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Una ayuda, por favor

  • Buenos días. ¿Una ayudita, señora?.
  • ¿La pides o la ofreces? – contestó la anciana.
  • ¿Perdón?, ¿Cómo ha dicho? – preguntó el mendigo, un tanto extrañado, ya que la había oído, había entendido las palabras, pero no el sentido que quería darlas la señora.
  • Nada hijo, nada, un comentario sin más.
  • No, por favor, señora, es que no la he entendido bien. ¿Qué es lo que me ha preguntado?
  • Sólo a ver si la ayuda la pedías o la ofrecías. Una, que es una viuda, no es que pueda ir ayudando mucho por ahí, y sí que necesito, muchas veces, que alguien me eche una mano.

Así comenzó la conversación entre Luis, un mendigo a las puertas de la iglesia de un barrio cualquiera y Antonia, una anciana con una pensión que se acababa antes de cobrarla, con un marido que la había abandonado hacía muchos años, y con el que nunca había sido feliz, ya que la recriminaba el no haber tenido hijos, suponiendo, según la lógica machista, que el problema era ella.

Luego continuó en una cafetería que había en la esquina de la manzana donde estaba ubicada la parroquia. Fueron casi dos horas de intercambiar historias, vivencias, anécdotas,… hasta que llegó el momento de la despedida.

  • Bueno, señora, gracias por el café y la merienda. Y muchas más por la conversación. Aunque no todos, algunos indigentes preferimos esto a que nos den simplemente dinero. Nos hace sentir más personas.
  • Pero Luis, no me tiene que dar las gracias, si ha sido entretenido, además, ha tenido mucha paciencia aguantando los lamentos de una pobre viuda.
  • Si pasa otra vez por aquí, la siguiente merienda invito yo, vale?
  • Estaba pensando… – La mujer se calló, decidiendo si continuaba con lo que quería decir. Su corazón la incitaba a continuar, pero el cerebro la ponía una mordaza. Al final, debido al desgaste de los años, la cabeza se rindió, y el corazón venció.- ¿le apetece venir a cenar hoy a mi casa? Estos años atrás la noche de Navidad se me ha hecho muy cuesta arriba, yo sola en casa.
  • No sé, será una molestia para usted
  • Para nada. Además, se ha hecho tarde para ir al albergue, ¿no? Y como me ha dicho, con este frío se llena enseguida.
  • Está bien, pero con la condición de que me permita ayudarla.

Así, tras varios años de celebrar la Navidad sola en casa, Antonia tuvo con quien compartir los escasos alimentos que había podido comprar con su mísera pensión en una noche especial. Además, resultó que Luis era un buen cocinero, y consiguió hacer unos platos vistosos y sabrosos con los ingredientes que tenía a su disposición.

Después de la cena y de una larga sobremesa, Antonia preparó el sofá cama de la sala, pensado para las posibles visitas de parientes, visitas que nunca se habían producido porque su marido la había obligado a apartarse de su familia.

Al día siguiente, Luis, a petición de su anfitriona, se quedó también a comer, convencido con la excusa de que si no se lo terminaban entre los dos, Antonia debería tirar toda esa comida, y sería un despilfarro.

Pasaron los días, y el mendigo entró a formar parte de la rutina de la anciana. Por las mañanas la ayudaba con las tareas del hogar, al mediodía preparaba la comida, por la tarde la acompañaba en sus paseos y al anochecer veían juntos la televisión, comentando la mala programación que había hoy en día, hasta la hora de acostarse. A cambio, Antonia le había comprado alguna ropa nueva, algo a lo que en un primer momento Luis se negó, ya que según la dijo, ya abusaba bastante de su hospitalidad.

Una mañana, al levantarse la anciana de la cama vio que el sofá de la sala estaba vacío. Encima de la mesa camilla había un sobre, apoyado en un vaso con agua. Antonia cogió el sobre, lo abrió, sacó una hoja doblada en tres partes y comenzó a leerla, ajustándose las gafas.

Muchas gracias por estos días. Sin esperar nada a cambio ha compartido todo lo que tenía conmigo. Ahora tengo que irme. Le deseo lo mejor.

La anciana, para no caerse debido al temblor que de repente comenzó a recorrerle las piernas, se sentó en el sofá que tenía justo a su derecha, al lado de la mesita. Se sintió triste, ya que en estos días había hecho muy buena relación con Luis. Notó la garganta seca. Miró hacia su derecha y vio el vaso con agua que había preparado el mendigo. Mientras cogía el vaso le agradeció el gesto, el haberse imaginado que iba a necesitar un sorbo de agua al leer la noticia. Se llevó el vaso a los labios, dio un sorbo, a la vez que suspiraba. Cuando el líquido entró en su cuerpo, notó un gran sopor. Intentó dejar el vaso en la mesilla, pero antes de que su brazo llegase a la vertical de la mesa auxiliar, perdió el conocimiento, derramando el agua por la alfombra.

Pasadas varias horas, la anciana se despertó, sin saber el tiempo que había transcurrido, con un ligero dolor de cabeza y un tanto desorientada. Miró a su alrededor, y vio la nota en su regazo, el vaso en el suelo y empezó a recordar, y recordar,… y las imágenes que ahora ocupaban su memoria no eran las mismas que al levantarse de la cama ese día. Pero ella no lo sabía. Para ella, ahora, su vida había consistido en un matrimonio muy feliz, que se había amado profundamente hasta la muerte de él, por un ataque al corazón hacía unos años. Al principio fue duro soportarlo, pero ya lo tenía casi superado. También había sido agraciada con un hijo maravilloso, que la había dado dos nietos, pero que debido al trabajo de él habían tenido que salir al extranjero y ahora no tenían mucho trato.

Esa noche se acostó feliz, satisfecha con lo que había conseguido en la vida: una buena familia de la que podía estar orgullosa.

Descargar en pdf: Descargar 'Una ayuda, por favor'

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