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Primeras horas (Zombinación I)

Jacobo odia el maldito despertador. Bueno, realmente no le tiene manía al pobre aparato, que sólo hace lo que se le ordena, si no el hecho de que suene a estas horas. Joder, si hace unos años eran las horas a las que se solía acostar. Aunque seamos sinceros, si pusiera la alarma para salir a coger unas olas o dar unas vueltas con la moto es seguro que no le importaría tanto.

Pero el caso no es ese. No.

Tiene que dejar la cama y empezar el día porque le esperan en el curro. O eso quiere creer. No es que le desprecien, no. Para eso, primero tendrían que darse cuenta de que existe, y de que todo lo que manejan funciona porque alguien como él está detrás.

“Venga, en pie”, piensa. Y mientras se incorpora en la cama va trazando un plan sobre qué hacer en estos primeros momentos de la mañana, lo que le suele ayudar a ir desperezando poco a poco las abotargadas neuronas. “Primero a desayunar un café con esas galletas nuevas rellenas de chocolate y luego una ducha para despejarme”.

– Ups, dice en voz alta, – ¿Qué cené ayer?, añade.

Al poner los pies en el suelo e intentar apoyar todo su peso sobre sus extremidades tiene que volver a acostarse.

– Este mareo no es normal. Sería la pizza recalentada. Nunca más.- se frota los ojos, intentando detener el carrusel en el que se ha convertido su habitación. Al bajar las manos y acariciarse la cara nota que tiene los pelos más largos de lo que debería.

– Y esta barba… ¿no me afeité ayer? ¿O ha sido hace más tiempo?

Está desconcertado. Tiene una imagen difusa de lo que han sido los últimos días. Sólo retazos, como si estuviese mirando un álbum de fotos olvidado mucho tiempo atrás, deteriorado por el paso de los años. Lo vuelve a achacar a la cena del día anterior. No es buena idea mezclar comida recalentada con alcohol. O al menos con tal cantidad de alcohol. Suerte que, por lo menos de momento, la resaca se conforma con mover las cosas que le rodean y no se centra en revolver su estómago.

Decide que ya desayunará algo cuando llegue al trabajo y que una ducha y un afeitado es todo lo que va a tolerar su cuerpo. Ya se nota un poco más decente, más presentable, así que toca pelearse con el tráfico. Confía en que, dado su lamentable estado, hoy no le den muchos sustos, ya que sus reflejos no son lo mejor del mundo y como ha empezado a apretar el calor, ha quitado algunas protecciones de la chaqueta de la moto.

Tarda unos minutos en darse cuenta del escaso tráfico que hay hoy. No es que a esas horas sea normal encontrarse con muchos vehículos, pero siempre suele haber algún pobre trabajador con un horario parecido al suyo. Lo primero que pasa por su cabeza es que hayan cambiado la hora, pero enseguida deshecha la idea:

-No, eso me pasó una vez, y desde entonces estoy atento y hace poco que la hemos cambiado, en primavera. Además en esta época es cuando se adelanta, así que iría una hora más tarde, con lo que habría más tráfico. ¿Me habré confundido de día?

Dado su lamentable estado general, estas reflexiones le cuestan más de lo normal, por eso cuando llega a la conclusión de que tiene que haber ocurrido algo para la escasez de vehículos en movimiento, porque la realidad es que en arcenes y cunetas ha visto unos cuantos, está llegando al centro de la ciudad, cerca de su trabajo. Y el espectáculo en las calles de la capital es más sobrecogedor que en la autopista. No se ve ni un alma. El único movimiento es el de las luces de los semáforos, que en las largas avenidas parecen unos velocistas  pasándose el testigo. Por si su cuerpo no estuviese ya lo suficientemente atacado por lo que él pensaba que era una resaca, ahora se añadía un nuevo compañero de viaje: una sensación de malestar que se centraba en su tripa, haciendo que pareciese que el estómago jugaba a la comba con el intestino grueso, para extenderse por el resto del cuerpo, transmitiendo a sus miembros un temblor que parecía que entraba en consonancia con el vibrar de la moto.

Llegando ya a su destino, ve a alguien metiendo la cabeza por la ventanilla de un coche. “Será que se ha dejado las llaves”, piensa, pero acto seguido observa cómo el individuo introduce medio cuerpo dentro del vehículo. “Sinceramente, si tengo que entrar a por las llaves, prefiero abrir la puerta, pero cada uno es cada uno”.

Cuando pasa al lado ve cómo la persona que ha entrado por la ventanilla realmente está encima del conductor. “Vaya, no se sabe si le está robando o haciendo una mamada”. Y como le puede la curiosidad y  Jacobo no es un gato, pensando que lo mínimo que puede sacar de la situación es una anécdota curiosa, reduce la velocidad para poder mirar qué es lo que realmente está sucediendo. Al rebasar al vehículo, el ruido del motor debe de alertar al atracador/violador, ya que levanta la cabeza, buscando el origen del sonido que le ha interrumpido.

