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duerme, mi niña

Hoy se me ha hecho tarde. Me he quedado más de la cuenta viendo la televisión para ver cómo terminaba esa película, que aunque era una de las peores que he visto en mucho tiempo, me asaltaba la duda de ver cómo el equipo de guionistas, director, actores y demás gente implicada intentaba dar un sentido al cúmulo de despropósitos que habían ido presentando durante algo más de una hora. Pero fue en vano. No entendí nada.

Sea como fuere, y por muy tarde que sea no puedo irme ya a la cama. No. Antes de meterme definitivamente entre las sábanas, tengo que verte. Me da lo mismo la hora que sea, que el reloj ya haya pasado de la media noche y que en menos de cinco horas tenga que estar en pie para ir a trabajar.

Después de un día rutinario que se compone de un madrugón de la leche, un trabajo que no me llena y que lo hago porque no me queda más remedio, comer un bocadillo a todo correr con otros compañeros que están igual que yo (igual de cansados/asqueados), volver al trabajo a pelearme con otra gente que también está cansada, y llegar a casa con pocas fuerzas para jugar contigo (perdóname), hay un momento en el que me reconcilio con el mundo y me da fuerzas para enfrentarme al día siguiente: cuando te veo dormir.

Por la noche, aunque tú no lo sepas, me gusta meter primero la cabeza entre el marco y la puerta entreabierta, para oír tu fuerte respiración, esa que si no fuese porque eres una niña preciosa y los ruiditos saliesen de una persona adulta diría que son ronquidos. Pero no, viniendo de ti sólo pueden ser dulces sonidos de una respiración tranquila. Tras un rato de estar escuchando, abro más la puerta, intentando que no entre luz, para acercarme a tu cama. Y casi todas las noches consigues que se me escape una sonrisa: nunca, ni siquiera en invierno, estás con las sábanas y la manta o el edredón por encima. Muchas veces ni siquiera tienes las almohadas en su sitio. Y hay ocasiones en las que me haces pensar que en lugar de una niña eres una muñeca de trapo: unas extremidades humanas no pueden estar en las posiciones en las que las dejas sin que al día siguiente se cobren las consecuencias. O al menos yo no puedo.

Pero lo que más me gusta es verte la cara. Irradias tranquilidad. Una ternura como no se puede explicar. Podría quedarme horas enteras mirándote. Pero con estos minutos has conseguido darme energías para poder aguantar otro día más luchando lejos de tí.

Descargar en pdf: Descargar 'Duerme, mi niña'

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