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Acorralado (Zombinación II)

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– No tengo ni puñetera idea de hacia dónde tirar.

Jacobo no consigue que su cerebro hilvane dos pensamientos coherentes seguidos. Su cabeza se empeña en recordarle continuamente la imagen de los intestinos del desdichado conductor que había servido para saciar el hambre del zombie que había tenido que rematar él mismo, con sus propias manos. Bueno, pies.
Al final sin recibir nada de ayuda por parte de sus neuronas, pone el piloto automático y enfila hacia lo que era su destino original: las oficinas donde
trabaja.

Al llegar al edificio mira la fachada. Es una estructura moderna, con mucho cristal, lo que permite ver gran parte del interior ahora que todavía no hay mucha luz en el exterior, ya que el sol parece que tiene algo de pereza por salir. Se queda un buen rato observando, casi como un camaleón: un ojo fijo en el interior mientras con el otro vigila que no aparezca nadie por la calle con intención de tomar un desayuno a su salud. No ve ningún movimiento, así que se decide a entrar, para darse tiempo para planificar su siguiente paso.

La puerta de acceso para personas está cerrada, con candado. Podría intentar forzarla, pero no quiere meter más ruido del necesario, así que se dirige a un lateral del edificio, donde está la entrada del garaje en el que sólo tienen plaza los altos ejecutivos, pero que vista la situación actual en las inmediaciones, no cree que nadie vaya a decirle nada.
Al llegar al portón metálico, se da cuenta de lo tonto que ha sido. ¿Por qué iba a estar esta puerta abierta? Se baja de la moto, se acerca a la barrera que le franquea el paso e intenta abrirla empujando con todas sus fuerzas. Lo único que consigue es moverla unos centímetros, justo la holgura de los cierres. Parece que la inamovible puerta ha consumido toda su energía. Se deja caer contra la pared, golpeando con el casco, a la vez que su hasta ahora hinchado ánimo debido a la adrenalina de la confrontación con el zombie pierde todo el fuelle y le deja para el arrastre, sentado en la acera.

Se tumba de espaldas, todavía con el casco puesto, y al mirar para arriba ve que una ventana del primer piso está abierta.
Nunca ha sido un buen escalador, y de hecho le parece una tontería de deporte: subir para bajar al mismo sitio. Pero claro, lo de ahora no es exactamente su tiempo de ocio. Mira la pared y la puerta, para ver qué puede utilizar como apoyo y observa que la fachada, en la parte de piedra tiene un dibujo horizontal que puede servirle de escalera. Con los peldaños muy estrechos y sin espacio casi para alojar sus botas, pero que pueden ayudarle con un poco de cuidado.
El problema es llegar hasta ahí. Mira alrededor, pero no ve nada: ni un contenedor, ni una caja. Nada.
Su ánimo parece que está montado en una montaña rusa. Pero de repente el cerebro hace su trabajo y se saca un as de la manga: usar la moto como apoyo. Se monta en ella, y sin arrancarla para no despertar el interés de lo que pueda haber alrededor, la acerca a la pared. Pone el caballete, para que esté más estable. Se sube encima, pero cuando se va a encaramar a la pared, se da cuenta de que todavía no se ha quitado el casco.

Con la tensión del momento, no se ha percatado de que tiene la protección de la cabeza puesta. Se lo quita, y lo va a dejar en el suelo, pero piensa que puede servirle más adelante como defensa o como arma, así que mete los guantes dentro, da unos pasos para atrás, mira la ventana y encomendando su alma a los años que pasó como alero del equipo de baloncesto del colegio, lo lanza al interior. El casco golpea primero en el marco izquierdo de la ventana, después en el inferior, y cuando parece que va a caer hacia fuera, el centro de gravedad hace su función, y acaba perdiéndose de vista dentro del edificio.

Ahora ya puede subirse a la moto sin impedimentos. Con ambos pies afianzados en el asiento y el depósito y una punzada de dolor en su corazón por maltratar así su moto, trata de trepar por la pared. Es más fácil pensarlo que hacerlo, y cuando está a mitad de camino, un pie se sale de la hendidura donde está apoyado y le hace perder el equilibrio. Por suerte tiene las dos manos bien situadas, haciendo buena presa. Tras dar unas cuantas patadas al aire, consigue meter otra vez la bota en el agujero, y sigue ascendiendo.
El problema es pasar de la parte de piedra a la ventana, salvando la distancia de más de un metro de cristal, plano, liso, sin un pliegue o recoveco donde afianzar una extremidad. Sube hasta donde le permite la piedra, pero ve que es imposible llegar hasta la ventana.

