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Malcriando

Seguimos con los niños.

Y es que son una fuente inagotable de… de… de todo.  Bueno, menos de dinero.

Pero a lo que iba: un recordatorio para los que lo conozcáis. Para los que no, a disfrutar dándole al play.

Y es que… ¿qué se puede hacer en una situación así?

Antes de tener hijos, cuando veía a un demonio portarse así tenía mil teorías de cómo atajar la situación. Ahora, como se dice por ahí, tengo mil situaciones como esta y ninguna teoría.

Todos sabemos que lo que quiere el joío infante es llamar nuestra atención. Además, si consigue que nuestra cara parezca el anuncio de la tomatina por la vergüenza, mejor. Double Combo!!!.

Si nos vemos en esta situación, es “gracioso” pararse un momento y mirar alrededor, observando las caras del personal que nos rodea: Desde la típica “eso_se_arregla_con_una_guantá_bien_dada” hasta “qué_le_habrá_hecho_ese_padre_con_pintas_de_hippy”

Y es que el dilema es muy grande: ¿Cedo yo y hago lo que quiere, o nos “peleamos”?

El problema de tener una pelea con un niño es que rara vez se gana: Si no se sale él con la suya (cosa que ocurre el 99% de las veces de una u otra forma) y consigues “ganar” tú, se te queda mal cuerpo porque o bien le has tenido que chillar o castigar. Y te entran los remordimientos de “¿Seré un buen padre?”.

Lo joío es que el niño tiene la memoria de un pez, y la capacidad de perdonar del tamaño de una ballena.

Así que sí o sí cuando acabe la trifulca él va a estar mejor que tú.

Por eso, lo que intento hacer yo es (y después de practicarlo lo he leído en un libro del Dr González) preguntarme:

¿Cuánto de importante es para mí lo que me pide?

Y es que hay muchas veces que nos negamos simplemente por la idea de que si cedemos le vamos a malcriar y convertir en un consentido. Y realmente, lo que está pidiendo a nosotros nos da un poco lo mismo, pero claro :”no va a darnos órdenes un mocoso, no?” Ese es el mayor problema, creo yo.

Por ejemplo, si estamos en un gran superficie de esas que empiezan por Carre y terminan por four, por decir algo, y de repente aparece en nuestro campo de visión un globo con forma de criatura extraña y amarilla. Inmediatamente vemos en nuestro futuro cercano una confrontación, con gritos, pataleos, lloros. Y vemos también a nuestro hijo haciendo lo mismo. Así que ahí tenemos la disputa preparada. Y la pregunta es: ¿qué es más importante, el globo para mi hijo, o el Rivera del Duero Reserva que quiero comprar?

La respuesta depende de cada uno. Pero aquí va un truquito:

-Vale, cógelo.

Al de un rato, cuando nos acercamos a las cajas:

– Cariño, ya has estado jugando un rato con el globo. Ahora hay que dejarlo para que otro niño pueda jugar. Además, si te lo llevas y venimos otro día, no vas a tener con qué jugar.

A nosotros nos suele dar resultado.

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