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Soledad

Alfonso se despertó igual que el resto de días, con el quinto timbrazo del despertador.
Alargó su mano derecha intentando buscar a su novia en la cama, pero únicamente encontró una sábana vacía y fría. No se extrañó mucho, ya que era normal que Susana se fuese a mitad de la noche por alguna urgencia de su trabajo, y él tenía el sueño tan pesado que casi nunca se enteraba.
Se levantó y se dirigió a la cocina para prepararse el café matutino. Sintió un escalofrío, que lo achacó a no haberse puesto nada de ropa al salir de la cama, y una rara sensación al no escuchar ningún sonido. Todas las mañanas podía seguir casi por completo las conversaciones de sus vecinos, pero hoy se habían quedado mudos. “Bueno”, pensó, “como cuando se acaban las pilas de la radio”.
Sin darle más vueltas, ya que todavía su cerebro no se había despertado del todo, se tomó el café con leche y se encaminó hacia el baño para ducharse y despejarse un poco. Terminó, salió del baño, se vistió y se fue al trabajo.
En la calle tampoco había nadie, estaba todo silencioso. Ni coches ni otras personas que se dirigieran a su trabajo. Extrañado comprobó la fecha en el móvil, y este le indicó que efectivamente era martes, lo que él pensaba. Sin que Alfonso fuese consciente de ello sus piernas comenzaron a avanzar más rápido, casi corriendo. Llegó a la estación del cercanías que le llevaba hasta el centro de Madrid, y tampoco encontró a nadie esperando en el andén.
Ahora con más miedo que extrañeza, vio que se acercaba el tren. Intentó ver si lo conducía alguien, pero como el cristal era ahumado, no consiguió ver nada del interior. Lo que sí pudo distinguir fue el interior de los vagones que poco a poco iban perdiendo velocidad. Todos vacíos. Cuando finalmente el convoy se detuvo, se acercó temeroso y pulsó el botón para abrir las puertas. El sonido del aire comprimido hizo que saltase hacia atrás, por más que estuviese acostumbrado a escucharlo todos los días varias veces. Cuando se rehízo, asomó la cabeza por el umbral, y comprobó que no había nadie. Nunca había viajado en un vagón vacío, ni siquiera cuando, de joven, salía de noche y volvía un domingo a la mañana en cuanto se reanudaban los servicios de los transportes públicos.
El miedo se había retirado para dejar paso a un terror que le salía desde el estómago. Sin pensar en lo que hacía, dio un par de pasos dentro del tren, y miró alrededor. Avanzó otro paso más y las puertas emitieron la habitual señal de que se iban a cerrar. En lugar de saltar fuera del vagón, Alfonso se quedó inmóvil, mientras veía las puertas cerrarse y el tren comenzaba a moverse, incrementando la velocidad.
Cuando las piernas por fin le respondieron, se acercó a las ventanas e intentó encontrar a alguna persona en las calles que podía ver desde su prisión móvil. Fue en vano.
Al llegar a la siguiente estación, tampoco había nadie en el andén. Sin embargo Alfonso no sabía qué hacer. Inconscientemente decidió seguir con su rutina diaria y llegar a su destino, en el centro de Madrid. Inocentemente pensaba que en la capital tendría que haber alguien. No podría haber desaparecido todo el mundo de todos los lugares.
Cuando llegó a su estación pudo comprobar que estaba equivocado: no había nadie.
Salió a la calle y tampoco vio a nadie. Ni transeúntes ni coches ni nada. Pero lo más inquietante es que todos los comercios y todos los locales de hostelería estaban abiertos como un día normal. Fue corriendo a su lugar de trabajo, cada vez con menos esperanzas de encontrar a alguien con quien poder compartir las extrañas experiencias que le estaba deparando este día. Llegó a su oficina, en la que tampoco había nadie, se sentó en su mesa y encendió el ordenador, para comprobar si en los medios de comunicación y redes sociales se hablaba de esto. El ordenador, después de unos instantes eternos, le permitió interactuar con él. De repente, Alfonso soltó el ratón, y en el equivalente a un salto estando sentado, empujó su silla hacia atrás hasta que se chocó con la pared. En la pantalla podía ver las páginas en las que había intentado buscar información, pero de una forma que le aterró: estaban las cabeceras de los medios, las imágenes fijas, pero todo el contenido, donde tendrían que ir las noticias, estaba en blanco, como si nadie se hubiese preocupado de cargar contenidos, como si no hubiera nadie al otro lado, publicando información.
Alfonso se puso a llorar como no lo había hecho en años. En muchos años.

Al despertar Alfonso después del quinto timbrazo, su novia notó cómo la mano de él estaba buscándola, intentando acariciarla. Susana estuvo tentada de responderle, pero estaba resentida por la actitud de Alfonso últimamente: cada vez más distante, cada vez cruzaban menos palabras y las que se decían estaban cargadas de reproches. Se dio media vuelta e intentó seguir durmiendo.
Los vecinos oyeron cómo Alonso se preparaba el café, y comentaron lo callado que parecía su vecino. Lo poco educado que parecía las pocas veces que se cruzaban en el portal. Que parecía distante, alienado, solitario,…
Por la calle varias personas coincidieron con él, las mismas que iban a trabajar todos los días a la misma hora que él. Alguna, que vivía en el portal de al lado y con la que coincidía también en las tiendas del barrio, había desistido desde hace tiempo de entablar una conversación, o simplemente verse correspondida con un saludo.
En el tren, los habituales le conocían de vista. O más bien conocían la parte superior de su cabeza, ya que siempre iba con los auriculares puestos y con la cara a escasos centímetros de su iPad, viendo películas, leyendo libros o lo que fuese. Esta vez le vieron actuar de una forma extraña, como asustado, pero dada su habitual incomunicación con el resto del mundo, en esta ocasión el resto del mundo decidió ignorarle.
El trayecto desde la estación del centro de Madrid hasta su oficina generalmente lo hacía mecánicamente, con la cabeza todavía inclinada con los ojos fijos en las 10 pulgadas de la pantalla de su cacharro electrónico. Ni siquiera levantaba la vista para evitar las cajas solía estar cargando el camarero del bar al que solía acercarse para desayunar en soledad. Hoy, el camarero le vio pasar corriendo.
Sus compañeros de trabajo muchas veces ni sabían que estaba, ya que se escondía detrás de su pantalla de ordenador, y no solía hablar con nadie, ni siquiera en los descansos del café. Simplemente iba, cogía su café y volvía a su sitio. Algunos (muchos) ni sabían cómo se llamaba. Hoy le vieron llorar. Ninguno se acercó.

Descargar en pdf: Descargar 'Soledad'

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