de veces. Me llevo las manos a los oídos para protegerlos a la vez que cierro los ojos y abro la boca para que las ondas sonoras se contrarresten. No aguanto más. De repente noto que el tren se para. Me dirijo a la puerta pero no estamos en una estación, si no en medio de un túnel. Pulso el botón de apertura por si se ha estropeado algo y puedo salir y librarme de esta tortura que supone el chirrido de los altavoces, pero no sucede nada. Bueno, no sucede nada a la puerta, porque al entreabrir los ojos para atinar con el botón puedo ver que todos los viajeros se han levantado y se dirigen hacia donde estoy yo. Al principio pienso que es también para salir y dejar atrás el sonido que me está matando, pero observo que ellos no se tapan las orejas ni dan muestras de que les moleste.

Entonces noto unos brazos que me atrapan y antes de que pueda revolverme y soltarme, me obligan a tumbarme en el suelo, boca abajo. Giro la cabeza para gritarles que me dejen en paz y entonces veo que, en el centro del vagón donde estaban fijas todas las miradas, rodeada de una especie de halo está la chica morena que ha alegrado mis viajes en tren y algunos de mis sueños. Se acerca más y puedo ver que lleva en la mano una especie de pistola, pero de esas que he visto en alguna película y que utulizan para inyectar medicinas o, más habitualmente, algún virus.

Noto el pinchazo en el cuello y al instante un calor abrasador que me invade la zona y se va extendiendo por el resto del cuerpo. En ese mismo instante relajan la presión con la que me mantenían sujeto y tumbado en el suelo y el sonido estridente se apaga. Intento levantarme pero el calor se ha extendido por todo mi cuerpo y ya no obedece. Al menos a mí no. Poco a poco voy viéndolo todo más oscuro, como si la luz se estuviese apagando poco a poco. No sé qué me han inyectado, pero por lo que he visto en el resto de viajeros, creo que si vuelvo a despertar, no seré el mismo. En las últimas imágenes que consiguen impactar en mi retina puedo ver a la chica morena sonriendo. Por lo menos dejo este mundo perdido en sus ojos.

 

Sé que se queda colgada la historia. Si me animo y me entra la inspiración, esto igual es el primer capítulo de una historia más larga.

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