– ¡Me cagüen la hostia! – Exclama al ver la cara de la persona que le busca con la mirada. Está llena de sangre. Si hubiese tenido la sangre fría para analizar la situación podría haber observado que, primero, el coche no tiene ningún golpe ni señales de accidente alguno; segundo, que los únicos desperfectos apreciables son los cristales rotos de la ventanilla del conductor;  tercero, que la sangre de la cara no parece provenir de ninguna herida si no que circunda la boca; y cuarto, que los movimientos efectuados por lo que él ha considerado un ladrón (o un chapero) no corresponden a los de una persona normal. Pero claro, eso lo podría apreciar si tuviese la sangre fría suficiente o el cerebro algo más que al 10%, lo justo para conducir una moto y no chocarse. Lo primero (y único) que pasa por su cabeza es detenerse a ayudar, ya que en su corta carrera de motorista había visto varios accidentes en los que el factor tiempo había sido crucial para la supervicencia o no de las víctimas. Para la moto, aunque por suerte no detiene el motor, se baja y camina decidido a ayudar en lo que pueda. Entonces, al acercarse al coche, la persona ensangrentada sale del vehículo y se dirige hacia él, con la mirada perdida, abriendo la boca.

– ¿Pero qué coj?- Es todo lo que sale de la boca de Jacobo antes de que se le eche encima el ser (ya se estaba percatando de que aunque estuviese en la capital y cerca de un bar de marcha, no parece una persona muy normal) e intente morderle el brazo. Por suerte, el mordisco topa con una de las protecciones que todavía no había quitado del forro de la chaqueta. Instintivamente, y descargando todo su peso en el golpe, impacta con el puño cerrado protegido por el guante de la moto en la frente de su atacante. Éste suelta su presa, y trastabilla hacia atrás, pero sin perder el equilibrio. Emite un gruñido y vuelve a la carga.

– ¿Pero qué leches haces?- Viendo que no es un buen momento para optar por la diplomacia e intentar resolver las disputas de buenas maneras y aprovechando que se había equipado con las botas de motero, golpea con la puntera mediante una patada circular en la rodilla del engendro que sigue acercándose hacia él con una mezcla de saliva y sangre goteando desde las comisuras de la boca. Desde una distancia considerable se podría haber escuchado el crujido de los huesos al quebrarse. Claro, si hubiese alguien.

Jacobo se relajó, ya que después de una patada como la que había propinado, ni aunque fuese puesto hasta las cejas podría moverse. Así que se acerca al coche para ver qué había pasado dentro. Dio gracias por no haber desayunado, ya que contemplar a esas horas de la mañana unos intestinos escurriéndose por el asiento hasta llegar a la alfombrilla del coche no era una imagen placentera. Gira la cabeza para apartar los ojos de lo que acababa de ver, aunque sabe que la instantánea se le había quedado grabada en el cerebro de por vida, y al intentar escapar de la escena de los intestinos se da cuenta de que se ha equivocado. Cojeando, cayéndose y arrastrándose, volviéndose a levantar, ve cómo el engendro se le vuelve a acercar. Sin pensarlo dos veces le propina una patada en la cabeza como si estuviese haciendo un saque de portería. El cuerpo deja de moverse. Esta vez definitivamente.

– No puede ser.- dice en voz alta, tratando de entender lo que ha pasado-  Esto es igual que en Walking Dead, o cualquier peli de zombies, joder. No hay  nadie en las calles y lo primero que veo es un tipo comiéndose a otro.

Mientras dice esto se acerca a su moto, ya que ha poco puede hacer por el pobre conductor. Tiene que alejarse de aquí, y tratar de enterarse de qué sucede, por qué hay tan poca gente, qué es esto de que un tipo se se coma a otro. Su cabeza parece que se ha despejado, y ya funciona casi al 100%. Así que intenta pensar qué hacer a continuación, hacia dónde ir. Se monta en la moto, mete primera y avanza despacio por las calles, ahora fijándose en todo cuanto le rodea. Se sorprende de no haberse dado cuenta de lo que estaba pasando. Ahora, con la cabeza más despejada, todos los sentidos alerta y una cierta ayuda del sol que comienza a asomar por entre los edificios, puede ver cosas que antes le habían pasado inadvertidas: sangre en paredes y vehículos, muchos comercios con los escaparates reventados, los coches no están aparcados sino simplemente dejados. Y sombras. Sombras en calles estrechas, en portales. Sombras que se mueven de una forma extraña.

– Mierda. Un grupo de gente que se mueve como los del thriller de Michael Jackson. Bueno, por lo menos parecen muertos vivientes y no infectados, je. – Hablando en voz alta intenta infundirse algo de valor y cordura por todo lo que está viendo.  – ¿Pero qué coño estoy diciendo? Joder, que esto no es una película. Que es real. – No sabe cómo reaccionar. No tiene ni idea de qué hacer.

– ¿Qué se supone que hacen en todas las películas, series, libros, comics…? – intenta hacer memoria, tratar de acceder a los recuerdos acerca de lo que ha leído, en plan de coña y simplemente para pasar el rato, de cómo sobrevivir a un apocalipsis zombie. Porque efectivamente, no le cabe duda de que eso es exactamente lo que está pasando aquí. Tiene que organizarse.

Lo primero es intentar encontrar a alguien como yo. No, pero antes de eso intentar averiguar qué ha pasado. No, no, no. Lo primero es comprobar la gasolina que me queda. Depósito casi lleno. Vale. Con esto tengo para unos 300 km. Ahora trataré de buscar información, y a ver si de mientras encuentro a alguien.

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