Comienza a descender de nuevo, para preparar otro plan de acometida cuando ve por el rabillo del ojo un movimiento. Gira la cabeza y observa que por la calle, unos 50 ó 70 metros a su derecha, se acerca un grupo de algo que no puede ser otra cosa más que zombies.
– Mierda, no puedo bajar. Son lentos pero no puedo jugármela.
Todavía parece que no le han visto, y están simplemente deambulando, buscando comida, y dada su reducida movilidad, ponen todo el énfasis en vida que se encuentre a ras del suelo, así que Jacobo tiene unos instantes hasta que estén tan cerca que le detecten por el olor o como demonios sea que estos bichos encuentran lo que buscan.
– Sólo tengo una opción. Para arriba.
Así que lo intenta de nuevo. Sube todo lo que puede, pero estirando el brazo al límite que le permiten sus articulaciones se queda a unos 20 centímetros del marco inferior. No puede hacer otra cosa, así que confiando en tener la misma suerte que en las películas que ha visto, se da impulso para llegar a la ventana.
Es la primera vez que hace algo parecido, pero parece que ha calculado bien y consigue agarrarse con ambas manos. Ahora sólo queda subir a fuerza de bíceps. Hoy Jacobo se está dando cuenta de la diferencia tan abismal que hay entre pensar en hacer una cosa o verla por la televisión y en hacerla uno mismo.
Nunca ha tenido mucha fuerza en los brazos, así que para alguien que tuviese tiempo para presenciar la escena desde una distancia segura, sería como ver un capítulo de Benny Hill: un tiparraco vestido de motero dando patadas al aire colgado de una ventana. Sólo faltaría la melodía y un calvo corriendo detrás de una enfermera con poca ropa.
Al final, haciendo un esfuerzo sobrehumano con los brazos y pegando patadas al cristal consigue introducirse por la ventana.
Se tumba al otro lado, exhausto, intentando recuperar el aliento.
– Bueno, ya estoy dentro, ahora a ver si puedo enterarme de algo conectándome a internet, porque hasta ayer que miré las noticias, no había nada de todo esto. Ha tenido que pasar en una noche.
Se acerca a un ordenador, lo enciende y espera a que el sistema operativo arranque. Al cabo de unos momentos que se le antojan eternos, sale por fin la pantalla en la que tiene que introducir su usuario y su contraseña. Los teclea y cuando pulsa el botón para conectarse, aparece un mensaje que le indica que no se ha podido conectar con un servidor. Le extraña, porque las máquinas suelen estar encendidas todos los días, y los sistemas de respaldo que hay permitirían funcionar aunque cayese un meteorito, hubiese inundaciones o el Barça ganase la copa en el Bernabeu. El problema debe ser de cableado, piensa, así que se dirige a la zona de los despachos de los jefes, que seguro que encuentra algún portátil con el que conectarse mediante wifi.
En el tercer despacho en el que entra ve encima de la mesa uno de los nuevos MacBook que él mismo encargó y tuvo que preparar para que el jefazo de turno lo use únicamente para leer el Marca y poco más. Lo enciende, y mientras espera, levanta la mirada de la pantalla y ve al fondo del pasillo unas luces y sombras que parece que juegan a atraparse unas a otras. Sin pensarlo dos veces se mete debajo de la mesa, pero se deja el portátil encima, con la manzanita iluminando la estancia. No tiene mucha potencia, pero la suficiente para que llame la atención por la poca luz que hay en la planta. Además, recuerda ahora, se ha dejado el casco y la chaqueta encima de la mesa en la que ha intentado conectar el ordenador.
Mierda.
Se asoma, para ver si le da tiempo a recoger todo antes de que le descubra lo que sea que viene desde las escaleras, pero cuando sale de su escondite puede ver varios pares de piernas y pies arrastrándose por el suelo. Se mueven lentamente, y vienen directamente hacia donde está él. Claro, se ha dejado la puerta abierta, la única puerta abierta de toda la zona de despachos.
– Joder, si es que no he hecho una a derechas. ¿Cómo coño voy a sobrevivir si no hago más que meter la pata?
Vuelve a esconderse debajo de la mesa, pero antes pone unos papeles encima del portátil al que ha bajado la tapa, para disimular la luz que emite.
– Igual, aunque vean la puerta abierta no entran si no ven movimiento o algo que les indique que hay alguien.
Cierra los ojos y aprieta fuertemente las manos, y aunque es ateo y no cree que ningún ente esté por ahí arriba mirando, se pone a rezar.
Mientras murmura las pocas frases que recuerda de sus tiempos mozos en el colegio de curas, puede escuchar cómo los pasos suenan cerca. Muy cerca. Y algo golpea la pared del despacho.

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  1. 21/06/2011 en 09:16
  2. 29/06/2011 en 06:42

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