Inicio > relato > El Regalo

El Regalo

-Toma, úsalo sabiamente.

Fue lo único que me dijo el anciano al entregarme la caja. Le encontré tirado en el suelo, casi inconsciente, mientras dos jóvenes con una pinta que no pegaba mucho en ese barrio se iban corriendo. No es que estuviese en una zona elegante y ellos fuesen vestidos como mendigos, no. Más bien al revés. Éste era uno de los peores barrios de la ciudad, en una de las peores ciudades del mundo. Y las personas a las que vi alejarse corriendo iban vestidas con traje, zapatos que en la distancia me parecieron buenos y sendos abrigos largos que, por lo que pude apreciar, se veía que podían costar más que algunas de las viviendas (por decir algo) de la calle donde nos encontrábamos.

Me quedé con el anciano hasta que recuperó la consciencia. Cuando pudo sentarse en el único banco que no había sido arrancado le dije que me esperase. Me acerqué a una tienda y compré algo de agua para ofrecérsela. Cuando volví, le encontré mejor, se le notaba más recuperado, así que le pregunté si necesitaba alguna otra cosa. Me dijo que no, que muchas gracias por todo. Y entonces me entregó la caja.

Al principio no quise cogerla, pero insistió. Y para no parecer descortés, acepté. La abrí, miré dentro y ví lo que me pareció un Telesketch. Cuando levanté la mirada para agradecerle el extraño regalo el anciano no estaba. Miré alrededor y pude ver cómo doblaba una esquina, bastante alejado de donde nos encontrábamos.

Sin saber qué hacer, saqué el juguete y sin pensarlo, me puse a dibujar. Primero garabatos sin sentido. Cuando ví que realmente era una especie de Telesketch pero sin marca, dibujé un árbol. Al levantar los ojos del aparato, ví ante mí un árbol. ¿Estaba antes ahí? ¿Cómo he podido no verlo? Sin hacer mucho caso, dibujé otro árbol. Al terminar, mirando por encima de la pantallita un poco receloso ví otro árbol al lado del primero. ¿Cómo? ¿Pero qué es esto?

Borré el dibujo y los árboles desaparecieron. Entonces se me ocurrió, que en lugar de volver andando a casa me gustaría conducir un coche. Un buen coche. No perdía nada por dibujar 1 minuto.

Cuando terminé la última línea, voilà, un coche delante mío. Pero uno normalito. Entonces puse en el coche un emblema de un caballito con las patas delanteras levantadas. El coche se transformó en un deportivo rojo de una famosa casa italiana. No podía creerlo.

Me monté en el coche sin saber qué hacer. Cuando salí de mi ensimismamiento ví que había conducido hasta mi casa. Aparqué el coche y pensé que no era buena idea dejarlo ahí, ya que me lo podrían robar. Inmediatamente me dí cuenta de mi error. No tenía que aparcarlo: con borrar la pantalla ya me valía y mañana ya pintaría otro. Al no tener que que procuparme por el coche, mi cabeza comenzó a divagar y pensé en dibujar dinero, a ver si también se fabricaba, y así poder comprarle algún juguete a mi hijo… aunque antes de acabar el rectángulo de un billete de 100 euros (no soy avaricioso) me dí cuenta de que podía dibujar directamente el juguete, así que salí del coche, entré en el portal de mi edificio y borré el dibujo del deportivo para ponerme manos a la obra con la consola que tanto quería regalarle a mi hijo… para jugar yo con ella. Subí las escaleras y comprobé que no hubiese nadie en casa. Dejé el juguete en la sala y me fui al dormitorio a cambiarme, a ponerme cómodo.

– Ya ha llegado papá, le daré un susto. Pensó Miguel mientras se escondía en el armario de su cuarto. Le oyó cómo recorría la casa, preguntando a ver si había alguien, canturreando. Hacía tiempo que no le notaba tan contento. Casí sentía pena el susto que le iba a dar. Casi.

Cuando le oyó que entraba en el cuarto para cambiarse, Miguel salío de su escondrijo y se dirigió a la sala. Entonces vio el Telesketch. ¿Qué hace esto aquí? se preguntó. Lo cogió, e hizo unos garabatos. Se recordó jugando con uno parecido, hace unos pocos años. Le gustaba mucho. Borró las rayas que había pintado y se dispuso a hacer un bonito dibujo, olvidándose del susto que tenía preparado para su padre. Quería hacer un paisaje, y empezó por el cielo.

Mientras terminaba de ponerme ropa cómoda, noté que había humo en casa. Pero no era humo. Era húmedo. Parecía niebla. Entonces ví cómo una luz cegadora venía desde la sala, haciéndose cada vez más potente, para sentir instantes después un calor indescriptible que apagó mi grito al comprender lo que pasaba.

Desde entonces, a esta región del espacio se le conoce como sistema binario “Par 1802”

Anuncios
Categorías:relato Etiquetas:
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: