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Cuando cae la noche

– Mierda, se me ha hecho tarde. No voy a poder llegar a casa antes de que se ponga el sol. Mierda.

Cuando David salió del garaje con su moto, vio cómo el sol estaba a punto de ocultarse detrás de los edificios más altos de la ciudad. Le quedaban apenas 20 minutos. Por suerte en esta época del año oscurecía sobre las 21:00.

Nada más enseñar la tarjeta en la máquina que controlaba al barrera de salida, metió la primera marcha  y dejó el embrague justo en el punto en el que empieza a tirar del motor para salir disparado. Cosa que hizo nada más ver cómo la barrera se elevaba. Tanto apuró que su casco rozó en el listón metálico que todavía no había tenido tiempo de retirarse del todo. Pero no prestó atención. Si la barrera hubiese sido más lenta, la habría golpeado con el casco. No podía arriesgarse a tardar en el trayecto que le quedaba hasta casa. Llegar antes del ocaso era vital.

Al salir de la rampa de acceso, no comprobó si venía algún vehículo por la calzada. Simplemente se incorporó a la vía. Tenía delante un semáforo, que por experiencia sabía que tardaba cerca de 5 minutos en cambiar del rojo al verde. Y según se iba acercando vio cómo se ponía ámbar. Aceleró, revolucionó el motor de su moto casi hasta el corte, para aprovechar toda la potencia posible y no perder ni un segundo con el cambio de marchas. El semáforo cambió y le indicó que debía detenerse, pero David no hizo caso. Ahora sí, subió una marcha y volvió a girar el acelerador a fondo, notando cómo la moto  se quejaba, pero por suerte respondía. Si hubiese sido un día normal, seguramente habría tenido un accidente, ya que esas calles solían tener mucho tráfico. Pero no. Desde hacía unos días, a estas horas cerca del límite en el que la luz se despedía hasta el nuevo día, no había otros vehículos con los que tener un accidente.

Siguió acelerando, sin importarle los límites de velocidad. Tenía que llegar a la seguridad de su hogar cuanto antes. Por su bien. Pero como suele suceder, alguien había decidido por él, y en su camino habitual de regreso a casa habían decidido abrir una zanja, cortando la calle. Dejó de acelerar, y se acercó lentamente las vallas. Podía dar un rodeo, pero le iba a llevar bastante tiempo, ya que en esa zona la mayoría de las calles eran de un solo sentido. Y no tenía tiempo. Giró la cabeza y pudo apreciar cómo las sombras empezaban a cubrir algunas esquinas. No tenía otra opción. Aceleró, apartando una valla que le cerraba el paso con la rueda delantera. Sin coger mucha velocidad, fue inspeccionando el terreno, para ver por dónde podía pasar. Cuando se dio cuenta del motivo por el que estaba cortada la carretera, sintió cómo el miedo se trataba de instalar en su cuerpo. Una zanja, de cerca de un metro de ancho, atravesaba la calle, desde la fachada del edificio de la izquierda hasta el que había enfrente. Bajó la cabeza hacia el reloj. Faltaban menos de 10 minutos para las 21:00, es decir, para la oscuridad total. No, tenía que salir de allí.

Buscó con la mirada y cuando estaba ya desesperado, pensando en dar media vuelta, lo vio. Un montículo de tierra al borde de la grieta en el suelo. Sí, saltaría la zanja ayudándose de ese improvisado trampolín. Sin pensarlo dos veces, y sin pararse a recapacitar, ya que era algo que no había hecho nunca y no tenía ninguna idea de qué hacer, simplemente se puso en la perpendicular a la apertura del suelo, frente al montón de arena y aceleró. Retorció el puño de su moto como no lo había hecho nunca, y comenzó a engranar marchas como si se tratase de la salida de una carrera de motoGP. Al llegar al trampolín aceleró más, de golpe, para levantar ligeramente la rueda de delante y no chocar frontalmente contra la arena. Funcionó. Se elevó por encima del agujero y vio cómo pasaba por debajo de sus ruedas. La moto impactó contra el suelo más fuerte de lo que se había imaginado, y a punto estuvo de perder el control. Finalmente, después de pelearse con el manillar consiguió enderezarla y enfiló hacia su casa. Tenía tiempo. Y más a estas horas en las que ya no había tráfico ni nadie por las calles.

Llegó al garaje de su vivienda. Aparcó la moto y no puso ni el candado ni nada. Directamente se dirigió al ascensor para subir a su hogar. Abrió la puerta, la cerró con llave, y sin quitarse la ropa se sentó en el sofá del salón y encendió la televisión: ahí estaba, el partido de fútbol de la selección. Ya habría tiempo en el descanso de cambiarse de ropa y preparar la cena.

Descargar en pdf: Descargar 'cuando cae la noche'

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